Antes del postre, Nora le salió al paso cuando él regresaba del gabinete de su padre con un vaso lleno de whisky.
-Intenté decírtelo -explicó ella-. Ayer llamé tres veces a la pensión.
-No llegué a casa hasta pasadas las seis.
-Ah.
Danny le dio una palmada en el hombro.
-Pero es magnífico que te cases con mi hermano. Es extraordinario. No podría estar más contento.
Ella se frotó el hombro.
-Me alegro.
-¿Ya tenéis fecha?
-Hemos pensado en el diecisiete de marzo.
-El día de San Patricio. Perfecto. Cielos, el año que viene por estas mismas fechas... Es posible que por Navidad ya tengas un hijo.
-Es posible.
-¡Y gemelos! -dijo-. ¿No sería increíble?
Apuró el vaso. Ella lo miró a la cara como si buscara algo, pero qué buscaba, él no lo sabía. ¿Qué quedaba por buscar? Las decisiones, obviamente, ya se habían tomado.
- ¿Quieres...?
-¿Qué?
-¿Quieres...? No sé qué decir...
-Pues no digas nada.
-¿Preguntar algo? ¿Saber algo?
-No -contestó él-. Voy a por otra copa. ¿Te apetece?
Danny entró en el gabinete y, al coger la licorera, advirtió que contenía mucho menos whisky que horas antes al llegar él.
-Danny.
-No hagas eso.
Se volvió hacia ella con una sonrisa.
-¿Que no haga qué?
-Pronunciar mi nombre.
-¿Por qué no puedo...?
-Como si significara algo -añadió él-. Cambia de tono. ¿De acuerdo? Sólo te pido eso. Cuando lo pronuncies.
Nora se retorció la muñeca con una mano y a continuación dejó caer los dos brazos a los costados.
-Yo...
-¿Qué?
Echó un vigoroso trago del vaso.
-No soporto a los hombres que se compadecen de sí mismos.
Danny se encogió de hombros.
-Vaya, que irlandés por tu parte.
-Estás borracho.
-Solo empiezo a estarlo.
-Lo siento.
Él se echó a reir.
miércoles, 30 de julio de 2014
miércoles, 16 de julio de 2014
Puntos negros
Creo que, si unieras con un boli todos los puntos negros de mi espalda, obtendrías una foto de nosotros, quizá durmiendo, quizá agarrados de la mano por la calle, quizá sentados en el sofá cenando. Pero yo, que llegué a conocerte mejor que nadie, sé que no dibujarías en mi espalda, si no que sacarías un cuchillo y rajarías uno a uno todos mis órganos, enseñándote con las cuchilladas, dejando solo mi hígado, espero, para que cuando acabaras, pudiera irme de nuevo a beber una cerveza mientras pienso en el pasado.
No me importa demasiado, tú que siempre jugaste a herirme haciéndote la herida, como un amo que llora el abandono de su perro, como si no hubiera otra opción, como si no jugara a ser Dios, como tú. Ya no queda nada para irme, los segundos van hacia atrás, y de mi memoria desapareces cada día un poco más mientras leo a Neruda.
Me gustas cuando hablas, porque estás ausente.
No me importa demasiado, tú que siempre jugaste a herirme haciéndote la herida, como un amo que llora el abandono de su perro, como si no hubiera otra opción, como si no jugara a ser Dios, como tú. Ya no queda nada para irme, los segundos van hacia atrás, y de mi memoria desapareces cada día un poco más mientras leo a Neruda.
Me gustas cuando hablas, porque estás ausente.
lunes, 7 de julio de 2014
Dudo mucho que a estas alturas me queden palabras para hacerte estremecer. Quizá ya ni ésa sea mi intención, ahora que estoy del todo derrotado de nuevo, volviendo a probar la amargura de la humillación, del desastre, de la soledad, ahora que ya no me quedan libros ni cartas que romper ni quemar en noches de vino y cerveza, ahora que ya no puedo cantar canciones con la guitarra por primera vez porque ya no es la primera vez.
Dudo mucho que te haya pasado como a mi, y que todavía no te hayas cansado de este juego, si es que puede llamarse así a esta actividad sin reglas en la que nos metimos hace tanto tiempo. Tantas idas y venidas, tantas bofetadas, tantos gritos, tanto dolor. Y lo entiendo, entiendo que estés cansada.
Esta es, entonces, mi despedida sincera. La de verdad, la de no volver jamás, porque no quiero ser tu sombra no deseada. Es mi desnudez, para tí.
Adios.
Dudo mucho que te haya pasado como a mi, y que todavía no te hayas cansado de este juego, si es que puede llamarse así a esta actividad sin reglas en la que nos metimos hace tanto tiempo. Tantas idas y venidas, tantas bofetadas, tantos gritos, tanto dolor. Y lo entiendo, entiendo que estés cansada.
Esta es, entonces, mi despedida sincera. La de verdad, la de no volver jamás, porque no quiero ser tu sombra no deseada. Es mi desnudez, para tí.
Adios.
sábado, 5 de julio de 2014
No puedo dormir, me sueño que has vuelto
Grita Dylan, que los tiempos están cambiando, y quizá tenga razón, quizá las cosas estén cambiando porque ahora es todo al revés, soy yo el que se pierde en un mar de mierda y tú evalúas desde un pedestal, como una diosa cubierta de una túnica blanca que juzga a los mortales que le lanzan piropos.
Dylan grita, y yo siento cansancio en los ojos, en las pestañas, que se me cierran en contra de mi voluntad. Solo puedo seguir frotando, seguir mirando el móvil, esperando un pequeño milagro como el de ayer, uno solo, uno pequeñito, como un niño que desea. Pero no, no llega. Es solo el río, la vida, que sigue fluyendo. Sin entender a nadie, sin que nadie nos entienda. Solo luchando solos, absueltos por todos los juzgados del mundo sin un juicio justo ni un jurado popular que nos mirara poderosos. Nadie nos mira ya, a nadie le interesamos, salvo a mí, que sigo cada día imaginando las mil vidas que no vivimos con miedo de disfrutarlas demasiado en la imaginación y no poder disfrutarlas en la realidad.
Ilusión en la vida.
Sin ninguna realidad.
Dylan grita, y yo siento cansancio en los ojos, en las pestañas, que se me cierran en contra de mi voluntad. Solo puedo seguir frotando, seguir mirando el móvil, esperando un pequeño milagro como el de ayer, uno solo, uno pequeñito, como un niño que desea. Pero no, no llega. Es solo el río, la vida, que sigue fluyendo. Sin entender a nadie, sin que nadie nos entienda. Solo luchando solos, absueltos por todos los juzgados del mundo sin un juicio justo ni un jurado popular que nos mirara poderosos. Nadie nos mira ya, a nadie le interesamos, salvo a mí, que sigo cada día imaginando las mil vidas que no vivimos con miedo de disfrutarlas demasiado en la imaginación y no poder disfrutarlas en la realidad.
Ilusión en la vida.
Sin ninguna realidad.
viernes, 4 de julio de 2014
Saber cuándo morder
Todo empezaba a ir bien. Hacía noches que Dylan no sonaba, que Robe no me susurraba al oído locuras transitorias, que no me asomaba a la terraza con el paquete de tabaco que escondo en el cajón y con la mano temblorosa me encendía un cigarrillo y miraba la noche oscense pensando en ti.
Hacía 17 noches. Hoy, era la noche número 18, y mañana no podré escribir que llevaba 18 noches sin tener ganas de lanzar todo a tomar por culo de nuevo. Hoy has vuelto a morder.
Y sí, tuve que llorar. Hank acaba con Karen.
Dear Karen:
He estado pensando en Nosotros. Sí, Nosotros, con mayúscula. En nuestra historia. ¿Cómo cojones la resumo? ¿Ha sido perfecta? Para nada. Cualquier historia centrada en mí siempre será poco menos que un completo y rutilante desastre. Pero hay algo de lo que estoy seguro. Nuestro tiempo bajo el sol ha sido algo de una absoluta puta belleza. Las pesadillas, las resacas, follar y dar puñetazos... la reluciente y espléndida demencia de esta ciudad nuestra en la que durante años me he despertado, la he cagado, he dicho que lo sentía, me he desmayado, y lo he vuelto a repetir todo de nuevo.
Como escritor, me chiflan los finales felices. El chico consigue a la chica, ella le salva de él mismo... y puto fundido a negro. Como hombre que ama a una mujer, me doy cuenta de que eso no existe. No hay puestas de sol. Solo existe el ahora, y solo estamos nosotros dos, lo que puede ser aterrador de cojones a veces.
Pero, Karen, si cierras los ojos y escuchas el susurro de tu corazón, si simplemente, lo sigues intentando y no te rindes jamás, no importa cuantas veces lo malinterpretes, hasta que el principio y el final se difuminen en un "hasta que volvamos a encontrarnos"...
Y eso es todo. No sé cómo acabarlo, porque no ha acabado. Nunca acabará mientras tú existas, yo exista, y haya esperanza y Gracia.
Infielmente tuyo, Hank Moody.
Hacía 17 noches. Hoy, era la noche número 18, y mañana no podré escribir que llevaba 18 noches sin tener ganas de lanzar todo a tomar por culo de nuevo. Hoy has vuelto a morder.
Y sí, tuve que llorar. Hank acaba con Karen.
Dear Karen:
He estado pensando en Nosotros. Sí, Nosotros, con mayúscula. En nuestra historia. ¿Cómo cojones la resumo? ¿Ha sido perfecta? Para nada. Cualquier historia centrada en mí siempre será poco menos que un completo y rutilante desastre. Pero hay algo de lo que estoy seguro. Nuestro tiempo bajo el sol ha sido algo de una absoluta puta belleza. Las pesadillas, las resacas, follar y dar puñetazos... la reluciente y espléndida demencia de esta ciudad nuestra en la que durante años me he despertado, la he cagado, he dicho que lo sentía, me he desmayado, y lo he vuelto a repetir todo de nuevo.
Como escritor, me chiflan los finales felices. El chico consigue a la chica, ella le salva de él mismo... y puto fundido a negro. Como hombre que ama a una mujer, me doy cuenta de que eso no existe. No hay puestas de sol. Solo existe el ahora, y solo estamos nosotros dos, lo que puede ser aterrador de cojones a veces.
Pero, Karen, si cierras los ojos y escuchas el susurro de tu corazón, si simplemente, lo sigues intentando y no te rindes jamás, no importa cuantas veces lo malinterpretes, hasta que el principio y el final se difuminen en un "hasta que volvamos a encontrarnos"...
Y eso es todo. No sé cómo acabarlo, porque no ha acabado. Nunca acabará mientras tú existas, yo exista, y haya esperanza y Gracia.
Infielmente tuyo, Hank Moody.
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