Tengo la sensación de que la semana es una sucesión de días
entre lunes y jueves, de días que solo consisten en que las horas pasen,
muertas, lentas, un poco sin sentido y sin orden, como si ahora fueran las diez
de la mañana de un miércoles y dentro de un rato fueran a ser las cinco y media
de la tarde del lunes. Miro pasar las horas en el reloj y siento que cada
minuto que avanza es un cuchillo que se clava en mi corazón, que cada segundo
es una oportunidad perdida.
A veces, al salir de trabajar y bajar del bus, paseo por el
parque que hay bajo mi casa y pienso qué árbol tallarías con nuestras iniciales
si viviéramos aquí. Imagino que voy contigo de la mano y fantaseo
conversaciones infinitas en el puente que cruza el riachuelo que parte el
parque en dos o simplemente pienso en cosas vacuas. A veces tomo una cerveza en
un bar que hay frente al parque. La camarera se llama Luna y es asiática. Posee
esa belleza oriental tan característica en esa mirada que te observa desde
arriba. Tiene tres hijos, Juan, Jorge y Jaime. A veces corretean por el bar y
me ponen nervioso mientras leo el periódico.
Hace una semana estaba en el bar leyendo la crónica del partido
que no pude ver. Era cerca de la medianoche, y Luna estaba a punto de cerrar.
En el bar solamente estaba yo, y Luna bromeaba con que duermo muy poco y bebo
muchas cervezas. Yo estaba a punto de terminar la última e irme. Pensaba
dejarla recogiendo, como tantas otras noches, ya me encaminaba hacia la puerta,
cuando oí un sollozo tras mi espalda. Era Luna, sentada en un taburete con la
cabeza apoyada en la barra. No la había visto nunca llorar, y no sabía cómo
reaccionar. Podía intuir por qué lloraba. La había visto alguna vez cubrirse
los moretones de los brazos y del cuello con largos jerséis que no le pegaban.
Me acerqué a ella y le pregunté qué le pasaba. No me atrevía
a tocarla, aunque deseara calmarla en un abrazo como intento hacer contigo. Sus
sollozos aumentaban de volumen y le pregunté si quería que me fuera. “No, por
favor”. Me senté a su lado y esperé. Luego me lo contó todo. Me habló de su
marido, de las noches sin dormir. De la China lejana que echa de menos cada día
al despertar y que sus hijos nunca conocerán. De lo que le gusta hablar conmigo
por las noches antes de cerrar. Ella no podía llegar tarde a casa. Nos fundimos
en un abrazo muy largo y deseé que ese momento no terminara nunca y poder
sentirme así de bien contigo al abrazarte, como si con cada abrazo pudiera
aliviarte de la misma manera que la alivié a ella. Cuando rompimos el abrazo me
dio un beso en la comisura de los labios y yo salí del bar sin saber si era
lunes o jueves. Nunca más he vuelto.
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