jueves, 25 de septiembre de 2014

De bancos en parques (Carta a Amarilla II)

Y ahora que ya no hay nada, ni dar
la parte de dar que  a mí me toca
por eso no he dejado de andar

Ayer a las ocho de la tarde me senté en nuestro banco y todos las gafas que pasaban por delante eran las tuyas. Parecía noviembre, como si en mi mochila hubiera un libro en ruso y alguna piruleta, como si mis manos estuvieran cubiertas por guantes rotos y como si pasara frío allí sentado, esperando.

En la radio (ahora sólo escucho la radio) sonaba Killer Queen, y yo deseaba ver morir a una reina que fueras tú. Y lo más triste era que mientras te imaginaba muerta yo tenía un cuchillo clavado en la espalda.

Ya no recuerdo qué día era, ni que excusas me diste en ese momento, recuerdo verte llorar, ahora imagino que de mentira, sacando tu vena de buena actriz traidora. Recuerdo volver con un cigarro en la mano sin un mechero para encenderlo, y llamar por teléfono a Juan y pedirle una cerveza. Recuerdo que cuando llegó me abrazó y, con una sonrisa, me dijo que ahora por fin yo podría ser mejor persona. Luego nos emborrachamos en el Bocatart y acabamos fumando marihuana a las 5 de la mañana en casa de un negro llamado Ismael que nos invitó.

No sé, a veces pienso que todo el dolor era necesario para ser quien soy ahora, sea quien sea, para poder avanzar pisando fuerte, para poder sonreír cada vez que una canción empieza en los auriculares. Pero también pienso que volvería a recorrer cada momento de dolor por un solo minuto más con tu voz en mi oído.


martes, 16 de septiembre de 2014

Arañazos

A Alicia no le gusta mirarse al espejo y sin embargo, lo hace cada mañana. Lo hace nada más levantarse, pasa cinco largos minutos observando su cara, sus granos, sus dientes, su pelo revuelto y graso. Aprende a odiarse a sí misma durante cinco minutos matinales que le dan fuerza para arrancar la vida un nuevo día. Luego pone algún CD de Los Piratas, ese de la canción que dice lo de no te echaré de menos en septiembre, y un domingo de septiembre Alicia desea no echar de menos.

Un gato se cuela por la rendija de la puerta, de un salto alcanza la tapa del váter y se queda ahí un buen rato, mientras el disco sigue girando, mientras el agua sigue cayendo, mientras Alicia llora bajo la ducha y las lágrimas se confunden con la mierda de su pelo, con la resaca y el olor a desperdicio. Siente, como cada día, morir una pequeña parte de su cuerpo cuando sale de la ducha y ve un cepillo de dientes que lleva meses sin usarse en el vaso junto al suyo, junto a su crema y el líquido de unas lentillas que ella no usa. Alicia se agarra la toalla mientras sigue cantando alguna canción triste y se viste, baja a comprar el periódico y lee en el suplemento alguna chorrada de Cortázar. Luego habla por teléfono con su novio y le manda un beso y le dice que le quiere. Cuando vuelve a casa, ya es la hora de comer y se prepara algo de ensalada y un poco de jamón.

Por la tarde, Alicia se siente sola, lee, ve la tele y se vuelve a sentir sola. A veces llora a escondidas.

Por la noche, Alicia se convierte en una gata que sale por su balcón y asalta todos los callejones del barrio buscando pobres gatos que engañar.

Mañana se mirará en el espejo como cada día, y se preguntará de dónde ha salido ese arañazo que tiene en su corazón.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Plenilunio. No hoy.

"Supongo que pensabas que callando las cosas hacías que desaparecieran. Eso hacen los niños pequeños, que cierran los ojos para borrar lo que les da miedo, piensan que si no lo ven deja de existir. Ni siquiera me has llamado en un mes y medio. Leí en el periódico que te iban a ascender por lo del asesino de Fátima, y compré una botella de Vega-Sicilia para celebrarlo contigo, pero cuando pasó una semana y no me habías llamado llamé yo a Ferreras y me la bebí con él. Se me declaró otra vez. Se me declara siempre que bebemos juntos más de dos copas de vino. Yo le puse una canción de Kurt Weill que canta Lotte Lenya:
Pobre corazón idiota,
huyendo de quien te adora,
llorando por quien te ignora
."