Creo que, si unieras con un boli todos los puntos negros de mi espalda, obtendrías una foto de nosotros, quizá durmiendo, quizá agarrados de la mano por la calle, quizá sentados en el sofá cenando. Pero yo, que llegué a conocerte mejor que nadie, sé que no dibujarías en mi espalda, si no que sacarías un cuchillo y rajarías uno a uno todos mis órganos, enseñándote con las cuchilladas, dejando solo mi hígado, espero, para que cuando acabaras, pudiera irme de nuevo a beber una cerveza mientras pienso en el pasado.
No me importa demasiado, tú que siempre jugaste a herirme haciéndote la herida, como un amo que llora el abandono de su perro, como si no hubiera otra opción, como si no jugara a ser Dios, como tú. Ya no queda nada para irme, los segundos van hacia atrás, y de mi memoria desapareces cada día un poco más mientras leo a Neruda.
Me gustas cuando hablas, porque estás ausente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario