lunes, 30 de marzo de 2015

No digas que fue un sueño

Cuando me desperté, no lo recordaba con claridad. Era todo quizá demasiado confuso, demasiado onírico e inesperado, demasiado poco real como para formar parte de la lógica que mi mente permitía alcanzar. No sabía qué parte era real y qué parte de mis recuerdos sucumbían al engaño de lo onírico, no recordaba en qué momento mis ojos se habían cerrado y habían empezado a crear a oscuras una continuación a una historia que quizá deseaba sin saberlo ni reconocerlo.

Recordaba, o creía recordar, tu mano rozando la mía, buscando seguridad y reconocimiento en la oscuridad, en el silencio impuesto por los demás, ausentes a la operación mientras nuestras cabezas milímetro a milímetro se acercaban en silencio, calculando la distancia desconocida, intentando reconocer en las figuras de la oscuridad nuestros rostros, con el miedo del rechazo a los besos del otro, a escuchar una respiración dormida de pronto y pensar que era demasiado tarde para ejecutarlo.

No sé muy bien cuándo empezó el sueño, cuándo acabó la realidad. Solo sé que me dormí escuchando la respiración cortada de vez en cuando por besos cortos. Quizá lo soñé todo, no lo recuerdo con claridad, apenas lo distingo. Quizá por esos los silencios reinan ahora entre nosotros, como si no hubiera demasiado que aclarar. O quizá no lo soñé.

No me digas que fue un sueño.

lunes, 23 de marzo de 2015

Días grises

Hacía tiempo que echaba en falta un día igual que éste. Un día tan gris que al salir a la calle lo único que puedes hacer es fumar un cigarro mirando a las nubes y acercarte a un bar a pedir una cerveza a ver pasar el tiempo, a notar las gotas cayendo sin parar en la calle ya mojada, a sentir el pie húmedo dentro del zapato gastado y sucio de barro, combatiendo el dolor de cabeza, la tristeza de la soledad y las conversaciones estúpidas. 
Das el último trago de la cerveza y notas que ella ya ha llegado, que está en la puerta del bar, esperando ver aparecer de lejos tu figura oscura, encapuchada por la lluvia, buscando entre paraguas y figuras desconocidas tu barba y tus pasos. Luego se da la vuelta y te ve sentado ahí, mirándola fijamente sabiendo que te está esperando, y sales del bar sin dejar de fijar la vista en su sonrisa, mientras te susurra al oído eso de tengo tantas ganas de que me des un beso que podría morderte los labios hasta que te sangren. 
Días como éste, grises tristes y bonitos, en los que caminas por la acera cogido de una mano enfundada en un guante negro y húmedo, en los que los besos bajo las farolas encendidas alumbrando la sombra en la niebla son la ración de cada minuto, en los que huele a humedad, a perro mojado, en los que escribir al llegar a casa es más una necesidad que una costumbre, en los que el sexo en una cama pequeña se hace tan grande como un mundo solo para nosotros.

Días en los que me susurras eso de he llegado para quedarme. Días en los que tu nombre ya no es tu nombre si no un distintivo de seis letras unidas por puro azar para nombrar tu figura envuelta en belleza.

Días grises, demasiado blancos.