He tenido que salir antes del trabajo cuando he sentido la
ansiedad en la garganta, amordazando mis ganas de respirar y de vivir. Me he
levantado de golpe de la silla, y sin mirar a ninguno de esos insectos gafudos
que trabajan conmigo, he salido a trompicones, agarrándome el cuello con mi
mano derecha y sacando el paquete de tabaco del bolsillo del pantalón con la
izquierda. Una vez en la calle me he echado a reír a carcajadas mientras me
sentaba frente a la ventana de la oficina a fumar lentamente el cigarro,
decidiendo cuál iba a ser mi destino esta tarde.
He pasado por tres bares que me esperaban abiertos, con
grandes letreros en los que había letras que no sabía ordenar y al mirar hacia
adentro todos los clientes eran hombres con barba y una gran tripa que llenaban
con whisky, todos y cada uno de ellos mirándome desde dentro mientras sonreían
aceptando mi derrota y sabiendo que yo iba a acabar entrando. Pero finalmente
lo he conseguido, he metido el sudor frío de mi espalda de nuevo dentro de mi
organismo, y he pasado de largo, sin saber muy bien por qué. En el segundo bar
incluso he oído gritos de voces destrozadas preguntándome a dónde demonios me
iba. Creo que incluso he contestado murmurando que no lo sabía.
He seguido perdido, andando y fumando. Andando y fumando. He
pisado calles que jamás habían existido en mi realidad, y de pronto he
observado tu figura desde lejos, sentada en un banco pensativa, y me he
escondido tras un arbusto por miedo a que me vieras, tan sobrio, tan perdido,
tan real. Ha comenzado a sonar una trompeta con sordina mal tocada, como si las
teclas fueran presionadas sin ganas, con una nariz en lugar de con dedos, y me
he ido acercando a ti, poco a poco, sin dejar de ocultarme por arbustos o por
la oscuridad morada que envolvía esta parte de ciudad desconocida.
Me he dado cuenta, cuando estaba a menos de veinte
centímetros de tu nariz, que hacía rato que me habías descubierto y de los
nervios te he arrancado la lata de cerveza que tenías en la mano y me la he
bebido de trago, mientras pensaba en cómo saludarte. He decidido que lo mejor
era darte un beso y salir pitando de ahí, avergonzado y sintiéndome ridículo
por tocar tan mal la trompeta, pero antes de que me diera tiempo de echar a
correr, en mitad del beso, me has agarrado de la cabeza y ya no he podido
escapar de ti, me he visto atrapado en las plantas trepadoras de tus dedos, he
sentido como me envolvían unos dedos invisibles y demasiado largos y he vuelto
a sentir la presión en la garganta, mientras tú revolvías mi pelo y yo deseaba
que el beso no terminara jamás porque no sabría cómo mirarte a la cara
entonces.
Las cosas duran lo que tienen que durar. Normalmente, más de lo debido.
Cuando he abierto los ojos habías desaparecido, solo me has dejado
en el banco la lata vacía. Ahora he decidido dejar de pensar en ti, al menos durante unas horas. Al menos no he tenido que pensar una despedida mal
conjugada.