Desde que te vi quedé envenenado, Harlem. Eres como esa canción Wild Things de
Hendrix. Tenías la misma lógica de la heroína, me produjiste el mismo
efecto porque te vi y me dieron ganas de inyectar tu nombre en mis venas
me dieron ganas de ir al baño y orinar orines con el sabor de tu
nombre, ganas de ir al baño del Opium y mirarme frente al espejo y decir
mierda you make me feel like a wild thing. You make my heart sing wild
thing, me dieron ganas de escribir tu nombre con sangre en el fondo de
mi vaso de cerveza ganas de que me cortaras las venas con tus labios
rojos mientras te tocaba las tetas. Ganas de desangrarme entre tus
piernas mientras me hablabas de ir a la playa.
La vuelta a casa no fue nada fácil. Fue allí, sentado, eran las diez de la mañana y tenía un vaso de whisky en la mano. No habíamos dormido nada, parecía que todo lo que ocurría a nuestro alrededor no era más que imaginación desatada. "El viejo Homer", dijeron a mi lado, y miré y sonreí, el viejo Homer. Hacía años que no estaba en una situación así. El viejo Homer, y alguien puso unos polvos en mi vaso. Yo miré confuso hacia mi lado y un viejo, muy viejo amigo, me sonreía mientras golpeaba mi rodilla. El viejo Homer. El viejo Homer se habría bebido aquel vaso de trago sin importarle nada una mierda, y habría suspirado mirando al infinito sintiendo la droga correr por el cuerpo. Qué asco de vida, murmuré, y me bebí el vaso como si fuera de agua y lo miré vacío, en parte sorprendido conmigo mismo. Ya no me esperaba volver a este juego. Eso fue un 13 de agosto. Ahora han pasado quince días y ya nada es parecido. He vuelto a casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario