Ayer, Ariadna, la noche ardió con todos los papeles que quedaban por quemar. Anoche acabamos con todo lo que debíamos, anoche lancé un último suspiro. Hoy, por la mañana, he deshecho mi habitación y metido en cajas lo importante, los libros, las cartas con tu letra y tus remites. Hoy, recogiendo, he vuelto a encontrar el diario que me escribiste, y me he sumergido en aquellos caóticos días de miedos e incertidumbres, de contar horas para hablar por ordenadores que casi nunca funcionaban, de kilómetros, de viajes, de records. Hoy he leído tu letra en el diario, dirigiéndote a mi, pidiéndome te quieros, lanzándome preguntas que sabías que nunca serían contestadas.
Luego lo he cerrado y me he sentado a disfrutar de mi resaca.
No, Ariadna, no lo he quemado. No podría hacerlo. Hay cosas que no se deben quemar, a diferencia de otras.
Chor.
No ha sido Ariadna, no, no ha sido ella
ResponderEliminarAnónima