Buscamos en las heridas abiertas como quien busca un tesoro en lo más profundo del mar. Revolvimos en sangre y desesperación, gritamos de dolor a los cuatro vientos de aquel barco que no hacía más que zozobrar. Sentí la necesidad de tirarme por la borda cuando me supe curado de una herida de otro color, más amarilla, más fea que la que me provocaste tú, y te dejé en la cubierta de aquel enorme transatlántico mirando el amanecer sin mí, a sabiendas de que alguien vendría a por ti.
Después de eso me envolvió otra vez una oscuridad morada y me acurruqué en una esquina de mi cama procurando salir lo menos posible, llorando e intentando escapar de allí cabalgando sobre unos caballos que no existían más que en el papel. No tengo muchos recuerdos de aquello, sé que a veces me acompañaba alguien en aquella esquina y me sentía por momentos con opciones de salir de ahí, pero luego todo se derrumbaba y volvía a refugiarme en la oscuridad. Recuerdo a veces beber y reír, de manera falsa y gastada, como si el Jack Daniels ya no sirviera como servía antes, y recuerdo salir un día y no soportar la luz de ahí fuera.
Y ahora miro desde la oscuridad que me rodea al exterior, y pienso en tu barco, en tu pelo rojo, miro este morado que me rodea y pienso en el salvavidas que no quisiste echarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario