lunes, 19 de septiembre de 2016

Bote salvavidas para un día incierto

Me he despertado de golpe, sin poder moverme. Al abrir los ojos todo ha sido nuevo, inesperado, y excesivamente absurdo para querer o intentar comprenderlo. Esta cama tan pequeña, estas sábanas tan blancas, este olor tan limpio. He intentado darme la vuelta y volver a dormir sin ningún ánimo de entender absolutamente nada, pero he descubierto con sorpresa que mis manos y mis pies están atados con correas de un plástico blanco a los metales de esta jodida camilla. Y he intentado recordar.

Estoy encerrado en estas cuatro paredes sin ningún recuerdo salvo tu nombre y mi ansiedad.

Silencio. Eso es todo lo que logro recordar. Me aferro a las seis letras de tu nombre como si tuvieran algún sentido, intento gritarlo esperando obtener alguna respuesta, pero lo único que logro es un eco que me transporta a un pasado en esta oscuridad que me envuelve y no deja de penetrarme.
Me arrastro a cuatro patas por cada recodo de esta celda y descubro, en el centro de la habitación, un pequeño agujero de un metro de diámetro. Apenas me detengo a pensar en él. Sigo la inspección y cerca del lugar donde hace milenios que oriné un paquete de tabaco con tres cigarros y un mechero dentro me esperan gritando auxilio. En media milésima de segundo me permito darle las gracias a mi carcelero anónimo. En otra milésima tengo encendido el primer cigarro y aspiro profundamente un cáncer que no llega, y es justo entonces, en ese momento, cuando mi cerebro consigue recordar algo.

Tus jodidos ojos ardiendo mirándome.

Tu voz diciendo "sabes a tabaco". Tiro el cigarro al suelo, piso el paquete, lanzo el mechero por el agujero de la celda y me pongo en posición fetal pidiendo socorro lastimosamente. Siento que las horas pasan, que los minutos pasan, que los mundos pasan, y cada vez que cojo los cigarros pisados una y otra vez a lo largo de los años, cada vez que me arrepiento de haber tirado el mechero a ese vacío al que no me atrevo a lanzarme yo mismo, recuerdo.

La tranquilidad que sabes transmitir.

Es, justo entonces, cuando sale tu voz del agujero. Es, justo entonces, cuando me tiro. Es, justo entonces, cuando despierto en este hospital.