domingo, 25 de junio de 2017

Un día de perros

Aquel día había empezado a beber cerveza poco después de las once de la mañana. Iba acumulando las latas vacías en un hueco que había entre la mesa que usaba como escritorio y la pared de la ventana que daba a un patio de vecinos que siempre estaba demasiado silencioso. Apenas me levanté media docena de veces en todo el día salvo para comprar más cerveza, pedir la cena a las cuatro de la tarde, y vaciar el hueco lleno de latas vacías cuando alcanzaron la altura de la mesa. El teléfono sonaba a veces, normalmente lo ignoraba, excepto cuando Sigmund se ponía a ladrar como una maldita bestia y  a menear la cola de esa forma tan estúpida que tienen los perros. En esos momentos, de alguna manera que nunca me intenté explicar, Sigmund sabía (y me lo comunicaba de esta manera) que la persona que llamaba era Amapola y que tenía que cogerlo. Yo dejaba de escribir y beber durante un momento y lo miraba a los ojos hasta que el teléfono dejaba de sonar. Entonces él agachaba la cabeza y las orejas y se iba de la habitación mientras yo lo mandaba a tomar por culo.

Todo ese día lo pasé bebiendo. Fingía que trabajaba, pero en realidad no escribí ni una sola línea durante ese periodo de tiempo que no borrara el día siguiente. Lo peor de todo fue que en mi fuero interno estaba convencido de estar dejando la sangre y el corazón con cada palabra, aunque lo único que dejé fueron trozos de hígado y gotas de vómito en la taza de un váter que tardé tres semanas en limpiar.

En algún momento de la noche, alrededor de las once, Sigmund se acercó jadeando y me dijo que hiciera el favor de llamar a Amapola de una vez, que llevaba todo el día haciendo sonar mi móvil y que en el fondo me iba a sentar bastante bien. Yo me eché a reír porque mi puto perro me estaba hablando y además había adquirido la forma humana de un mejor amigo que apenas lograba recordar. Mantuvimos una conversación de dieciséis minutos y medio, en la que él se bebió una cerveza y yo tres. Me comentó que la comida que le daba era una mierda, y que, por cierto, se me había olvidado darle de comer durante todo el día, pero que no me preocupara, que ya había mordisqueado las sobras que había en la nevera. El grueso de la conversación versó sobre Amapola, me pidió los detalles que no conocía, la talla de sus zapatos, el champú que usaba y que todavía impregnaba según él los cojines de su hueco favorito del sofá, lo que había pasado al final. Me preguntó por qué ya no escribía.

Cuando dio por terminada la conversación, volvió a su forma canina y yo terminé la cerveza de trago y caí semi-inconsciente en el sofá, con la cabeza en aquel cojín en el que Sigmund reconocía un olor que yo intentaba esforzarme por recordar y no encontré. Puede que llorara un poco y mi estúpido perro me mordiera el culo.

Dos semanas después, había una postal llegada de Varsovia en mi buzón.

"Gracias por escribirme, me hizo mucha ilusión volver a saber de ti.  Te echo muchísimo de menos. Te quiero. Amapola"


Tuve que sacrificar a mi puto perro después de aquello. 
 
 
 

sábado, 8 de abril de 2017

Breathe

Respira.

Hondo.


Normalmente pongo esfuerzo en no buscar explicaciones a las cosas. Me dejo llevar por las circunstancias y por las personas, por sus frases, por sus órdenes. Normalmente ni siquiera estoy de acuerdo con lo que dicen o con lo que son, pero apenas me importa, yo solo me dejo llevar. Nunca he sabido coger las riendas de nada, nunca he tenido afán por hacerlo, nunca he querido, pero a pesar de todo siempre entendía a los demás. Solía entender por qué hacían las cosas, sus pérfidos movimientos, sus absurdas motivaciones, pero ahora...

Ahora estoy en un continuo final del que no veo el fin. Ahora apenas entiendo nada, y las olas involuntarias que antes me movían en el día a día, hoy son tsunamis que me arrastran y contra los que apenas puedo hacer nada. Ya no me dejo llevar, ahora me golpean para seguir adelante, y en ocasiones, cuando veo una piedra, una tabla de madera a la que poder agarrarme, la miro con pasividad y no intento ni alcanzarla. Tampoco quiero salir.


Ayer ardí, y hoy me hundo en este océano tan largo. Pero respiro. Hondo.


Y al final, termino el vaso de whisky, repongo los hielos, vuelvo a llenar el vaso, y todo sigue como siempre. Tú teniéndome en el infinito, yo teniéndote en mis sueños, y más allá de todo, un final que no se ve.

viernes, 24 de marzo de 2017

Estas sábanas

Me dijeron que el tiempo a tu lado apenas se reconocía, que volaba, que no existía. Yo pude desmentirlos en poco más de treinta minutos. Descubrí que no tenían ni idea, que apenas te conocían, que contigo, los minutos machacaban, los segundos se sentían en cada golpe del pecho atolondrado y te demostraban lo duro y pesado que es el tiempo, poco a poco llevándote hasta un inevitable final en el que nunca se acaba contigo.

Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.

Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.

Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.

Shine on you, crazy diamond.


viernes, 10 de febrero de 2017

Azul océano


esos besos que saben a despedida
a vinagre en las heridas
a pañuelo de estación.


Ha sonado un portazo y solo has dejado silencio en esta casa vacía. La música no consigue llenarlo y este gato que me han regalado no me considera un amigo todavía. Los radiadores están fríos y esta manta blanca no me tapa los pies y cigarro tras cigarro me consumo en este sofá azul océano en el que me hundo un poco más cada segundo. La cerveza está terminada pero el frigorífico está demasiado lejos como para alcanzar una sin abrir. En la tele, Sabina insiste una y otra vez en que lo niega todo y los colores y el blanco y negro se van marchitando poco a poco mientras intento buscar una manera de alcanzar la arena y salir del mar.

Un marinero me ha tirado un flotador naranja que se queda colgando por la borda a pocos metros del agua y yo no consigo alcanzarlo. El marinero me grita que no les queda más cuerda, pero que tienen una tabla como el de Titanic a la que puedo trepar y navegar hasta que otro barco aparezca, y yo me río y les grito que me dejen en paz en esta agua putrefacta y que apesta a whisky y de pronto me despierto en el suelo de mi pasillo rodeado de un vómito naranja y una herida que sangra en mi cabeza.

Al levantarme me veo más capaz de abrir otra cerveza, y una vez bebido el primer trago, aprovecho el hielo que la rodea para ponérmela en la herida. Vuelvo a tumbarme en el sofá. El gato me mira desde lejos, receloso. Me pregunto dónde estarás. Si terminaremos lo que empezamos.

How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.

martes, 13 de diciembre de 2016

Si me encierro, ven a verme

Este es el enésimo último cigarro que me fumo y esta vez es de verdad porque ya no me queda tabaco y son las tres de la mañana. He desperdiciado la noche haciendo figuras de papel mal plegadas, deseando a hurtadillas ir al armario del salón y robarle a mi compañero de piso la botella que guarda para sus desayunos y probar el amargor de ese whisky que dice que tan bien le sienta.

A menudo me habla borracho, en el salón, con el vaso de whisky más barato del supermercado (distinto al del desayuno), y me cuesta seguir sus diatribas, sus constantes problemas, con las mujeres, con la vida, constantemente empeñado en lo poco que merece la pena vivir bien, y en lo mucho que merece la pena morir mal. Otras veces, cuando no está, como esta noche, lo entiendo a la perfección, y me imagino siendo incapaz de mantener mi relación, de despertarme por las mañanas para ir al trabajo, de mantenerme fuerte en los pensamientos obligatorios de que todo irá bien, y me tengo que poner a hacer papiroflexia bajo la luz del flexo del escritorio que a veces parpadea pidiendo a gritos dormir.

Estas noches, en las que el viento apenas hace ruido en la calle, y la niebla de diciembre por fin ha venido a oscurecer los pocos restos luminosos que quedan de la primavera, él apenas aparece por casa, se pasa las noches fuera, y nunca cuenta lo que hace. Llega de madrugada, oliendo a tabaco y flujo, y se queda mirando su reflejo en el espejo unos minutos antes de decidir ir a meterse en su cuarto y tumbarse en la cama a terminar otro día de mierda.

Ha llegado hace un rato. Ya he oído sus pasos dirigirse hacia la habitación, más vacía que él mismo, y me pregunto si esta noche podrá ahogar sus sollozos en la almohada o no podrá impedirlo, y tendré que volver a pasar una noche en vela, preguntándome si no debería ir con él y preguntarle qué le pasa, o simplemente pedirle por favor que no haga tanto ruido con sus lágrimas.

Pero poco a poco, tumbado en la cama, voy cerrando los ojos, y en un último suspiro consciente, le ruego a mi cerebro que hoy no me haga soñar conmigo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Dicen que hay una luna enorme pero yo la veo más pequeña que la luz de tus ojos

Me quité la luz de encima en cuanto tuve ocasión, es un aura que no me pertenece y bajo la que me siento muy incómodo, que no sé manipular a mi antojo, pero aquella vez fue difícil.

Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.

De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.

Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.


jueves, 27 de octubre de 2016

Espinas y fotos

Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas, soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de gritos, de dolor.

He sentido la necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad, intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.

Cuando por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.

Creo que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.

Es ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes, mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.