Desde que te vi quedé envenenado, Harlem. Eres como esa canción Wild Things de
Hendrix. Tenías la misma lógica de la heroína, me produjiste el mismo
efecto porque te vi y me dieron ganas de inyectar tu nombre en mis venas
me dieron ganas de ir al baño y orinar orines con el sabor de tu
nombre, ganas de ir al baño del Opium y mirarme frente al espejo y decir
mierda you make me feel like a wild thing. You make my heart sing wild
thing, me dieron ganas de escribir tu nombre con sangre en el fondo de
mi vaso de cerveza ganas de que me cortaras las venas con tus labios
rojos mientras te tocaba las tetas. Ganas de desangrarme entre tus
piernas mientras me hablabas de ir a la playa.
La vuelta a casa no fue nada fácil. Fue allí, sentado, eran las diez de la mañana y tenía un vaso de whisky en la mano. No habíamos dormido nada, parecía que todo lo que ocurría a nuestro alrededor no era más que imaginación desatada. "El viejo Homer", dijeron a mi lado, y miré y sonreí, el viejo Homer. Hacía años que no estaba en una situación así. El viejo Homer, y alguien puso unos polvos en mi vaso. Yo miré confuso hacia mi lado y un viejo, muy viejo amigo, me sonreía mientras golpeaba mi rodilla. El viejo Homer. El viejo Homer se habría bebido aquel vaso de trago sin importarle nada una mierda, y habría suspirado mirando al infinito sintiendo la droga correr por el cuerpo. Qué asco de vida, murmuré, y me bebí el vaso como si fuera de agua y lo miré vacío, en parte sorprendido conmigo mismo. Ya no me esperaba volver a este juego. Eso fue un 13 de agosto. Ahora han pasado quince días y ya nada es parecido. He vuelto a casa.
jueves, 28 de agosto de 2014
viernes, 22 de agosto de 2014
Vamo a comeno el mundo (carta a Amarilla I)
Aguantamos como viejos pilares romanos de una iglesia antigua, como unos viejos que se resisten a acabar en un agujero como todos, quizá aguantamos más de lo que debimos.
A veces me pasa que pienso que nunca te quise y es cuando mejor me siento, cuando puedo librarme de tu recuerdo y tus libros y tus cartas, quizá hasta de tus abrazos. A veces me pasa que pienso que aún te quiero y es cuando me siento frente a un espejo y me miro en el reflejo, con el ojo todavía morado de la última vez que defendí tu memoria, con la mano enyesada por los puñetazos, y me digo, eh, venga, aún puedes levantarte. A veces me pasa que me paro a pensar en todo lo que hemos vivido, y me río por absurdo, por ecléctico, y me siento en el callejón del gato, gritando a un vaso lleno de whisky que está dentro de mis venas.
Ya no somos los que fuimos, habremos cambiado, quizás a peor, y quizá aunque nos busquemos en los callejones y nos encontremos, no seamos capaces de aguantarnos las miradas y decirnos que andábamos buscándonos, que nos sentimos perdidos. Ya no hay más miradas, ya no hay más notificaciones, ya no hay más sentimientos guardados, porque ya no hay nada. Ahora todo se ha perdido entre fuego, alcohol y cenizas, todo se ha perdido como la razón. Lo bueno de perder la razón, como dice Robe es que la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no. Robe nos vio arder, Robe nos verá volatilizarnos. Ya no pasa nada, en realidad. Me has enseñado una lección, me has enseñado a ser feliz estando solo. Quizá me has enseñado la única lección que yo no necesitaba, y la única que aún te queda por aprender a tí.
Lo único que pido es fuerza para no derrumbarme otra vez. Vamos a comernos el mundo. Tú el tuyo, yo el mío.
A veces me pasa que pienso que nunca te quise y es cuando mejor me siento, cuando puedo librarme de tu recuerdo y tus libros y tus cartas, quizá hasta de tus abrazos. A veces me pasa que pienso que aún te quiero y es cuando me siento frente a un espejo y me miro en el reflejo, con el ojo todavía morado de la última vez que defendí tu memoria, con la mano enyesada por los puñetazos, y me digo, eh, venga, aún puedes levantarte. A veces me pasa que me paro a pensar en todo lo que hemos vivido, y me río por absurdo, por ecléctico, y me siento en el callejón del gato, gritando a un vaso lleno de whisky que está dentro de mis venas.
Ya no somos los que fuimos, habremos cambiado, quizás a peor, y quizá aunque nos busquemos en los callejones y nos encontremos, no seamos capaces de aguantarnos las miradas y decirnos que andábamos buscándonos, que nos sentimos perdidos. Ya no hay más miradas, ya no hay más notificaciones, ya no hay más sentimientos guardados, porque ya no hay nada. Ahora todo se ha perdido entre fuego, alcohol y cenizas, todo se ha perdido como la razón. Lo bueno de perder la razón, como dice Robe es que la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no. Robe nos vio arder, Robe nos verá volatilizarnos. Ya no pasa nada, en realidad. Me has enseñado una lección, me has enseñado a ser feliz estando solo. Quizá me has enseñado la única lección que yo no necesitaba, y la única que aún te queda por aprender a tí.
Lo único que pido es fuerza para no derrumbarme otra vez. Vamos a comernos el mundo. Tú el tuyo, yo el mío.
lunes, 18 de agosto de 2014
Malas intenciones
La noche se acababa. Lo cantaba Yosi, la noche se acaba, la
noche se acaba. Yo miré el reloj, y vi que la hora estaba ahí ya, se acercaba.
Era siempre así, siempre fue así. Me fui con mi whisky hacia allí. Allí donde
sonó Deltoya hace años, haciendo destrozar al resto del mundo mientras tanto.
Cuando solo éramos tú y yo. Pero tú no estabas. Esperé. Busqué en el suelo los
restos de permanente. Pensé en las noches con un rotulador y vodka o vino,
escribiendo palabras sin sentido en las paredes destrozadas de Huesca donde
antes hicimos el amor, pero solo apareció tu fantasma. Venme a ver caminito de la locura.
Hablé con tu fantasma un buen rato, mientras las luces y la
música sonaban de fondo, esa luz y esa música que solo se soporta con alcohol y
solo se entiende con drogas. Luego miré el reloj, le di un beso a tu forma
incorpórea, cogí mi vaso y me levanté. Un globo amarillo cayó del cielo y el
sol empezó a asomar por el horizonte. Mierda, y empecé a caminar. De pronto
surgiste de la nada, como el globo, y alguien gritó y el cielo se volvió
morado. Llego tarde, me dijiste, y sonreíste con esos dientes que siempre me
destrozan. Vámonos de esta habitación al
espacio exterior.
Me contaste que han pasado muchos años, que viajamos y nos
derrotamos y que siempre nos estuvimos cayendo. Te conté que me acordaba de ti
todos los días del mundo, te conté que yo ya estaba muerto. Vámonos de aquí, me
dijiste con lágrimas y te soltaste de mi mano y yo no supe si seguirte o irme
del todo y no volver a empezar, pero del cielo empezó a desaparecer el color
morado, y de mi camiseta desaparecieron los gusanos que habían aparecido sin
que yo me diera cuenta, y sentí un pánico que me obligó a correr hacia ti
sentada en el césped, llorando y tapando las lágrimas con tus manos. Había un muerto tirado sobre un banco. Y poder vestir con tu sonreír mis raídos
rincones donde duermen las flores que huyen del jardín de mi umbrío corazón.
Luego, no sé, la noche se acabó, pero la pasamos juntos. Y
luego fueron batidos de chocolate, alguna que otra sonrisa y mordiscos en la
nariz. Luego te fuiste, cerraste la puerta de mi casa y no miraste atrás y yo
me quedé solo otra vez y con ganas de beber y llorar. Ahora quizá sea el vodka
o la casa llena de mierda y platos rotos, o quizá sea que he visto por la
ventana un perro exactamente igual que Lanas, o una niña llamada Ariadna. Quizá
sea todo eso o quizá sea que tenías razón y debíamos darle un final a todo
esto. Quizá ahora pueda poner en orden mi vida y empezar otra de nuevo. Quizá sí,
o quizá todo siga igual. Con escaleras, ángeles y lobos estampados en
camisetas. I will be your baby tonight. Dylan arde bajo el agua. O quizá no. Things have changed.
Chorche volvió a ser Kurt. Ella, volvió a ser Courtney.
martes, 5 de agosto de 2014
sábado, 2 de agosto de 2014
Marina y las ruinas de los elementos
Yo leo 2666, de
Bolaño, la Parte de Amalfitano, cuando Óscar recuerda cómo Lola se fugó de casa
por un poeta vasco encerrado en un manicomio y les abandonó a él y a su hija
Rosa. Suspiro y cierro el libro, y observo a Marina que lee de nuevo Lolita. Vamos al agua, le digo, y me
contesta que espere a que termine el párrafo.
Meto los pies en la arena y me dedico a observar a las
personas que caminan por la orilla, chapoteando, llenando de gotas mis pies al
salpicar, y los odio a todos los niveles posibles, los miro con desprecio desde
detrás de mis gafas de sol, sin que ellos puedan verlo. Marina cierra el libro
y me sonríe.
-Vamos –me dice.
-¿Qué hago aquí?
No sé de dónde ha salido esa pregunta. Creo que llevo varias
horas dándole vueltas mientras leía y Marina tomaba el sol y observaba cómo los
rayos intentaban tostar ese pelo amarillo y esos brazos demasiado oscuros.
-Sobrevivir –me contesta, de pronto muy seria.
Es algo que me encanta de Marina. Sabe darle sentido, a
veces incluso demasiado sentido, a las incoherentes preguntas que hago, como si
ella supiera de qué estoy hablando cuando ni siquiera yo lo sé.
Sonrío mientras me besa en los labios y refunfuña sobre mi
bigote. Si no te afeitas ese bigote no podré dejarte hacerme el amor esta
noche. Me río y la tiro al agua del mar. Si no lo haces, tendré que violarte.
Tendrás que intentarlo, me dice guiñando un ojo.
-¿Por qué lees Lolita
otra vez? Lo leíste hace menos de dos meses –le digo horas después, en la
ducha.
-Porque es el primer libro que me regalaste.
Me pregunto si ella sabe que no estoy enamorado de ella. Me
pregunto si ella sabe que yo sí que puedo enamorarme. Algún día tendré que
hablarle de Ariadna, de Amarilla, y tendré que darme cuenta de qué es lo que
estoy haciendo, a parte de sobrevivir.
Marina vuelve a besarme. Me gusta pensar que me quieres como
él quiere a Lolita, me susurra al oído.
-Vamos a comer –le digo.
La veo salir por la puerta del baño y me doy cuenta de la necesidad que tengo de seguirla. Una necesidad de felicidad.
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