Te vi entre tinieblas de humo, música, tierra y sudor. Te
vi, como siempre, fuera de tu ambiente, como si no pertenecieras a ese mundo,
aunque gritaras y rieras con ellos. Te vi y no me atreví a decirte algo, me
quede paralizado mientras a mi alrededor el mundo se impregnaba de gritos y
focos. Y entonces me viste tú.
Me viste y corriste hasta mí, a abrazarme mientras gritabas,
a darme cerveza, a presentarme a tus amigas, a Claudia, a Inés (como la de
Boikot), a Ingrid, a Laura. Yo solo sonreía y saludaba como un bobalicón que no
tiene palabras, hasta que les dijiste eso de “él es Él”. No pude leer las
mayúsculas en tus labios, pero supe que en tu cabeza hablabas así, y me quedé
algo confuso, como si de pronto, dos años no fueran nada más que un suspiro.
Nos fuimos de ahí. Los dos solos. A beber, a fumar, a por
eme. Yo reía, yo olvidaba, yo te preguntaba y trataba de recordar y solo
conseguía reír un poco más. Fue culpa del cristal y del whisky, y un poco de la
noche y de tus ojos que me decían más de lo que quería saber, fue culpa de todo
eso y entonces nos besamos justo cuando discutíamos sobre Madame Bovary y nos
revivimos del todo el uno al otro. De lo de después, ya casi no me acuerdo.
Sudores y tabaco mentolado.
A la mañana siguiente me fui sin avisarte. Es mejor así, cerrando ciclos.
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