Hoy me siento a escribir como cada noche, con un vaso lleno de whisky sobre la mesa, con un cigarro encendido sobre la caja de cartón que hace las veces de cenicero y con un par de trozos de papel escritos a mano, llenos de palabras tachadas y vueltas a escribir encima una y otra vez. Hoy me siento a escribir sintiéndome algo más cercano a la muerte que otros días, quizás algo más solo y por eso sé que hoy el hielo del whisky no se derretirá ni el cigarro se consumirá sin ayuda hasta que haga un agujero en la caja de cartón como otras noches. Sé todo eso y sé que todo lo que pueda escribir hoy será terriblemente triste, terriblemente enfermo, puede que sin sentido y algo febril.
Por eso me he planteado no escribir nada esta noche, dejarlo para mañana, quizás algo más animado y menos pensativo que hoy, plantear los pensamientos desde otro ángulo más luminoso, y menos obscuro que la noche, pero no me ha parecido justo para mi alma, ni para mi mente, ni mucho menos para ti.
He decidido sumirme, pues, en un torbellino de sentimientos, he dejado que me abrumen, que me mareen, incluso les he dado la oportunidad de hacerme vomitar, penetrando uno tras otro en mi cabeza, dejando en mi oído un fino susurro negro que se ha colado hacia dentro y ha formado en mi cerebro una oscura figura absurda, sin contornos lógicos ni sentido alguno, una figura silenciosa y con garras afiladas, que se ha quedado un rato dentro, creando poco a poco un murmullo ininteligible de palabras sueltas. Lo he dejado mantenerse ahí dentro durante un rato, hasta que se me ha hecho insoportable seguir escuchando ese quejido eterno, y me he bebido de trago el whisky y he lanzado un grito sordo por la ventana. De pronto, la figura se había esfumado de donde quiera que estuviera, y todo ha vuelto a ser tan gris como antes, tan sucio, tan falso.
Ahora que todo ha pasado y me recuesto en la cama leyendo estas palabras una y otra vez, pienso que quizá ésto sería más fácil con tu cuerpo desnudo al lado, una primera, una segunda, una última vez, intentando manchar de pintalabios mi boca y todo mi cuerpo, intentando hacerte dormir antes de cerrar mis ojos del todo, y no permitir que huyas sin un polvo de despedida.
Tal vez ahora que ya nada sobrevuela mi mente, que todo queda escrito en estas palabras sinceras, me sea más fácil que nunca dormir, o me sea más fácil no despertarme nunca. Tal vez entonces todo se quede en lo que debió ser, una noche que poco a poco, se iba apagando, como tu colilla llena de carmín en el cenicero.