Respira.
Hondo.
Normalmente pongo esfuerzo en no buscar explicaciones a las cosas. Me dejo llevar por las circunstancias y por las personas, por sus frases, por sus órdenes. Normalmente ni siquiera estoy de acuerdo con lo que dicen o con lo que son, pero apenas me importa, yo solo me dejo llevar. Nunca he sabido coger las riendas de nada, nunca he tenido afán por hacerlo, nunca he querido, pero a pesar de todo siempre entendía a los demás. Solía entender por qué hacían las cosas, sus pérfidos movimientos, sus absurdas motivaciones, pero ahora...
Ahora estoy en un continuo final del que no veo el fin. Ahora apenas entiendo nada, y las olas involuntarias que antes me movían en el día a día, hoy son tsunamis que me arrastran y contra los que apenas puedo hacer nada. Ya no me dejo llevar, ahora me golpean para seguir adelante, y en ocasiones, cuando veo una piedra, una tabla de madera a la que poder agarrarme, la miro con pasividad y no intento ni alcanzarla. Tampoco quiero salir.
Ayer ardí, y hoy me hundo en este océano tan largo. Pero respiro. Hondo.
Y al final, termino el vaso de whisky, repongo los hielos, vuelvo a llenar el vaso, y todo sigue como siempre. Tú teniéndome en el infinito, yo teniéndote en mis sueños, y más allá de todo, un final que no se ve.