He sentido la
necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad,
intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera
esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso
mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies
contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de
lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.
Cuando
por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en
el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del
pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o
quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien
por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.
Creo
que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he
despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del
pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y
por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible
comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos
que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.
Es
ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo
desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes,
mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando
no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el
bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que
me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.