Solo hay una estrella, allá a lo lejos, en esta noche absurda y tan lejana en el tiempo. A ratos, intento trepar hasta ella con la esperanza de poder verte desde allí arriba en la oscura inmensidad, dirigir la mirada hacia ese país tan extraño, y distinguir tu figura durmiendo en una cama enorme para un piso tan pequeño.
Rara vez consigo alcanzarla, y me conformo con sentarme en el bordillo de una acera a fumar y a pensar en cómo estar lo más cerca posible a ti. Cierro los ojos y lamento no poder olvidarte en todo este tiempo, lamento no poder salir de ti, no dejar de sentirte al lado sin poder tocarte ni olerte y pienso en todo lo que hicimos tan mal. A veces sonrío y pienso "menos mal que sigue estando tan cerca".
El cigarro se ha terminado por consumir en mis dedos y, echando un último vistazo a la estrella, vuelvo a entrar en el portal, vuelvo a casa, y me quedo dormido pensando en las lunas que descansan en tus ojos.
sábado, 21 de octubre de 2017
miércoles, 30 de agosto de 2017
(Sin dirección)(Latiendo en dos)(Mitad por ti)
Llevo tatuado en mi espalda
"esta sangre ya no sangra se ha cansado de correr"
y ahora que unos ojos me iluminan
no quiero usarlos de guía me he cansado de perder
"esta sangre ya no sangra se ha cansado de correr"
y ahora que unos ojos me iluminan
no quiero usarlos de guía me he cansado de perder
Una vez más te has ido como tantas otras, has cerrado la puerta y has dejado tras de ti un vacío infinito que no conoces. Una vez más te has ido, pero a diferencia del resto, ésta es para siempre. Yo lo sabía y quizá por eso esta vez no he ido a despedirme de ti, quizá por eso esta vez me he quedado en casa sentado en mi sofá mirando hacia la ventana, imaginándote en la parada de la estación buscando con la mirada una figura, a lo lejos, imaginando una voz que dice tu nombre en alto solo para darte cuenta de que no hay nadie a tu alrededor.
En mi imaginación, llevas los vaqueros que rompimos, una camiseta que no te pega nada, un moño que no te queda del todo bien y un libro del que apenas puedes leer dos líneas antes de levantar la cabeza nerviosa y mirar de nuevo el reloj o las maletas y comprobar que todo está en orden.
En mi imaginación, siete minutos antes de la hora del final, vas al baño de la estación y te lavas la cara, te miras en el espejo y compruebas que todo sigue perfecto. Te encaminas hacia la vía del tren, y dos minutos antes del pitido que anuncia tu marcha, te subes al un tren que se va muy lejos.
En mi imaginación, ese tren descarrila, da vueltas y todo el mundo muere, pero me llaman y me comunican que, a pesar de todo, tu cuerpo no ha aparecido. Una voz plastificada me dice que estás desaparecida, pero que lo más probable es que hayas muerto y sea cuestión de tiempo encontrarte. "No merece la pena tener esperanza", me dice.
En mi imaginación, nunca jamás vuelvo a saber de ti.
En la realidad, alejado de mi imaginación y de las figuras oscuras creadas en mi cabeza, observo la ventana desde mi sofá mientras se consume un cigarrillo entre los dedos de mi mano y sonrío un poco al darme cuenta de mi lastimosa figura, fumando en ropa interior en el salón de mi casa, con demasiadas latas de cerveza vacías a mi alrededor y sudando.
En la realidad, cuando tú hace horas que te has marchado y yo sigo imaginándote en mi misma ciudad, en mi mismo país, me pregunto si algún día volveré a verte y grito de rabia arrepentido por no haberte podido salvar.
domingo, 25 de junio de 2017
Un día de perros
Aquel día había empezado a beber cerveza poco después de las once de la mañana. Iba acumulando las latas vacías en un hueco que había entre la mesa que usaba como escritorio y la pared de la ventana que daba a un patio de vecinos que siempre estaba demasiado silencioso. Apenas me levanté media docena de veces en todo el día salvo para comprar más cerveza, pedir la cena a las cuatro de la tarde, y vaciar el hueco lleno de latas vacías cuando alcanzaron la altura de la mesa. El teléfono sonaba a veces, normalmente lo ignoraba, excepto cuando Sigmund se ponía a ladrar como una maldita bestia y a menear la cola de esa forma tan estúpida que tienen los perros. En esos momentos, de alguna manera que nunca me intenté explicar, Sigmund sabía (y me lo comunicaba de esta manera) que la persona que llamaba era Amapola y que tenía que cogerlo. Yo dejaba de escribir y beber durante un momento y lo miraba a los ojos hasta que el teléfono dejaba de sonar. Entonces él agachaba la cabeza y las orejas y se iba de la habitación mientras yo lo mandaba a tomar por culo.
Todo ese día lo pasé bebiendo. Fingía que trabajaba, pero en realidad no escribí ni una sola línea durante ese periodo de tiempo que no borrara el día siguiente. Lo peor de todo fue que en mi fuero interno estaba convencido de estar dejando la sangre y el corazón con cada palabra, aunque lo único que dejé fueron trozos de hígado y gotas de vómito en la taza de un váter que tardé tres semanas en limpiar.
En algún momento de la noche, alrededor de las once, Sigmund se acercó jadeando y me dijo que hiciera el favor de llamar a Amapola de una vez, que llevaba todo el día haciendo sonar mi móvil y que en el fondo me iba a sentar bastante bien. Yo me eché a reír porque mi puto perro me estaba hablando y además había adquirido la forma humana de un mejor amigo que apenas lograba recordar. Mantuvimos una conversación de dieciséis minutos y medio, en la que él se bebió una cerveza y yo tres. Me comentó que la comida que le daba era una mierda, y que, por cierto, se me había olvidado darle de comer durante todo el día, pero que no me preocupara, que ya había mordisqueado las sobras que había en la nevera. El grueso de la conversación versó sobre Amapola, me pidió los detalles que no conocía, la talla de sus zapatos, el champú que usaba y que todavía impregnaba según él los cojines de su hueco favorito del sofá, lo que había pasado al final. Me preguntó por qué ya no escribía.
Cuando dio por terminada la conversación, volvió a su forma canina y yo terminé la cerveza de trago y caí semi-inconsciente en el sofá, con la cabeza en aquel cojín en el que Sigmund reconocía un olor que yo intentaba esforzarme por recordar y no encontré. Puede que llorara un poco y mi estúpido perro me mordiera el culo.
Dos semanas después, había una postal llegada de Varsovia en mi buzón.
"Gracias por escribirme, me hizo mucha ilusión volver a saber de ti. Te echo muchísimo de menos. Te quiero. Amapola"
Tuve que sacrificar a mi puto perro después de aquello.
sábado, 8 de abril de 2017
Breathe
Respira.
Hondo.
Normalmente pongo esfuerzo en no buscar explicaciones a las cosas. Me dejo llevar por las circunstancias y por las personas, por sus frases, por sus órdenes. Normalmente ni siquiera estoy de acuerdo con lo que dicen o con lo que son, pero apenas me importa, yo solo me dejo llevar. Nunca he sabido coger las riendas de nada, nunca he tenido afán por hacerlo, nunca he querido, pero a pesar de todo siempre entendía a los demás. Solía entender por qué hacían las cosas, sus pérfidos movimientos, sus absurdas motivaciones, pero ahora...
Ahora estoy en un continuo final del que no veo el fin. Ahora apenas entiendo nada, y las olas involuntarias que antes me movían en el día a día, hoy son tsunamis que me arrastran y contra los que apenas puedo hacer nada. Ya no me dejo llevar, ahora me golpean para seguir adelante, y en ocasiones, cuando veo una piedra, una tabla de madera a la que poder agarrarme, la miro con pasividad y no intento ni alcanzarla. Tampoco quiero salir.
Ayer ardí, y hoy me hundo en este océano tan largo. Pero respiro. Hondo.
Y al final, termino el vaso de whisky, repongo los hielos, vuelvo a llenar el vaso, y todo sigue como siempre. Tú teniéndome en el infinito, yo teniéndote en mis sueños, y más allá de todo, un final que no se ve.
Hondo.
Normalmente pongo esfuerzo en no buscar explicaciones a las cosas. Me dejo llevar por las circunstancias y por las personas, por sus frases, por sus órdenes. Normalmente ni siquiera estoy de acuerdo con lo que dicen o con lo que son, pero apenas me importa, yo solo me dejo llevar. Nunca he sabido coger las riendas de nada, nunca he tenido afán por hacerlo, nunca he querido, pero a pesar de todo siempre entendía a los demás. Solía entender por qué hacían las cosas, sus pérfidos movimientos, sus absurdas motivaciones, pero ahora...
Ahora estoy en un continuo final del que no veo el fin. Ahora apenas entiendo nada, y las olas involuntarias que antes me movían en el día a día, hoy son tsunamis que me arrastran y contra los que apenas puedo hacer nada. Ya no me dejo llevar, ahora me golpean para seguir adelante, y en ocasiones, cuando veo una piedra, una tabla de madera a la que poder agarrarme, la miro con pasividad y no intento ni alcanzarla. Tampoco quiero salir.
Ayer ardí, y hoy me hundo en este océano tan largo. Pero respiro. Hondo.
Y al final, termino el vaso de whisky, repongo los hielos, vuelvo a llenar el vaso, y todo sigue como siempre. Tú teniéndome en el infinito, yo teniéndote en mis sueños, y más allá de todo, un final que no se ve.
viernes, 24 de marzo de 2017
Estas sábanas
Me dijeron que el tiempo a tu lado apenas se reconocía, que volaba, que no existía. Yo pude desmentirlos en poco más de treinta minutos. Descubrí que no tenían ni idea, que apenas te conocían, que contigo, los minutos machacaban, los segundos se sentían en cada golpe del pecho atolondrado y te demostraban lo duro y pesado que es el tiempo, poco a poco llevándote hasta un inevitable final en el que nunca se acaba contigo.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.
Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.
Shine on you, crazy diamond.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.
Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.
Shine on you, crazy diamond.
viernes, 10 de febrero de 2017
Azul océano
esos besos que saben a despedida
a vinagre en las heridas
a pañuelo de estación.
Ha sonado un portazo y solo has dejado silencio en esta casa
vacía. La música no consigue llenarlo y este gato que me han regalado no me
considera un amigo todavía. Los radiadores están fríos y esta manta blanca no
me tapa los pies y cigarro tras cigarro me consumo en este sofá azul océano en
el que me hundo un poco más cada segundo. La cerveza está terminada pero el
frigorífico está demasiado lejos como para alcanzar una sin abrir. En la tele,
Sabina insiste una y otra vez en que lo niega todo y los colores y el blanco y
negro se van marchitando poco a poco mientras intento buscar una manera de
alcanzar la arena y salir del mar.
Un marinero me ha tirado un flotador naranja que se queda
colgando por la borda a pocos metros del agua y yo no consigo alcanzarlo. El
marinero me grita que no les queda más cuerda, pero que tienen una tabla como
el de Titanic a la que puedo trepar y navegar hasta que otro barco aparezca, y yo me río y les grito que me dejen en paz en esta agua putrefacta
y que apesta a whisky y de pronto me despierto en el suelo de mi pasillo
rodeado de un vómito naranja y una herida que sangra en mi cabeza.
Al levantarme me veo más capaz de abrir otra cerveza, y una
vez bebido el primer trago, aprovecho el hielo que la rodea para ponérmela en
la herida. Vuelvo a tumbarme en el sofá. El gato me mira desde lejos, receloso.
Me pregunto dónde estarás. Si terminaremos lo que empezamos.
How I wish, how I wish
you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.
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