jueves, 28 de agosto de 2014

La vuelta a casa

Desde que te vi quedé envenenado, Harlem. Eres como esa canción Wild Things de Hendrix. Tenías la misma lógica de la heroína, me produjiste el mismo efecto porque te vi y me dieron ganas de inyectar tu nombre en mis venas me dieron ganas de ir al baño y orinar orines con el sabor de tu nombre, ganas de ir al baño del Opium y mirarme frente al espejo y decir mierda you make me feel like a wild thing. You make my heart sing wild thing, me dieron ganas de escribir tu nombre con sangre en el fondo de mi vaso de cerveza ganas de que me cortaras las venas con tus labios rojos mientras te tocaba las tetas. Ganas de desangrarme entre tus piernas mientras me hablabas de ir a la playa.

 La vuelta a casa no fue nada fácil. Fue allí, sentado, eran las diez de la mañana y tenía un vaso de whisky en la mano. No habíamos dormido nada, parecía que todo lo que ocurría a nuestro alrededor no era más que imaginación desatada. "El viejo Homer", dijeron a mi lado, y miré y sonreí, el viejo Homer. Hacía años que no estaba en una situación así. El viejo Homer, y alguien puso unos polvos en mi vaso. Yo miré confuso hacia mi lado y un viejo, muy viejo amigo, me sonreía mientras golpeaba mi rodilla. El viejo Homer. El viejo Homer se habría bebido aquel vaso de trago sin importarle nada una mierda, y habría suspirado mirando al infinito sintiendo la droga correr por el cuerpo. Qué asco de vida, murmuré, y me bebí el vaso como si fuera de agua y lo miré vacío, en parte sorprendido conmigo mismo. Ya no me esperaba volver a este juego. Eso fue un 13 de agosto. Ahora han pasado quince días y ya nada es parecido. He vuelto a casa.

viernes, 22 de agosto de 2014

Vamo a comeno el mundo (carta a Amarilla I)

Aguantamos como viejos pilares romanos de una iglesia antigua, como unos viejos que se resisten a acabar en un agujero como todos, quizá aguantamos más de lo que debimos.

A veces me pasa que pienso que nunca te quise y es cuando mejor me siento, cuando puedo librarme de tu recuerdo y tus libros y tus cartas, quizá hasta de tus abrazos. A veces me pasa que pienso que aún te quiero y es cuando me siento frente a un espejo y me miro en el reflejo, con el ojo todavía morado de la última vez que defendí tu memoria, con la mano enyesada por los puñetazos, y me digo, eh, venga, aún puedes levantarte. A veces me pasa que me paro a pensar en todo lo que hemos vivido, y me río por absurdo, por ecléctico, y me siento en el callejón del gato, gritando a un vaso lleno de whisky que está dentro de mis venas.

Ya no somos los que fuimos, habremos cambiado, quizás a peor, y quizá aunque nos busquemos en los callejones y nos encontremos, no seamos capaces de aguantarnos las miradas y decirnos que andábamos buscándonos, que nos sentimos perdidos. Ya no hay más miradas, ya no hay más notificaciones, ya no hay más sentimientos guardados, porque ya no hay nada. Ahora todo se ha perdido entre fuego, alcohol y cenizas, todo se ha perdido como la razón. Lo bueno de perder la razón, como dice Robe es que la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no. Robe nos vio arder, Robe nos verá volatilizarnos. Ya no pasa nada, en realidad. Me has enseñado una lección, me has enseñado a ser feliz estando solo. Quizá me has enseñado la única lección que yo no necesitaba, y la única que aún te queda por aprender a tí.

Lo único que pido es fuerza para no derrumbarme otra vez. Vamos a comernos el mundo. Tú el tuyo, yo el mío.

lunes, 18 de agosto de 2014

Malas intenciones



La noche se acababa. Lo cantaba Yosi, la noche se acaba, la noche se acaba. Yo miré el reloj, y vi que la hora estaba ahí ya, se acercaba. Era siempre así, siempre fue así. Me fui con mi whisky hacia allí. Allí donde sonó Deltoya hace años, haciendo destrozar al resto del mundo mientras tanto. Cuando solo éramos tú y yo. Pero tú no estabas. Esperé. Busqué en el suelo los restos de permanente. Pensé en las noches con un rotulador y vodka o vino, escribiendo palabras sin sentido en las paredes destrozadas de Huesca donde antes hicimos el amor, pero solo apareció tu fantasma. Venme a ver caminito de la locura.

Hablé con tu fantasma un buen rato, mientras las luces y la música sonaban de fondo, esa luz y esa música que solo se soporta con alcohol y solo se entiende con drogas. Luego miré el reloj, le di un beso a tu forma incorpórea, cogí mi vaso y me levanté. Un globo amarillo cayó del cielo y el sol empezó a asomar por el horizonte. Mierda, y empecé a caminar. De pronto surgiste de la nada, como el globo, y alguien gritó y el cielo se volvió morado. Llego tarde, me dijiste, y sonreíste con esos dientes que siempre me destrozan. Vámonos de esta habitación al espacio exterior.

Me contaste que han pasado muchos años, que viajamos y nos derrotamos y que siempre nos estuvimos cayendo. Te conté que me acordaba de ti todos los días del mundo, te conté que yo ya estaba muerto. Vámonos de aquí, me dijiste con lágrimas y te soltaste de mi mano y yo no supe si seguirte o irme del todo y no volver a empezar, pero del cielo empezó a desaparecer el color morado, y de mi camiseta desaparecieron los gusanos que habían aparecido sin que yo me diera cuenta, y sentí un pánico que me obligó a correr hacia ti sentada en el césped, llorando y tapando las lágrimas con tus manos.  Había un muerto tirado sobre un banco. Y poder vestir con tu sonreír mis raídos rincones donde duermen las flores que huyen del jardín de mi umbrío corazón.

Luego, no sé, la noche se acabó, pero la pasamos juntos. Y luego fueron batidos de chocolate, alguna que otra sonrisa y mordiscos en la nariz. Luego te fuiste, cerraste la puerta de mi casa y no miraste atrás y yo me quedé solo otra vez y con ganas de beber y llorar. Ahora quizá sea el vodka o la casa llena de mierda y platos rotos, o quizá sea que he visto por la ventana un perro exactamente igual que Lanas, o una niña llamada Ariadna. Quizá sea todo eso o quizá sea que tenías razón y debíamos darle un final a todo esto. Quizá ahora pueda poner en orden mi vida y empezar otra de nuevo. Quizá sí, o quizá todo siga igual. Con escaleras, ángeles y lobos estampados en camisetas. I will be your baby tonight. Dylan arde bajo el agua. O quizá no. Things have changed.

Chorche volvió a ser Kurt. Ella, volvió a ser Courtney.

sábado, 2 de agosto de 2014

Marina y las ruinas de los elementos



Yo leo 2666, de Bolaño, la Parte de Amalfitano, cuando Óscar recuerda cómo Lola se fugó de casa por un poeta vasco encerrado en un manicomio y les abandonó a él y a su hija Rosa. Suspiro y cierro el libro, y observo a Marina que lee de nuevo Lolita. Vamos al agua, le digo, y me contesta que espere a que termine el párrafo. 

Meto los pies en la arena y me dedico a observar a las personas que caminan por la orilla, chapoteando, llenando de gotas mis pies al salpicar, y los odio a todos los niveles posibles, los miro con desprecio desde detrás de mis gafas de sol, sin que ellos puedan verlo. Marina cierra el libro y me sonríe. 

-Vamos –me dice.

-¿Qué hago aquí?

No sé de dónde ha salido esa pregunta. Creo que llevo varias horas dándole vueltas mientras leía y Marina tomaba el sol y observaba cómo los rayos intentaban tostar ese pelo amarillo y esos brazos demasiado oscuros.

-Sobrevivir –me contesta, de pronto muy seria.

Es algo que me encanta de Marina. Sabe darle sentido, a veces incluso demasiado sentido, a las incoherentes preguntas que hago, como si ella supiera de qué estoy hablando cuando ni siquiera yo lo sé. 

Sonrío mientras me besa en los labios y refunfuña sobre mi bigote. Si no te afeitas ese bigote no podré dejarte hacerme el amor esta noche. Me río y la tiro al agua del mar. Si no lo haces, tendré que violarte. Tendrás que intentarlo, me dice guiñando un ojo.

-¿Por qué lees Lolita otra vez? Lo leíste hace menos de dos meses –le digo horas después, en la ducha.

-Porque es el primer libro que me regalaste. 

Me pregunto si ella sabe que no estoy enamorado de ella. Me pregunto si ella sabe que yo sí que puedo enamorarme. Algún día tendré que hablarle de Ariadna, de Amarilla, y tendré que darme cuenta de qué es lo que estoy haciendo, a parte de sobrevivir.

Marina vuelve a besarme. Me gusta pensar que me quieres como él quiere a Lolita, me susurra al oído.

-Vamos a comer –le digo.

La veo salir por la puerta del baño y me doy cuenta de la necesidad que tengo de seguirla. Una necesidad de felicidad.