Que vaya por delante que me gustan locas. Atormentadas, destructivas. Que vayan por delante los problemas, los ojos profundos, el alcohol, duro, y el tabaco rubio, como la cerveza y el pelo. Que vayan por delante las noches de espaldas sudadas y ventanas abiertas por donde entren la lluvia y el viento a quejarse del ruido.
Bebe un poco y enciende un cigarro. El Tropicana está semivacío y Lucrecia bebe un poco y enciende un cigarro mientras le dice al camarero que se vayan a la mierda él y sus problemas con las mujeres. Bajo del escenario y dejo la trompeta en una silla vacía mientras me acerco a ella y la rodeo con mis brazos por la cintura. Huele a una mezcla entre whisky, opio y barra de labios barata, huele como una canción de los Doors. Huele como si Jim Morrison la hubiera bautizado con su semen al nacer, y todo se hubiera quedado en el olor de su pelo.
Me murmura al oído lo mal que he tocado esta noche.
Que vaya por delante que la quiero porque le gusta pegarme cuando nos acostamos de madrugada al volver del Tropicana.
Que vaya por delante que la quiero porque está loca.