Me dijeron que el tiempo a tu lado apenas se reconocía, que volaba, que no existía. Yo pude desmentirlos en poco más de treinta minutos. Descubrí que no tenían ni idea, que apenas te conocían, que contigo, los minutos machacaban, los segundos se sentían en cada golpe del pecho atolondrado y te demostraban lo duro y pesado que es el tiempo, poco a poco llevándote hasta un inevitable final en el que nunca se acaba contigo.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.
Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.
Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.
Shine on you, crazy diamond.
viernes, 24 de marzo de 2017
viernes, 10 de febrero de 2017
Azul océano
esos besos que saben a despedida
a vinagre en las heridas
a pañuelo de estación.
Ha sonado un portazo y solo has dejado silencio en esta casa
vacía. La música no consigue llenarlo y este gato que me han regalado no me
considera un amigo todavía. Los radiadores están fríos y esta manta blanca no
me tapa los pies y cigarro tras cigarro me consumo en este sofá azul océano en
el que me hundo un poco más cada segundo. La cerveza está terminada pero el
frigorífico está demasiado lejos como para alcanzar una sin abrir. En la tele,
Sabina insiste una y otra vez en que lo niega todo y los colores y el blanco y
negro se van marchitando poco a poco mientras intento buscar una manera de
alcanzar la arena y salir del mar.
Un marinero me ha tirado un flotador naranja que se queda
colgando por la borda a pocos metros del agua y yo no consigo alcanzarlo. El
marinero me grita que no les queda más cuerda, pero que tienen una tabla como
el de Titanic a la que puedo trepar y navegar hasta que otro barco aparezca, y yo me río y les grito que me dejen en paz en esta agua putrefacta
y que apesta a whisky y de pronto me despierto en el suelo de mi pasillo
rodeado de un vómito naranja y una herida que sangra en mi cabeza.
Al levantarme me veo más capaz de abrir otra cerveza, y una
vez bebido el primer trago, aprovecho el hielo que la rodea para ponérmela en
la herida. Vuelvo a tumbarme en el sofá. El gato me mira desde lejos, receloso.
Me pregunto dónde estarás. Si terminaremos lo que empezamos.
How I wish, how I wish
you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.
martes, 13 de diciembre de 2016
Si me encierro, ven a verme
Este es el enésimo último cigarro que me fumo y esta vez es de verdad porque ya no me queda tabaco y son las tres de la mañana. He desperdiciado la noche haciendo figuras de papel mal plegadas, deseando a hurtadillas ir al armario del salón y robarle a mi compañero de piso la botella que guarda para sus desayunos y probar el amargor de ese whisky que dice que tan bien le sienta.
A menudo me habla borracho, en el salón, con el vaso de whisky más barato del supermercado (distinto al del desayuno), y me cuesta seguir sus diatribas, sus constantes problemas, con las mujeres, con la vida, constantemente empeñado en lo poco que merece la pena vivir bien, y en lo mucho que merece la pena morir mal. Otras veces, cuando no está, como esta noche, lo entiendo a la perfección, y me imagino siendo incapaz de mantener mi relación, de despertarme por las mañanas para ir al trabajo, de mantenerme fuerte en los pensamientos obligatorios de que todo irá bien, y me tengo que poner a hacer papiroflexia bajo la luz del flexo del escritorio que a veces parpadea pidiendo a gritos dormir.
Estas noches, en las que el viento apenas hace ruido en la calle, y la niebla de diciembre por fin ha venido a oscurecer los pocos restos luminosos que quedan de la primavera, él apenas aparece por casa, se pasa las noches fuera, y nunca cuenta lo que hace. Llega de madrugada, oliendo a tabaco y flujo, y se queda mirando su reflejo en el espejo unos minutos antes de decidir ir a meterse en su cuarto y tumbarse en la cama a terminar otro día de mierda.
Ha llegado hace un rato. Ya he oído sus pasos dirigirse hacia la habitación, más vacía que él mismo, y me pregunto si esta noche podrá ahogar sus sollozos en la almohada o no podrá impedirlo, y tendré que volver a pasar una noche en vela, preguntándome si no debería ir con él y preguntarle qué le pasa, o simplemente pedirle por favor que no haga tanto ruido con sus lágrimas.
Pero poco a poco, tumbado en la cama, voy cerrando los ojos, y en un último suspiro consciente, le ruego a mi cerebro que hoy no me haga soñar conmigo.
A menudo me habla borracho, en el salón, con el vaso de whisky más barato del supermercado (distinto al del desayuno), y me cuesta seguir sus diatribas, sus constantes problemas, con las mujeres, con la vida, constantemente empeñado en lo poco que merece la pena vivir bien, y en lo mucho que merece la pena morir mal. Otras veces, cuando no está, como esta noche, lo entiendo a la perfección, y me imagino siendo incapaz de mantener mi relación, de despertarme por las mañanas para ir al trabajo, de mantenerme fuerte en los pensamientos obligatorios de que todo irá bien, y me tengo que poner a hacer papiroflexia bajo la luz del flexo del escritorio que a veces parpadea pidiendo a gritos dormir.
Estas noches, en las que el viento apenas hace ruido en la calle, y la niebla de diciembre por fin ha venido a oscurecer los pocos restos luminosos que quedan de la primavera, él apenas aparece por casa, se pasa las noches fuera, y nunca cuenta lo que hace. Llega de madrugada, oliendo a tabaco y flujo, y se queda mirando su reflejo en el espejo unos minutos antes de decidir ir a meterse en su cuarto y tumbarse en la cama a terminar otro día de mierda.
Ha llegado hace un rato. Ya he oído sus pasos dirigirse hacia la habitación, más vacía que él mismo, y me pregunto si esta noche podrá ahogar sus sollozos en la almohada o no podrá impedirlo, y tendré que volver a pasar una noche en vela, preguntándome si no debería ir con él y preguntarle qué le pasa, o simplemente pedirle por favor que no haga tanto ruido con sus lágrimas.
Pero poco a poco, tumbado en la cama, voy cerrando los ojos, y en un último suspiro consciente, le ruego a mi cerebro que hoy no me haga soñar conmigo.
lunes, 14 de noviembre de 2016
Dicen que hay una luna enorme pero yo la veo más pequeña que la luz de tus ojos
Me quité la luz de encima en cuanto tuve ocasión, es un aura que no me pertenece y bajo la que me siento muy incómodo, que no sé manipular a mi antojo, pero aquella vez fue difícil.
Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.
De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.
Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.
Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.
De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.
Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.
jueves, 27 de octubre de 2016
Espinas y fotos
Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la
respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas,
soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos
mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de
verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa
tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de
gritos, de dolor.
He sentido la
necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad,
intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera
esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso
mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies
contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de
lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.
Cuando
por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en
el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del
pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o
quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien
por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.
Creo
que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he
despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del
pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y
por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible
comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos
que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.
Es
ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo
desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes,
mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando
no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el
bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que
me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.
sábado, 15 de octubre de 2016
Dedicatoria fuera de lugar
"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a
repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo
más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody
Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.
Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.
Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.
Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.
Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.
lunes, 10 de octubre de 2016
Lamento de otoño
En una pequeña caja dentro de un cajón del interior de su armario, guarda una fotografía quemada por el tiempo, la luz y la memoria. La fotografía habla de otro tiempo lejano, que apenas su memoria recuerda y que tampoco le conviene recordar, un tiempo en el que el sonido de la trompeta no desquiciaba sus nervios ni la hacía llorar por las noches.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
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