Aquel día había empezado a beber cerveza poco después de las once de la mañana. Iba acumulando las latas vacías en un hueco que había entre la mesa que usaba como escritorio y la pared de la ventana que daba a un patio de vecinos que siempre estaba demasiado silencioso. Apenas me levanté media docena de veces en todo el día salvo para comprar más cerveza, pedir la cena a las cuatro de la tarde, y vaciar el hueco lleno de latas vacías cuando alcanzaron la altura de la mesa. El teléfono sonaba a veces, normalmente lo ignoraba, excepto cuando Sigmund se ponía a ladrar como una maldita bestia y a menear la cola de esa forma tan estúpida que tienen los perros. En esos momentos, de alguna manera que nunca me intenté explicar, Sigmund sabía (y me lo comunicaba de esta manera) que la persona que llamaba era Amapola y que tenía que cogerlo. Yo dejaba de escribir y beber durante un momento y lo miraba a los ojos hasta que el teléfono dejaba de sonar. Entonces él agachaba la cabeza y las orejas y se iba de la habitación mientras yo lo mandaba a tomar por culo.
Todo ese día lo pasé bebiendo. Fingía que trabajaba, pero en realidad no escribí ni una sola línea durante ese periodo de tiempo que no borrara el día siguiente. Lo peor de todo fue que en mi fuero interno estaba convencido de estar dejando la sangre y el corazón con cada palabra, aunque lo único que dejé fueron trozos de hígado y gotas de vómito en la taza de un váter que tardé tres semanas en limpiar.
En algún momento de la noche, alrededor de las once, Sigmund se acercó jadeando y me dijo que hiciera el favor de llamar a Amapola de una vez, que llevaba todo el día haciendo sonar mi móvil y que en el fondo me iba a sentar bastante bien. Yo me eché a reír porque mi puto perro me estaba hablando y además había adquirido la forma humana de un mejor amigo que apenas lograba recordar. Mantuvimos una conversación de dieciséis minutos y medio, en la que él se bebió una cerveza y yo tres. Me comentó que la comida que le daba era una mierda, y que, por cierto, se me había olvidado darle de comer durante todo el día, pero que no me preocupara, que ya había mordisqueado las sobras que había en la nevera. El grueso de la conversación versó sobre Amapola, me pidió los detalles que no conocía, la talla de sus zapatos, el champú que usaba y que todavía impregnaba según él los cojines de su hueco favorito del sofá, lo que había pasado al final. Me preguntó por qué ya no escribía.
Cuando dio por terminada la conversación, volvió a su forma canina y yo terminé la cerveza de trago y caí semi-inconsciente en el sofá, con la cabeza en aquel cojín en el que Sigmund reconocía un olor que yo intentaba esforzarme por recordar y no encontré. Puede que llorara un poco y mi estúpido perro me mordiera el culo.
Dos semanas después, había una postal llegada de Varsovia en mi buzón.
"Gracias por escribirme, me hizo mucha ilusión volver a saber de ti. Te echo muchísimo de menos. Te quiero. Amapola"
Tuve que sacrificar a mi puto perro después de aquello.