viernes, 21 de febrero de 2020

Tango Suicida

Sangre negra de esta herida brota
No dejo de pensar que te dejé marchar
Nunca había estado un alma tan rota
Desde que tú no estás no quiere recordar
Se pasó una vida entera y yo solo guardo el recuerdo de una pocas horas
Era primavera, el Sol salió ese día por ponerse a tu vera
Y el olor de un día de enero, estribadito en tu agujero, sigue en mi cabeza
Y un verano juntos de la mano y de pasar la noche fuera
Ya todo el año me hace daño y me vuelvo a llevar
A patadas con la primavera
Junto a las hojas que el otoño vino a derribar
Me dejé llevar
Me dejé llevar
¿Qué te corre por las venas? Que te noto que te falta, nena
Temperatura, ¿que algo te hiela?
Eso me apura, toma una vela
Deja que te diga, nena, que lo nuestro no es equitativo
Todas las noches que estoy contigo
Tú eres quien come, yo soy comido
Deja que te diga la razón
Si tu imaginación no encuentra una sola respuesta
Tú deja que te claven un arpón justo en el corazón
Así lo mismo te contesta
Morir, sin más
Pues nadie me ha venido a despertar
No estás, me abrí
Y nadie me ha venido a despedir
Sin nada mejor que andar por dentro hurgándome
Sin nada mejor que hacer
Tostándome al sol
Hurgando en el recuerdo y no lo entiendo mejor que ayer
Dinos qué te pasa, estoy jodido
Perdí la conciencia
Y ahora ando siempre sumergido en
Montones de mierda
Iros a la mierda
(Que no se acostumbra a estar solito)
(En esa cabeza)
Dices que te hago daño, ¿es que no entiendes que te extraño a mi manera?
Ya que preguntas, pa' ahogar mis penas
Me fui de putas la noche entera
Dijiste que nunca mintiera, que dijera la verdad aunque duela
¿Por qué me miras de esa manera?
Después te fuiste, y "adiós muy buenas"
Deja que te diga la razón
Si tu imaginación no encuentra una sola respuesta
Tú deja que te claven un arpón justo en el corazón
Así lo mismo te contesta
Morir, sin más
Pues nadie me ha venido a despertar
No estás, me abrí
Y nadie me ha venido a despedir
Hoy noto que no
Que no me da la gana, yo la vida doy por saber
Si un mundo mejor está esperándome mañana
Un mundo mejor que ayer
Anda y cuéntale a tu diosecito que aquí huele a mierda
Y dijo Judas: "Solo necesito un trozo de cuerda"
¿No ha dormido bien el señorito?
Iros a la mierda
Que no se acostumbra a estar solito
En esa cabeza

miércoles, 19 de febrero de 2020

Instrucciones para luchar durante la semana


Lunes:
El lunes es fácil. Las pilas están cargadas de la intensidad del fin de semana y los malos pensamientos no es complicado despejarlos. Escribe, cuenta días, disfruta de lo que no tienes. Ya solo quedan cuatro.

Martes:
El martes siempre es una incógnita. Puede ser un buen día o puede ser un día horrible. Lo mejor es que no pienses en el martes, que no pienses cuánto se acerca ni, cuando estés en él, en que aún es martes. Intenta dejar que te resbale, intenta no pensar en las horas que quedan hasta que la semana termine. Intenta no trabajar, cerrar los ojos y dejar que el tiempo fluya. Quizá sea un buen día. O quizá no.

Miércoles:
Si el martes ha sido un buen día, el miércoles no lo será. Si el martes no ha sido un buen día, el miércoles será peor. Estás en medio de la semana, así que puedes observar el vaso medio lleno o medio vacío. Puedes contar las horas que faltan o las horas que llevas sin verla. Puedes hablar o no hablar. Lo importante es que no pienses en pensamientos intrusivos. Apártalos, confía y sonríe.

Jueves:
Seguramente es el día más sencillo. Solo falta un día y puedes pensar en todo lo que harás el fin de semana. Aunque las horas avancen lentas, no desesperas. Mantente entero. Ya llega.

Viernes:
El peor momento del viernes es madrugar. Te levantas, te vistes con los ojos semicerrados. Desayunas café con leche y te vas de casa. Faltan 10 horas para estar ahí. Ya llega. Saldrás del trabajo, comerás corriendo, cogerás el primer tren que puedas. La besarás. Volverás a cargar fuerzas para volver al lunes.

martes, 18 de febrero de 2020

Asia rota


Tengo la sensación de que la semana es una sucesión de días entre lunes y jueves, de días que solo consisten en que las horas pasen, muertas, lentas, un poco sin sentido y sin orden, como si ahora fueran las diez de la mañana de un miércoles y dentro de un rato fueran a ser las cinco y media de la tarde del lunes. Miro pasar las horas en el reloj y siento que cada minuto que avanza es un cuchillo que se clava en mi corazón, que cada segundo es una oportunidad perdida.

A veces, al salir de trabajar y bajar del bus, paseo por el parque que hay bajo mi casa y pienso qué árbol tallarías con nuestras iniciales si viviéramos aquí. Imagino que voy contigo de la mano y fantaseo conversaciones infinitas en el puente que cruza el riachuelo que parte el parque en dos o simplemente pienso en cosas vacuas. A veces tomo una cerveza en un bar que hay frente al parque. La camarera se llama Luna y es asiática. Posee esa belleza oriental tan característica en esa mirada que te observa desde arriba. Tiene tres hijos, Juan, Jorge y Jaime. A veces corretean por el bar y me ponen nervioso mientras leo el periódico.

Hace una semana estaba en el bar leyendo la crónica del partido que no pude ver. Era cerca de la medianoche, y Luna estaba a punto de cerrar. En el bar solamente estaba yo, y Luna bromeaba con que duermo muy poco y bebo muchas cervezas. Yo estaba a punto de terminar la última e irme. Pensaba dejarla recogiendo, como tantas otras noches, ya me encaminaba hacia la puerta, cuando oí un sollozo tras mi espalda. Era Luna, sentada en un taburete con la cabeza apoyada en la barra. No la había visto nunca llorar, y no sabía cómo reaccionar. Podía intuir por qué lloraba. La había visto alguna vez cubrirse los moretones de los brazos y del cuello con largos jerséis que no le pegaban.
Me acerqué a ella y le pregunté qué le pasaba. No me atrevía a tocarla, aunque deseara calmarla en un abrazo como intento hacer contigo. Sus sollozos aumentaban de volumen y le pregunté si quería que me fuera. “No, por favor”. Me senté a su lado y esperé. Luego me lo contó todo. Me habló de su marido, de las noches sin dormir. De la China lejana que echa de menos cada día al despertar y que sus hijos nunca conocerán. De lo que le gusta hablar conmigo por las noches antes de cerrar. Ella no podía llegar tarde a casa. Nos fundimos en un abrazo muy largo y deseé que ese momento no terminara nunca y poder sentirme así de bien contigo al abrazarte, como si con cada abrazo pudiera aliviarte de la misma manera que la alivié a ella. Cuando rompimos el abrazo me dio un beso en la comisura de los labios y yo salí del bar sin saber si era lunes o jueves. Nunca más he vuelto.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Latiendo en dos, mitad por ti

Me siento como en un lugar oscuro. Dentro de una oscuridad absoluta de la que no sé salir. Me siento en el fondo de un pozo sin fondo.
He salido de trabajar con desidia. No entiendo esta forma de vida, no entiendo la camisa, el horario, el estar con gente con la que no tienes nada en común salvo un trabajo de mierda y un bagaje depresivo detrás. Me he acercado al Edén y he pedido un whisky con poco hielo mientras miraba a la gente sentada en las mesas. Hay tres amigos hablando en voz baja, dos parejas dando envidia y una chica apoyada en la barra que me mira desde lejos. El camarero le sirve un vodka con limón y ella le dice algo al oído. Él se acerca a mí y me dice esa-chica-de-ahí-te-ha-pagado-el-whisky. La miro y me río. Ella sonríe, pero no se acerca. Gracias a Dios. Si espera que me levante yo o que le invite a la próxima, puede esperar sentada en la misma posición en la que está. Vuelvo a perder la mirada en el fondo de la barra mientras empieza a sonar All night long all night.

El whisky se va consumiendo y antes de terminarlo y pedir el siguiente salgo a la noche temprana a fumar el último cigarro del paquete. Me he puesto mal la cazadora y parece que los tres amigos que beben cerveza en una mesa se ríen de eso o de cualquier idiotez que piense cualquier imbécil que no beba solo. En la calle enciendo el cigarro y me pregunto cómo pudo todo romperse así.

*

Recordar el pasado no sirve de mucho. He resumido en un cigarrillo de diez minutos casi 2 años de relación y no me ha ayudado a entenderme a mí mismo. Recuerdo que en aquellos momentos de caos pensaba que, en el futuro, me comprendería mejor. Ahora han pasado diez años y no me entiendo entonces. Quizá menos todavía. Vuelvo al bar y me pregunto dónde estarás. Y con quién. Seguro que con alguien menos idiota que yo. Pido otro whisky con poco hielo. El camarero, que debe ser bastante imbécil, me pregunta si también-un-vodka-limón-para-la-chica-de-antes. Le digo que no y me mira de una manera bastante desagradable. A mí me da igual, pero controlo que no eche menos whisky del que debe en el vaso. No sé por qué esta noche no puedo sacarte de mi cabeza. Debe ser culpa de la chica de la barra. Se parece a ti. Su pelo tiene esa forma de caer sobre su espalda con magia. La he visto observar el local cuando he entrado y tiene esa misma forma de mover los ojos, con curiosidad felina, como si en alguna esquina de lo que ella no puede ver se esconda el misterio de su universo. Tiene la misma forma que tú de mover las manos al hablar con el camarero. Incluso tiene un hoyuelo en su sonrisa que ni ella misma conoce.

He decidido acercarme a ella y agradecerle el whisky anterior. Quizá invitarle a un vodka (sin limón). En la ebriedad de la noche pienso que eres tú. Que le tocaré la espalda y cuando se dé la vuelta serás tú, que no me habías reconocido en un principio y no querrás saber nada de mí, que me pedirás el dinero del whisky y te marcharás sin ni tan siquiera decir mi nombre y yo me quedaré llorando y pidiendo un vaso tras otro mientras el camarero me repite que debería haberte invitado antes.
Pero no eres tú. Dice que se llama Kay. Yo no me lo creo, pero no se lo digo. No tendría que haberme acercado. Tu hechizo (o los restos de aquel entonces) me ha traicionado y ahora tengo que aguantar este discurso sobre pintores postmodernistas que ni estoy escuchando ni me interesa. Si no se pareciera tanto a ti quizá le invitaría a mi casa, pero no puedo imaginar el despertar de mañana pensando que será tu figura la que amanezca conmigo y descubrir de nuevo que no eres tú.
Al final me lo pide ella. ¿Vives solo? me pregunta. Le miento y le digo que no, que estás tú esperándome despierta. Que eres mi mujer y que se parece a ella, y que por eso me he acercado a charlar, pero que no puedo llevarla a casa. Veo su interés desaparecer en los ojos. Le digo que es mejor que me vaya. Ella me responde que sí. Me compro otro paquete de tabaco y antes de salir del bar ya he encendido el primer cigarrillo. Se ha puesto a llover. Antes de irme a la soledad de mi casa, miro de reojo dentro del bar. Ella ya está hablando de nuevo con el camarero. Él me mira con una sonrisa burlona. Yo le hago un gesto con la mano mientras le guiño el ojo y pienso que ojalá ella sea como tú para que él no pueda dormir ninguna noche más en su vida.