martes, 18 de febrero de 2020

Asia rota


Tengo la sensación de que la semana es una sucesión de días entre lunes y jueves, de días que solo consisten en que las horas pasen, muertas, lentas, un poco sin sentido y sin orden, como si ahora fueran las diez de la mañana de un miércoles y dentro de un rato fueran a ser las cinco y media de la tarde del lunes. Miro pasar las horas en el reloj y siento que cada minuto que avanza es un cuchillo que se clava en mi corazón, que cada segundo es una oportunidad perdida.

A veces, al salir de trabajar y bajar del bus, paseo por el parque que hay bajo mi casa y pienso qué árbol tallarías con nuestras iniciales si viviéramos aquí. Imagino que voy contigo de la mano y fantaseo conversaciones infinitas en el puente que cruza el riachuelo que parte el parque en dos o simplemente pienso en cosas vacuas. A veces tomo una cerveza en un bar que hay frente al parque. La camarera se llama Luna y es asiática. Posee esa belleza oriental tan característica en esa mirada que te observa desde arriba. Tiene tres hijos, Juan, Jorge y Jaime. A veces corretean por el bar y me ponen nervioso mientras leo el periódico.

Hace una semana estaba en el bar leyendo la crónica del partido que no pude ver. Era cerca de la medianoche, y Luna estaba a punto de cerrar. En el bar solamente estaba yo, y Luna bromeaba con que duermo muy poco y bebo muchas cervezas. Yo estaba a punto de terminar la última e irme. Pensaba dejarla recogiendo, como tantas otras noches, ya me encaminaba hacia la puerta, cuando oí un sollozo tras mi espalda. Era Luna, sentada en un taburete con la cabeza apoyada en la barra. No la había visto nunca llorar, y no sabía cómo reaccionar. Podía intuir por qué lloraba. La había visto alguna vez cubrirse los moretones de los brazos y del cuello con largos jerséis que no le pegaban.
Me acerqué a ella y le pregunté qué le pasaba. No me atrevía a tocarla, aunque deseara calmarla en un abrazo como intento hacer contigo. Sus sollozos aumentaban de volumen y le pregunté si quería que me fuera. “No, por favor”. Me senté a su lado y esperé. Luego me lo contó todo. Me habló de su marido, de las noches sin dormir. De la China lejana que echa de menos cada día al despertar y que sus hijos nunca conocerán. De lo que le gusta hablar conmigo por las noches antes de cerrar. Ella no podía llegar tarde a casa. Nos fundimos en un abrazo muy largo y deseé que ese momento no terminara nunca y poder sentirme así de bien contigo al abrazarte, como si con cada abrazo pudiera aliviarte de la misma manera que la alivié a ella. Cuando rompimos el abrazo me dio un beso en la comisura de los labios y yo salí del bar sin saber si era lunes o jueves. Nunca más he vuelto.

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