Me sumergí de golpe en aquella mirada sin haberlo pretendido. Fue como caer en un pozo infinito, la gravedad no existió. Bajé mis pestañas y no hubo nada más ojos que los tuyos en aquella oscuridad profunda e inacabable, como la única luz de un asteroide cayendo sobre mi tierra, marcándome el rumbo. Luego desperté.
Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.
Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.
Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.
Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.
Se ríe.
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