Me dijeron que el tiempo a tu lado apenas se reconocía, que volaba, que no existía. Yo pude desmentirlos en poco más de treinta minutos. Descubrí que no tenían ni idea, que apenas te conocían, que contigo, los minutos machacaban, los segundos se sentían en cada golpe del pecho atolondrado y te demostraban lo duro y pesado que es el tiempo, poco a poco llevándote hasta un inevitable final en el que nunca se acaba contigo.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.
Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.
Shine on you, crazy diamond.