Me he sentado en la misma silla en la que se sentó él hace ya tantos años, y he mirado al frente. Me he enfrentado a mi ciudad, allí sentada, frente a mí. He mirado la misma silla en la que se sentó ella hace tantos años, dirigiéndome una mirada extrañada, sin decir una palabra, la misma silla en la que se sentó y no volvió a dirigirme la mirada en toda la hora, absorta en él, en su barba blanca y en su acento algo marcado al hablar.
Me he sentado en la misma silla que él hace tantos años y la gente ha comenzado a aplaudirme, y yo no podía dejar de mirar la silla en la que ella estaba sentada entonces, como teniendo un deja-vú. Luego he dicho algunas palabras, ni sé muy bien cuáles, ni sé si bien dichas, he leído algo como hizo él entonces, y me han vuelto a aplaudir.
Cuando todo ha terminado, han apagado las luces y yo he salido a fumar un cigarro apoyado en la misma pared que entonces la esperaba sin saber muy bien si era lo que debía hacer. Hasta ese momento no he levantado la vista y me he enfrentado a aquella ciudad que fue mía y que ya no me pertenece, aquella ciudad que me vio huir de sí misma, ya no recuerdo adónde.
La verdad es que me ha decepcionado no verla. No escuchar su voz en mi oído cuando he empezado a caminar hacia casa, con las manos en los bolsillos del abrigo y con el alma por los zapatos, como si fuera arrastrada como las hojas que impulsan al suelo este sol de invierno. La verdad es que esperaba un susurro en mi oído y una caricia en el brazo.
Me acabo de encender otro cigarro, y he caminado hasta la que fue mi casa, la que fue mi habitación, la que fue mi cama. Ahora pienso en todo lo que jamás dije. En los posos de la memoria. En lo que soñé aquel día.