domingo, 25 de enero de 2015

Y yo que no tengo prisa y tú te muerdes los labios

Ahora te escribo con la certeza 
de haber aprendido ya a perder 
ahora te escribo con la cabeza 
y mi corazón bebe sin sed.


Escojo, de entre todo mi montón de recuerdos, uno de los que más duele para recrearme en él mientras agonizo, mientras espero a que el último momento se abalance sobre mi carne y ya jamás pueda volver a ver nada, a sentir nada, a vivir nada. Escojo un recuerdo quizás demasiado parecido al momento actual, hundido en la cama, con el corazón encogido, observando en derredor, intentando guardar cada objeto y su posición en la memoria, como si importara lo más mínimo en la tristeza o en el dolor, o incluso en el pasado alternativo que creé por la noche mientras hacía el amor contigo. Quizás no importaban, pero yo intentaba atesorar esos objetos y su posición concreta, dándole más importancia a éso que a tu cuerpo desnudo a mi lado, robando la manta mientras dormías y yo, con los ojos abiertos, me esforzaba en memorizar en la penumbra de tu habitación.

Ahora me doy cuenta de la importancia de memorizar todo aquello, de no permitir que cayera en el olvido, del trapecista en el armario, de la lámpara que esconde una foto debajo, de la mancha marrón sobre los pantalones verdes y arrugados caídos en el suelo. Me doy cuenta de la importancia de todo eso en el momento actual, me doy cuenta de que sin esos detalles no podría recomponer ni de lejos la impotencia, el dolor y el sufrimiento tan conocidos y tan desconocidos que sentía entonces, sin causa aparente. Quizás los entienda algo mejor ahora, vistos desde la distancia y la madurez de la muerte, de tu muerte y de la mía, que noto tan cercana en cada sonido del teclear, que viene tan directa hacia mis brazos.

Quizás he escogido ese recuerdo porque significó demasiado, como si el vivir esa experiencia y sólo ésa, como si no tuviéramos en cuenta las experiencias de antes ni lo de después importara, fuera lo único que me movió a la hora de decirte adiós de nuevo y volver arrastrado como tantas otras veces y de rodillas hasta tu cama, donde tú sabes que eres la única Diosa de la creación, donde cada segundo lo manipulas para que dure horas y te contorsionas como una bailarina rota que ya no tiene un escenario donde destrozar al público que la observa.

Quizás ahora que recuerdo todo ésto me doy cuenta de lo fácilmente que te perdí obsesionado en encontrarte en otra parte, pensando que tú ya no me pertenecías, que no lo harías en la cercanía del tiempo, y que largarme para volver quizás en algunos años era más correcto que quedarme y hacernos sufrir a los dos con la presencia de una ausencia latente. Quizás ahora que la parca se me acerca mientras bebo mi último whisky me de cuenta de los años que perdí sin ti, deseando encontrarte en cualquier parte sólo para gritarte que volvieras, que lo único que quise al largarme fue pasar toda mi vida contigo.