lunes, 26 de mayo de 2014

El rey murió en el campo de batalla, la reina se ha pasado al enemigo

Te rezan mil soldados
y el palacio está en llamas,
tu general arría mis banderas,
las fieras entran en la catedral.




La arrastran medio desnuda. Con el vestido roto, a empujones, desposeída de toda dignidad. Humillada. Huele a fuego, a sangre. La multitud grita, y la princesa se ve llevada hasta el patíbulo, donde la arrodillan y le sujetan la cabeza con la madera. La princesa se deja hacer y, entre sollozos, vislumbra a su madre entre la multitud. La misma multitud que la vio nacer y aplaudieron en su bautizo. La misma que ahora alaba la cabeza de su padre clavada en una estaca. 

La princesa, por fin, levanta la cabeza y me mira a los ojos. Los ojos que la contemplaron desnuda tantas noches y que a las 2 de la madrugada le decían que debían irse, que si su padre nos encontraba, me mataría. Era entonces cuando, como un fugitivo, bajaba las escaleras recordando aún sus besos y miradas recientes, sus te quiero, falsos como solo una mujer de sangre azul puede serlo, sus gemidos en mi oído. 

La miro a los ojos, por primera vez, más alto que ella y poseedor de su vida. La palanca que tengo en mi mano le cortará la cabeza. La multitud ríe, me chilla, me lanza objetos, me apremia, pero yo quiero disfrutar del momento, y observo sus ojos mirándome desesperados, susurrando un último te quiero, suplicando, falsamente, por su vida.

Yo me río. Te quiero, princesa, le digo entre carcajadas, y mientras observo las lágrimas que caen de sus ojos, acciono la palanca y asesino a quién me dio amor. Es gracioso. La cabeza que besaba hace tres días ahora hace un sonoro plof en la cesta, y yo no siento nada. Ni alegría ni tristeza. Solo me agacho y la recojo. Alzo la cabeza de la princesa sobre mis hombros, sobre mi propia cabeza, y le grito al pueblo. La multitud me responde con más gritos. Les lanzo la cabeza y la veo siendo recogida por un hombre que le da una patada.


martes, 13 de mayo de 2014

Rómulo

Miente. Si dice sí, me miente.
Si dice no, me miente.
Si calla, también miente.
Dice que yo ya no te espero.
Qué cabrón embustero.
Es mi corazón, que miente.

viernes, 9 de mayo de 2014

Llamas.

Ayer, Ariadna, la noche ardió con todos los papeles que quedaban por quemar. Anoche acabamos con todo lo que debíamos, anoche lancé un último suspiro.
Hoy, por la mañana, he deshecho mi habitación y metido en cajas lo importante, los libros, las cartas con tu letra y tus remites. Hoy, recogiendo, he vuelto a encontrar el diario que me escribiste, y me he sumergido en aquellos caóticos días de miedos e incertidumbres, de contar horas para hablar por ordenadores que casi nunca funcionaban, de kilómetros, de viajes, de records. Hoy he leído tu letra en el diario, dirigiéndote a mi, pidiéndome te quieros, lanzándome preguntas que sabías que nunca serían contestadas.
Luego lo he cerrado y me he sentado a disfrutar de mi resaca.
No, Ariadna, no lo he quemado. No podría hacerlo. Hay cosas que no se deben quemar, a diferencia de otras.

Chor.

domingo, 4 de mayo de 2014

De vueltas con la vida



Te vi entre tinieblas de humo, música, tierra y sudor. Te vi, como siempre, fuera de tu ambiente, como si no pertenecieras a ese mundo, aunque gritaras y rieras con ellos. Te vi y no me atreví a decirte algo, me quede paralizado mientras a mi alrededor el mundo se impregnaba de gritos y focos. Y entonces me viste tú.

Me viste y corriste hasta mí, a abrazarme mientras gritabas, a darme cerveza, a presentarme a tus amigas, a Claudia, a Inés (como la de Boikot), a Ingrid, a Laura. Yo solo sonreía y saludaba como un bobalicón que no tiene palabras, hasta que les dijiste eso de “él es Él”. No pude leer las mayúsculas en tus labios, pero supe que en tu cabeza hablabas así, y me quedé algo confuso, como si de pronto, dos años no fueran nada más que un suspiro. 

Nos fuimos de ahí. Los dos solos. A beber, a fumar, a por eme. Yo reía, yo olvidaba, yo te preguntaba y trataba de recordar y solo conseguía reír un poco más. Fue culpa del cristal y del whisky, y un poco de la noche y de tus ojos que me decían más de lo que quería saber, fue culpa de todo eso y entonces nos besamos justo cuando discutíamos sobre Madame Bovary y nos revivimos del todo el uno al otro. De lo de después, ya casi no me acuerdo. Sudores y tabaco mentolado.

A la mañana siguiente me fui sin avisarte. Es mejor así, cerrando ciclos.