Me quité la luz de encima en cuanto tuve ocasión, es un aura que no me pertenece y bajo la que me siento muy incómodo, que no sé manipular a mi antojo, pero aquella vez fue difícil.
Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.
De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.
Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.
lunes, 14 de noviembre de 2016
jueves, 27 de octubre de 2016
Espinas y fotos
Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la
respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas,
soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos
mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de
verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa
tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de
gritos, de dolor.
He sentido la
necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad,
intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera
esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso
mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies
contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de
lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.
Cuando
por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en
el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del
pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o
quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien
por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.
Creo
que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he
despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del
pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y
por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible
comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos
que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.
Es
ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo
desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes,
mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando
no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el
bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que
me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.
sábado, 15 de octubre de 2016
Dedicatoria fuera de lugar
"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a
repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo
más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody
Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.
Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.
Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.
Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.
Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.
lunes, 10 de octubre de 2016
Lamento de otoño
En una pequeña caja dentro de un cajón del interior de su armario, guarda una fotografía quemada por el tiempo, la luz y la memoria. La fotografía habla de otro tiempo lejano, que apenas su memoria recuerda y que tampoco le conviene recordar, un tiempo en el que el sonido de la trompeta no desquiciaba sus nervios ni la hacía llorar por las noches.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Bote salvavidas para un día incierto
Me he despertado de golpe, sin poder moverme. Al abrir los ojos todo ha sido nuevo, inesperado, y excesivamente absurdo para querer o intentar comprenderlo. Esta cama tan pequeña, estas sábanas tan blancas, este olor tan limpio. He intentado darme la vuelta y volver a dormir sin ningún ánimo de entender absolutamente nada, pero he descubierto con sorpresa que mis manos y mis pies están atados con correas de un plástico blanco a los metales de esta jodida camilla. Y he intentado recordar.
Estoy encerrado en estas cuatro paredes sin ningún recuerdo salvo tu nombre y mi ansiedad.
Silencio. Eso es todo lo que logro recordar. Me aferro a las seis letras de tu nombre como si tuvieran algún sentido, intento gritarlo esperando obtener alguna respuesta, pero lo único que logro es un eco que me transporta a un pasado en esta oscuridad que me envuelve y no deja de penetrarme.
Me arrastro a cuatro patas por cada recodo de esta celda y descubro, en el centro de la habitación, un pequeño agujero de un metro de diámetro. Apenas me detengo a pensar en él. Sigo la inspección y cerca del lugar donde hace milenios que oriné un paquete de tabaco con tres cigarros y un mechero dentro me esperan gritando auxilio. En media milésima de segundo me permito darle las gracias a mi carcelero anónimo. En otra milésima tengo encendido el primer cigarro y aspiro profundamente un cáncer que no llega, y es justo entonces, en ese momento, cuando mi cerebro consigue recordar algo.
Tus jodidos ojos ardiendo mirándome.
Tu voz diciendo "sabes a tabaco". Tiro el cigarro al suelo, piso el paquete, lanzo el mechero por el agujero de la celda y me pongo en posición fetal pidiendo socorro lastimosamente. Siento que las horas pasan, que los minutos pasan, que los mundos pasan, y cada vez que cojo los cigarros pisados una y otra vez a lo largo de los años, cada vez que me arrepiento de haber tirado el mechero a ese vacío al que no me atrevo a lanzarme yo mismo, recuerdo.
La tranquilidad que sabes transmitir.
Es, justo entonces, cuando sale tu voz del agujero. Es, justo entonces, cuando me tiro. Es, justo entonces, cuando despierto en este hospital.
martes, 7 de junio de 2016
Siempre con miedo
He construido castillos en la arena
tan hermosos que me conformaría
con que las olas de mis penas los derribaran,
y así poder dormir en sus ruinas.
Me miras desde arriba con una sonrisa que no se interpretar. Noto tus manos en mi espalda y yo solo espero el filo de la navaja entrando entre mis costillas, pero el dolor y la luz no llegan, solo llegan tus labios, y yo siento miedo. Miedo al vacío, miedo a sentirme solo, miedo a volver a sentir el humo de un cigarro machacando mis pulmones una vez más. Miedo a cualquier cosa que me transmita que ya no volveremos a vernos.
Junio.
Julio.
Agosto.
Septiembre.
Octubre.
La frase surge de tus labios como el cuchillo que tanto esperaba hace unos meses. Me giro en la cama para poder mirarte a los ojos, improvisando la respuesta a una pregunta que llevo semanas haciéndome yo mismo:
"¿Qué estamos haciendo?"
"Nadar a contracorriente"
Qué estupidez. No parece haberte hecho gracia, y me veo incorporándome poco a poco, preparando mi cabeza para, por fin, esta conversación. Alargo los segundos poniéndome el calzoncillo, yendo a la cocina a por agua, mirando tus rizos cayendo sobre tu espalda al darte la vuelta enfadada. Intento morderte la cintura, tumbarme sobre ti, pero tú ya no estás. Hace meses que no estás.
Creo que te fuiste lejos y ya jamás volviste.
tan hermosos que me conformaría
con que las olas de mis penas los derribaran,
y así poder dormir en sus ruinas.
Me miras desde arriba con una sonrisa que no se interpretar. Noto tus manos en mi espalda y yo solo espero el filo de la navaja entrando entre mis costillas, pero el dolor y la luz no llegan, solo llegan tus labios, y yo siento miedo. Miedo al vacío, miedo a sentirme solo, miedo a volver a sentir el humo de un cigarro machacando mis pulmones una vez más. Miedo a cualquier cosa que me transmita que ya no volveremos a vernos.
Junio.
Julio.
Agosto.
Septiembre.
Octubre.
La frase surge de tus labios como el cuchillo que tanto esperaba hace unos meses. Me giro en la cama para poder mirarte a los ojos, improvisando la respuesta a una pregunta que llevo semanas haciéndome yo mismo:
"¿Qué estamos haciendo?"
"Nadar a contracorriente"
Qué estupidez. No parece haberte hecho gracia, y me veo incorporándome poco a poco, preparando mi cabeza para, por fin, esta conversación. Alargo los segundos poniéndome el calzoncillo, yendo a la cocina a por agua, mirando tus rizos cayendo sobre tu espalda al darte la vuelta enfadada. Intento morderte la cintura, tumbarme sobre ti, pero tú ya no estás. Hace meses que no estás.
Creo que te fuiste lejos y ya jamás volviste.
miércoles, 1 de junio de 2016
Capricho de invierno
Me sumergí de golpe en aquella mirada sin haberlo pretendido. Fue como caer en un pozo infinito, la gravedad no existió. Bajé mis pestañas y no hubo nada más ojos que los tuyos en aquella oscuridad profunda e inacabable, como la única luz de un asteroide cayendo sobre mi tierra, marcándome el rumbo. Luego desperté.
Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.
Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.
Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.
Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.
Se ríe.
Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.
Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.
Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.
Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.
Se ríe.
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