Silencio.
Apenas se escucha nada en ningún lado. Tampoco en mi cabeza se escucha la voz de mi pensamiento. Todo ha quedado oscuro y en el más absoluto silencio.
Siempre me pasa lo mismo en el mismo momento. Voy lanzado, con la cabeza delante, corriendo, y de pronto:silencio. No puedo moverme, pensar, hablar o actuar. Solo silencio, una y otra vez.
Tu existencia tampoco ayuda. Vacua, feliz, inhóspita y lejana te me presentas como una figura absoluta y endiosada entre la oscuridad y el silencio. Ajena mi mente a toda realidad circundante a ti te observo desde lejos, en una pantalla rectangular que no consigue iluminar con su luz apenas un par de metros lo que me rodea. Te observo así, quieto, callado, embobado en la pantalla, que se apaga de repente y sin avisar, o que cambia de imagen a otra en la que siempre estás tú.
Y así, una y otra vez: perdido en la oscuridad y el silencio, cada vez más lejos pero sin dejar de observar cómo te alejas. Y yo así, una y otra vez: quieto, callado. Cobarde.
viernes, 13 de julio de 2018
miércoles, 2 de mayo de 2018
Miserere
Sus ojos estaban cerrados cuando la reconocí. Lo recuerdo porque al levantar los párpados recordé todos los golpes que me había dado con esas mismas pestañas a lo largo de los tres días que pasamos juntos en mi cama. No esperaba volver a verla de nuevo y mis rodillas flaquearon, mi cerebro decidió quedarse en blanco, y todo lo que pude hacer fue girar la cabeza con la esperanza de que no me viera.
Seguí bebiendo cerveza evitando volverme a observar su pelo largo desde detrás. Luchaba con todas mis fuerzas para no volverme y conseguir pedir otra cerveza más cara de lo que pensaba en una barra abarrotada por gente que no estaba ni la mitad de borracha que yo cuando la olí detrás de mí, cuando su mano derecha decidió tocarme el hombro, y cuando me obligó a girarme derrotado con una sonrisa en mi cara que no sabía qué actitud tomar.
"Qué sorpresa" dijo.
Su sonrisa seguía siendo la misma: esos dientes perfectos, ese hoyuelo en la mejilla derecha más alto que el de la izquierda, ese hacerte sentir más frágil e inútil que trozo de cristal roto. Me mareé y durante diez segundos no pude decir nada.
1
2
3
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5
6
7
8
9
y
10.
Cogí la cerveza de la barra, agaché la cabeza y salí a medio correr del bar, sin decir ni una sola palabra, sabiendo que no podría vencerla en esta ocasión (ni en ninguna otra).
Una vez fuera del bar, crucé la acera y me senté en el bordillo, abrazado a mi cerveza y escondido entre dos coches azules. Trago a trago, esperaba. Mi único objetivo era observar la puerta del bar y verla salir, sin tener mucha idea de qué le diría cuando me viera sentado en el suelo.
El tiempo fue pasando.
La noche escapó y mis ojos se cerraron.
Soñé con cocodrilos azules que me rodeaban y me desmembraban a dentelladas una y otra vez.
Cuando desperté, el bar había cerrado, la calle estaba vacía y mi cerveza yacía derramada sobre la acera.
En los dedos de mi mano derecha descansaban los restos de un pintalabios que nunca supe cómo llegó ahí.
Seguí bebiendo cerveza evitando volverme a observar su pelo largo desde detrás. Luchaba con todas mis fuerzas para no volverme y conseguir pedir otra cerveza más cara de lo que pensaba en una barra abarrotada por gente que no estaba ni la mitad de borracha que yo cuando la olí detrás de mí, cuando su mano derecha decidió tocarme el hombro, y cuando me obligó a girarme derrotado con una sonrisa en mi cara que no sabía qué actitud tomar.
"Qué sorpresa" dijo.
Su sonrisa seguía siendo la misma: esos dientes perfectos, ese hoyuelo en la mejilla derecha más alto que el de la izquierda, ese hacerte sentir más frágil e inútil que trozo de cristal roto. Me mareé y durante diez segundos no pude decir nada.
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Cogí la cerveza de la barra, agaché la cabeza y salí a medio correr del bar, sin decir ni una sola palabra, sabiendo que no podría vencerla en esta ocasión (ni en ninguna otra).
Una vez fuera del bar, crucé la acera y me senté en el bordillo, abrazado a mi cerveza y escondido entre dos coches azules. Trago a trago, esperaba. Mi único objetivo era observar la puerta del bar y verla salir, sin tener mucha idea de qué le diría cuando me viera sentado en el suelo.
El tiempo fue pasando.
La noche escapó y mis ojos se cerraron.
Soñé con cocodrilos azules que me rodeaban y me desmembraban a dentelladas una y otra vez.
Cuando desperté, el bar había cerrado, la calle estaba vacía y mi cerveza yacía derramada sobre la acera.
En los dedos de mi mano derecha descansaban los restos de un pintalabios que nunca supe cómo llegó ahí.
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