jueves, 27 de octubre de 2016

Espinas y fotos

Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas, soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de gritos, de dolor.

He sentido la necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad, intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.

Cuando por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.

Creo que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.

Es ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes, mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dedicatoria fuera de lugar

"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody 

Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.

Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.

Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.

Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.

Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.

lunes, 10 de octubre de 2016

Lamento de otoño

En una pequeña caja dentro de un cajón del interior de su armario, guarda una fotografía quemada por el tiempo, la luz y la memoria. La fotografía habla de otro tiempo lejano, que apenas su memoria recuerda y que tampoco le conviene recordar, un tiempo en el que el sonido de la trompeta no desquiciaba sus nervios ni la hacía llorar por las noches.

No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.

En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.

Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".

La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.

Así que cierro la caja, el cajón y el armario.

Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.