Lunes:
El
lunes es fácil. Las pilas están cargadas de la intensidad del fin de semana y
los malos pensamientos no es complicado despejarlos. Escribe, cuenta días,
disfruta de lo que no tienes. Ya solo quedan cuatro.
Martes:
El
martes siempre es una incógnita. Puede ser un buen día o puede ser un día
horrible. Lo mejor es que no pienses en el martes, que no pienses cuánto se
acerca ni, cuando estés en él, en que aún es martes. Intenta dejar que te
resbale, intenta no pensar en las horas que quedan hasta que la semana termine.
Intenta no trabajar, cerrar los ojos y dejar que el tiempo fluya. Quizá sea un
buen día. O quizá no.
Miércoles:
Si el
martes ha sido un buen día, el miércoles no lo será. Si el martes no ha sido un
buen día, el miércoles será peor. Estás en medio de la semana, así que puedes
observar el vaso medio lleno o medio vacío. Puedes contar las horas que faltan
o las horas que llevas sin verla. Puedes hablar o no hablar. Lo importante es
que no pienses en pensamientos intrusivos. Apártalos, confía y sonríe.
Jueves:
Seguramente
es el día más sencillo. Solo falta un día y puedes pensar en todo lo que harás
el fin de semana. Aunque las horas avancen lentas, no desesperas. Mantente
entero. Ya llega.
Viernes:
El peor
momento del viernes es madrugar. Te levantas, te vistes con los ojos
semicerrados. Desayunas café con leche y te vas de casa. Faltan 10 horas para
estar ahí. Ya llega. Saldrás del trabajo, comerás corriendo, cogerás el primer
tren que puedas. La besarás. Volverás a cargar fuerzas para volver al lunes.
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