lunes, 16 de noviembre de 2015

Que vaya por delante

Que vaya por delante que me gustan locas. Atormentadas, destructivas. Que vayan por delante los problemas, los ojos profundos, el alcohol, duro, y el tabaco rubio, como la cerveza y el pelo. Que vayan por delante las noches de espaldas sudadas y ventanas abiertas por donde entren la lluvia y el viento a quejarse del ruido.








Bebe un poco y enciende un cigarro. El Tropicana está semivacío y Lucrecia bebe un poco y enciende un cigarro mientras le dice al camarero que se vayan a la mierda él y sus problemas con las mujeres. Bajo del escenario y dejo la trompeta en una silla vacía mientras me acerco a ella y la rodeo con mis brazos por la cintura. Huele a una mezcla entre whisky, opio y barra de labios barata, huele como una canción de los Doors. Huele como si Jim Morrison la hubiera bautizado con su semen al nacer, y todo se hubiera quedado en el olor de su pelo.


Me murmura al oído lo mal que he tocado esta noche.






Que vaya por delante que la quiero porque le gusta pegarme cuando nos acostamos de madrugada al volver del Tropicana.


Que vaya por delante que la quiero porque está loca.

lunes, 13 de julio de 2015

Carta de auxilio


Querida Karen,
                        Si estas leyendo esto quiere decir que he encontrado el valor para mandártelo. ¡Bien por mí! No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir. Pero esto, es lo más difícil que he tenido que escribir nunca.
No existe una manera fácil de decirlo, así que simplemente lo diré: he conocido a alguien. Fue una casualidad. Yo no lo estaba buscando. No lo planee. Fue la tormenta perfecta. Ella dijo una cosa, yo dije otra; cuando me di cuenta quería pasar el resto de mi vida en mitad de aquella conversación.
Ahora tengo la sensación en mis entrañas de que puede ser ella. Esta completamente loca. De una forma que me hace sonreír. Extremadamente neurótica. Y exige un mantenimiento exhaustivo.
Ella eres tú Karen, esa es la buena noticia. La mala es que no se como estar contigo ahora. Me acojona. Porque si no estoy contigo inmediatamente, tengo la sensación de que nos perderemos ahí fuera. Este es un mundo enorme y malo, lleno de vueltas y recovecos y basta con parpadear para que desaparezca el momento. El momento que pudo cambiarlo todo.
No se lo que haya entre nosotros y no puedo decirte porque habrías de saltar al vació por alguien como yo. Pero hueles tan bien. Como el hogar. Y haces un café excelente. Eso también es importante, ¿verdad?
Llámame.



Infielmente tuyo,



Hank Moody

lunes, 13 de abril de 2015

Viejas fotografías

Veo el momento difuminado en la memoria, a pesar de las pocas horas que han pasado desde entonces. Como si el agua de la ducha que me caía por la cabeza nublara mis sentidos.  Una voz desde la lejanía me ha advertido "Te lo dejo en la mesa", y en el acto he sabido qué era, he sabido que tus letras, que tus postales, que tus recuerdos inmemoriales no se matan tan fácilmente. Estaba arrugada y rota por una esquina, los sellos medio despegados, y la tinta se ha corrido en una parte en la que se ha caído una gota de mi pelo mojado.

Mi primera reacción ha sido no leerla, arrugarla con odio en mis manos y tirarla a la basura sin prestarle más atención que ese par de segundos, suficientes, al fin y al cabo, para terminar de joderme la tarde, o la mañana o la noche, o lo que quiera que fuera el momento, pero luego la he sopesado en las manos, y me he echado a reír, porque ya sabía lo que ponía sin necesidad de leerlo.

Nos conocemos demasiado bien.

Otra vez a volvernos del revés
a olvidarte otra vez en cada esquina.

Luego la he guardado en uno de los cajones del escritorio, no sé ni cual, y me ha faltado un paquete de tabaco para fumarme un cigarro pensando en tus recuerdos.

Bailando entre las ruinas
por desamor al arte
de regarte las plantas de los pies. 

martes, 7 de abril de 2015

La parte más triste se esconde al fondo de un autobús

Hoy me siento a escribir como cada noche, con un vaso lleno de whisky sobre la mesa, con un cigarro encendido sobre la caja de cartón que hace las veces de cenicero y con un par de trozos de papel escritos a mano, llenos de palabras tachadas y vueltas a escribir encima una y otra vez. Hoy me siento a escribir sintiéndome algo más cercano a la muerte que otros días, quizás algo más solo y por eso sé que hoy el hielo del whisky no se derretirá ni el cigarro se consumirá sin ayuda hasta que haga un agujero en la caja de cartón como otras noches. Sé todo eso y sé que todo lo que pueda escribir hoy será terriblemente triste, terriblemente enfermo, puede que sin sentido y algo febril. 

Por eso me he planteado no escribir nada esta noche, dejarlo para mañana, quizás algo más animado y menos pensativo que hoy, plantear los pensamientos desde otro ángulo más luminoso, y menos obscuro que la noche, pero no me ha parecido justo para mi alma, ni para mi mente, ni mucho menos para ti.

He decidido sumirme, pues, en un torbellino de sentimientos, he dejado que me abrumen, que me mareen, incluso les he dado la oportunidad de hacerme vomitar, penetrando uno tras otro en mi cabeza, dejando en mi oído un fino susurro negro que se ha colado hacia dentro y ha formado en mi cerebro una oscura figura absurda, sin contornos lógicos ni sentido alguno, una figura silenciosa y con garras afiladas, que se ha quedado un rato dentro, creando poco a poco un murmullo ininteligible de palabras sueltas. Lo he dejado mantenerse ahí dentro durante un rato, hasta que se me ha hecho insoportable seguir escuchando ese quejido eterno, y me he bebido de trago el whisky y he lanzado un grito sordo por la ventana. De pronto, la figura se había esfumado de donde quiera que estuviera, y todo ha vuelto a ser tan gris como antes, tan sucio, tan falso.

Ahora que todo ha pasado y me recuesto en la cama leyendo estas palabras una y otra vez, pienso que quizá ésto sería más fácil con tu cuerpo desnudo al lado, una primera, una segunda, una última vez, intentando manchar de pintalabios mi boca y todo mi cuerpo, intentando hacerte dormir antes de cerrar mis ojos del todo, y no permitir que huyas sin un polvo de despedida.

Tal vez ahora que ya nada sobrevuela mi mente, que todo queda escrito en estas palabras sinceras, me sea más fácil que nunca dormir, o me sea más fácil no despertarme nunca. Tal vez entonces todo se quede en lo que debió ser, una noche que poco a poco, se iba apagando, como tu colilla llena de carmín en el cenicero.

lunes, 6 de abril de 2015

Para qué recordar si podemos mentir

Cómo se puede ser un soñador
en estos tiempos de hierro
en nada pasa, en nada sucede
todo se va y nada viene. 

Cuando sueña despierta, cierra los ojos, inclina la cabeza hacia un lado, deja caer su pelo hacia abajo como una cascada llena de agua negra, y se permite sentir en todos los poros de la piel descubierta los rayos del sol de este invierno que ya termina. 

Cuando sueña dormida, no sé lo que hace, pues jamás tuve la ocasión de verla dormir a mi lado. Siempre se escabulle de noche, en silencio, sin darme ocasión para protestar o despedirme. De pronto, puf, como una aparición, ya no está, y en el hueco donde antes estaba ella, ahora lo ocupa una lata vacía de la cerveza más barata del supermercado, y donde estuvieron sus pensamientos ahora está un disco rallado de Dylan que se atasca cuando suena Joey. Y al final, en el cenicero, quedan unos cuantos cigarros chafados y el humo volátil de un recuerdo que ya no recuerdas, de una persona que ya no recuerdas, de una noche que ya no recuerdas.

lunes, 30 de marzo de 2015

No digas que fue un sueño

Cuando me desperté, no lo recordaba con claridad. Era todo quizá demasiado confuso, demasiado onírico e inesperado, demasiado poco real como para formar parte de la lógica que mi mente permitía alcanzar. No sabía qué parte era real y qué parte de mis recuerdos sucumbían al engaño de lo onírico, no recordaba en qué momento mis ojos se habían cerrado y habían empezado a crear a oscuras una continuación a una historia que quizá deseaba sin saberlo ni reconocerlo.

Recordaba, o creía recordar, tu mano rozando la mía, buscando seguridad y reconocimiento en la oscuridad, en el silencio impuesto por los demás, ausentes a la operación mientras nuestras cabezas milímetro a milímetro se acercaban en silencio, calculando la distancia desconocida, intentando reconocer en las figuras de la oscuridad nuestros rostros, con el miedo del rechazo a los besos del otro, a escuchar una respiración dormida de pronto y pensar que era demasiado tarde para ejecutarlo.

No sé muy bien cuándo empezó el sueño, cuándo acabó la realidad. Solo sé que me dormí escuchando la respiración cortada de vez en cuando por besos cortos. Quizá lo soñé todo, no lo recuerdo con claridad, apenas lo distingo. Quizá por esos los silencios reinan ahora entre nosotros, como si no hubiera demasiado que aclarar. O quizá no lo soñé.

No me digas que fue un sueño.

lunes, 23 de marzo de 2015

Días grises

Hacía tiempo que echaba en falta un día igual que éste. Un día tan gris que al salir a la calle lo único que puedes hacer es fumar un cigarro mirando a las nubes y acercarte a un bar a pedir una cerveza a ver pasar el tiempo, a notar las gotas cayendo sin parar en la calle ya mojada, a sentir el pie húmedo dentro del zapato gastado y sucio de barro, combatiendo el dolor de cabeza, la tristeza de la soledad y las conversaciones estúpidas. 
Das el último trago de la cerveza y notas que ella ya ha llegado, que está en la puerta del bar, esperando ver aparecer de lejos tu figura oscura, encapuchada por la lluvia, buscando entre paraguas y figuras desconocidas tu barba y tus pasos. Luego se da la vuelta y te ve sentado ahí, mirándola fijamente sabiendo que te está esperando, y sales del bar sin dejar de fijar la vista en su sonrisa, mientras te susurra al oído eso de tengo tantas ganas de que me des un beso que podría morderte los labios hasta que te sangren. 
Días como éste, grises tristes y bonitos, en los que caminas por la acera cogido de una mano enfundada en un guante negro y húmedo, en los que los besos bajo las farolas encendidas alumbrando la sombra en la niebla son la ración de cada minuto, en los que huele a humedad, a perro mojado, en los que escribir al llegar a casa es más una necesidad que una costumbre, en los que el sexo en una cama pequeña se hace tan grande como un mundo solo para nosotros.

Días en los que me susurras eso de he llegado para quedarme. Días en los que tu nombre ya no es tu nombre si no un distintivo de seis letras unidas por puro azar para nombrar tu figura envuelta en belleza.

Días grises, demasiado blancos.

domingo, 25 de enero de 2015

Y yo que no tengo prisa y tú te muerdes los labios

Ahora te escribo con la certeza 
de haber aprendido ya a perder 
ahora te escribo con la cabeza 
y mi corazón bebe sin sed.


Escojo, de entre todo mi montón de recuerdos, uno de los que más duele para recrearme en él mientras agonizo, mientras espero a que el último momento se abalance sobre mi carne y ya jamás pueda volver a ver nada, a sentir nada, a vivir nada. Escojo un recuerdo quizás demasiado parecido al momento actual, hundido en la cama, con el corazón encogido, observando en derredor, intentando guardar cada objeto y su posición en la memoria, como si importara lo más mínimo en la tristeza o en el dolor, o incluso en el pasado alternativo que creé por la noche mientras hacía el amor contigo. Quizás no importaban, pero yo intentaba atesorar esos objetos y su posición concreta, dándole más importancia a éso que a tu cuerpo desnudo a mi lado, robando la manta mientras dormías y yo, con los ojos abiertos, me esforzaba en memorizar en la penumbra de tu habitación.

Ahora me doy cuenta de la importancia de memorizar todo aquello, de no permitir que cayera en el olvido, del trapecista en el armario, de la lámpara que esconde una foto debajo, de la mancha marrón sobre los pantalones verdes y arrugados caídos en el suelo. Me doy cuenta de la importancia de todo eso en el momento actual, me doy cuenta de que sin esos detalles no podría recomponer ni de lejos la impotencia, el dolor y el sufrimiento tan conocidos y tan desconocidos que sentía entonces, sin causa aparente. Quizás los entienda algo mejor ahora, vistos desde la distancia y la madurez de la muerte, de tu muerte y de la mía, que noto tan cercana en cada sonido del teclear, que viene tan directa hacia mis brazos.

Quizás he escogido ese recuerdo porque significó demasiado, como si el vivir esa experiencia y sólo ésa, como si no tuviéramos en cuenta las experiencias de antes ni lo de después importara, fuera lo único que me movió a la hora de decirte adiós de nuevo y volver arrastrado como tantas otras veces y de rodillas hasta tu cama, donde tú sabes que eres la única Diosa de la creación, donde cada segundo lo manipulas para que dure horas y te contorsionas como una bailarina rota que ya no tiene un escenario donde destrozar al público que la observa.

Quizás ahora que recuerdo todo ésto me doy cuenta de lo fácilmente que te perdí obsesionado en encontrarte en otra parte, pensando que tú ya no me pertenecías, que no lo harías en la cercanía del tiempo, y que largarme para volver quizás en algunos años era más correcto que quedarme y hacernos sufrir a los dos con la presencia de una ausencia latente. Quizás ahora que la parca se me acerca mientras bebo mi último whisky me de cuenta de los años que perdí sin ti, deseando encontrarte en cualquier parte sólo para gritarte que volvieras, que lo único que quise al largarme fue pasar toda mi vida contigo.