Estoy harto de las noches como ésta. De repetir eso de que te tuve entre mis brazos. A veces tengo ganas de llamar a la radio y desahogarme con alguien que no conozco, contarle todo, absolutamente todo lo que pasó, lo que siento, lo que hice, lo que hiciste, lo que sospecho y jamás querré comprobar. Alguna noche incluso he llegado a tener el teléfono entre mis manos, mirándolo como si no supiera qué era ese aparato, planteándome si realmente debo, pero pronto lo abandono en su sitio y vuelvo a la cama a mirar el reloj, a intentar cerrar los ojos y a no verte entre mis sueños.
Algunas noches, las que no me emborracho, me las paso mirando al techo en silencio. Tardo en dormir dos o tres horas, y luego, cuando lo consigo, despierto cada hora con muchísima sed y tardo demasiado en volver a dormir. Intento guardar las composturas, no mirar tus fotos, no escribir en el buscador lo que va sobre fondo gris, y algunas noches incluso lo consigo. Otras noches me caigo en el pozo y busco señales que me ayuden a encontrarte al día siguiente de casualidad en algún lugar remoto de Zaragoza, alguno en el que todavía no hayamos estado juntos, para mancharlo con tu presencia y no poder volver a pisarlo sin tu recuerdo constante.
Estoy harto de una vida como esta. De no tenerte y de no olvidarte.
Tan harto...
¿Sabes qué no te perdono? Que me regalases El Robinson urbano y no El invierno en Lisboa.
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