domingo, 17 de enero de 2016

Bendita ruina



La veo desde lejos, en mitad de la tormenta, caminando rápido mientras conversa por teléfono con una persona que no conoce. A veces se ríe, y cuando la lluvia arrecia se esconde en un portal a esperar que pase. Va sola, hace frío y parece cansada. Llevo buscándola dos días, desde que llegué a esta ciudad desconocida buscándola a ella, tan desconocida o más que la ciudad, sin un propósito consciente ni una idea clara en la cabeza. Ahora la observo desde lejos sin atreverme a acercarme y tocar su espalda, con miedo a que cuando se gire compruebe en su cara mis peores temores, quizá no quiera verme o, peor, quizá no me reconozca y pueda comprobarlo en sus pupilas reflejando mi imagen, la imagen de un hombre que no seré yo, que ni yo mismo reconoceré.


Horas después la llamo desde mi habitación del hotel y hablo con ella, como tantas otras veces, de cosas que normalmente no recuerdo segundos después de colgar, como si la dulzura de su voz o el whisky de mi vaso crearan de golpe un agujero de gusano en mi cabeza y los recuerdos sobre ella se mezclaran sin orden, volviéndolo todo una bendita ruina. Me pregunta cuándo la iré a visitar y le digo que quizá pronto, me despido, cuelgo el teléfono y estallo el vaso de whisky en la pared de mi cuarto de hotel.


Cuando vuelvo a salir a la calle ya no llueve, y un taxi del que sale una melodía de blues y una voz rota cantándola para frente a mí. El taxista me sonríe desde dentro con la ventanilla bajada, sus ojos amarillos me miran directos a mis pupilas. Tiro el cigarro y susurro su dirección al oído del taxista.

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