La veo desde lejos, en mitad de la tormenta,
caminando rápido mientras conversa por teléfono con una persona que no conoce.
A veces se ríe, y cuando la lluvia arrecia se esconde en un portal a esperar
que pase. Va sola, hace frío y parece cansada. Llevo buscándola dos días, desde
que llegué a esta ciudad desconocida buscándola a ella, tan desconocida o más que la ciudad, sin un propósito consciente ni una idea clara en la
cabeza. Ahora la observo desde lejos sin atreverme a acercarme y tocar su
espalda, con miedo a que cuando se gire compruebe en su cara mis peores
temores, quizá no quiera verme o, peor, quizá no me reconozca y pueda
comprobarlo en sus pupilas reflejando mi imagen, la imagen de un hombre que no
seré yo, que ni yo mismo reconoceré.
Horas después la llamo desde mi habitación
del hotel y hablo con ella, como tantas otras veces, de cosas que normalmente
no recuerdo segundos después de colgar, como si la dulzura de su voz o el
whisky de mi vaso crearan de golpe un agujero de gusano en mi cabeza y los
recuerdos sobre ella se mezclaran sin orden, volviéndolo todo una bendita
ruina. Me pregunta cuándo la iré a visitar y le digo que quizá pronto, me
despido, cuelgo el teléfono y estallo el vaso de whisky en la pared de mi
cuarto de hotel.
Cuando vuelvo a salir a la calle ya no llueve,
y un taxi del que sale una melodía de blues y una voz rota cantándola para
frente a mí. El taxista me sonríe desde dentro con la ventanilla bajada, sus
ojos amarillos me miran directos a mis pupilas. Tiro el cigarro y susurro su
dirección al oído del taxista.
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