y el palacio está en llamas,
tu general arría mis banderas,
las fieras entran en la catedral.
La arrastran medio
desnuda. Con el vestido roto, a empujones, desposeída de toda dignidad.
Humillada. Huele a fuego, a sangre. La multitud grita, y la princesa se ve
llevada hasta el patíbulo, donde la arrodillan y le sujetan la cabeza con la madera.
La princesa se deja hacer y, entre sollozos, vislumbra a su madre entre la
multitud. La misma multitud que la vio nacer y aplaudieron en su bautizo. La
misma que ahora alaba la cabeza de su padre clavada en una estaca.
La princesa, por fin,
levanta la cabeza y me mira a los ojos. Los ojos que la contemplaron desnuda
tantas noches y que a las 2 de la madrugada le decían que debían irse, que si
su padre nos encontraba, me mataría. Era entonces cuando, como un fugitivo,
bajaba las escaleras recordando aún sus besos y miradas recientes, sus te
quiero, falsos como solo una mujer de sangre azul puede serlo, sus gemidos en
mi oído.
La miro a los ojos, por
primera vez, más alto que ella y poseedor de su vida. La palanca que tengo en
mi mano le cortará la cabeza. La multitud ríe, me chilla, me lanza objetos, me
apremia, pero yo quiero disfrutar del momento, y observo sus ojos mirándome
desesperados, susurrando un último te quiero, suplicando, falsamente, por su
vida.
Yo me río. Te quiero,
princesa, le digo entre carcajadas, y mientras observo las lágrimas que caen de
sus ojos, acciono la palanca y asesino a quién me dio amor. Es gracioso. La
cabeza que besaba hace tres días ahora hace un sonoro plof en la cesta, y yo no
siento nada. Ni alegría ni tristeza. Solo me agacho y la recojo. Alzo la cabeza
de la princesa sobre mis hombros, sobre mi propia cabeza, y le grito al pueblo.
La multitud me responde con más gritos. Les lanzo la cabeza y la veo siendo
recogida por un hombre que le da una patada.
