Y ahora que ya no hay nada, ni dar
la parte de dar que a mí me toca
por eso no he dejado de andar
Ayer a las ocho de la tarde me senté en nuestro banco y todos las gafas que pasaban por delante eran las tuyas. Parecía noviembre, como si en mi mochila hubiera un libro en ruso y alguna piruleta, como si mis manos estuvieran cubiertas por guantes rotos y como si pasara frío allí sentado, esperando.
En la radio (ahora sólo escucho la radio) sonaba Killer Queen, y yo deseaba ver morir a una reina que fueras tú. Y lo más triste era que mientras te imaginaba muerta yo tenía un cuchillo clavado en la espalda.
Ya no recuerdo qué día era, ni que excusas me diste en ese momento, recuerdo verte llorar, ahora imagino que de mentira, sacando tu vena de buena actriz traidora. Recuerdo volver con un cigarro en la mano sin un mechero para encenderlo, y llamar por teléfono a Juan y pedirle una cerveza. Recuerdo que cuando llegó me abrazó y, con una sonrisa, me dijo que ahora por fin yo podría ser mejor persona. Luego nos emborrachamos en el Bocatart y acabamos fumando marihuana a las 5 de la mañana en casa de un negro llamado Ismael que nos invitó.
No sé, a veces pienso que todo el dolor era necesario para ser quien soy ahora, sea quien sea, para poder avanzar pisando fuerte, para poder sonreír cada vez que una canción empieza en los auriculares. Pero también pienso que volvería a recorrer cada momento de dolor por un solo minuto más con tu voz en mi oído.