Cuando me desperté, no lo recordaba con claridad. Era todo quizá demasiado confuso, demasiado onírico e inesperado, demasiado poco real como para formar parte de la lógica que mi mente permitía alcanzar. No sabía qué parte era real y qué parte de mis recuerdos sucumbían al engaño de lo onírico, no recordaba en qué momento mis ojos se habían cerrado y habían empezado a crear a oscuras una continuación a una historia que quizá deseaba sin saberlo ni reconocerlo.
Recordaba, o creía recordar, tu mano rozando la mía, buscando seguridad y reconocimiento en la oscuridad, en el silencio impuesto por los demás, ausentes a la operación mientras nuestras cabezas milímetro a milímetro se acercaban en silencio, calculando la distancia desconocida, intentando reconocer en las figuras de la oscuridad nuestros rostros, con el miedo del rechazo a los besos del otro, a escuchar una respiración dormida de pronto y pensar que era demasiado tarde para ejecutarlo.
No sé muy bien cuándo empezó el sueño, cuándo acabó la realidad. Solo sé que me dormí escuchando la respiración cortada de vez en cuando por besos cortos. Quizá lo soñé todo, no lo recuerdo con claridad, apenas lo distingo. Quizá por esos los silencios reinan ahora entre nosotros, como si no hubiera demasiado que aclarar. O quizá no lo soñé.
No me digas que fue un sueño.