Antes del postre, Nora le salió al paso cuando él regresaba del gabinete de su padre con un vaso lleno de whisky.
-Intenté decírtelo -explicó ella-. Ayer llamé tres veces a la pensión.
-No llegué a casa hasta pasadas las seis.
-Ah.
Danny le dio una palmada en el hombro.
-Pero es magnífico que te cases con mi hermano. Es extraordinario. No podría estar más contento.
Ella se frotó el hombro.
-Me alegro.
-¿Ya tenéis fecha?
-Hemos pensado en el diecisiete de marzo.
-El día de San Patricio. Perfecto. Cielos, el año que viene por estas mismas fechas... Es posible que por Navidad ya tengas un hijo.
-Es posible.
-¡Y gemelos! -dijo-. ¿No sería increíble?
Apuró el vaso. Ella lo miró a la cara como si buscara algo, pero qué buscaba, él no lo sabía. ¿Qué quedaba por buscar? Las decisiones, obviamente, ya se habían tomado.
- ¿Quieres...?
-¿Qué?
-¿Quieres...? No sé qué decir...
-Pues no digas nada.
-¿Preguntar algo? ¿Saber algo?
-No -contestó él-. Voy a por otra copa. ¿Te apetece?
Danny entró en el gabinete y, al coger la licorera, advirtió que contenía mucho menos whisky que horas antes al llegar él.
-Danny.
-No hagas eso.
Se volvió hacia ella con una sonrisa.
-¿Que no haga qué?
-Pronunciar mi nombre.
-¿Por qué no puedo...?
-Como si significara algo -añadió él-. Cambia de tono. ¿De acuerdo? Sólo te pido eso. Cuando lo pronuncies.
Nora se retorció la muñeca con una mano y a continuación dejó caer los dos brazos a los costados.
-Yo...
-¿Qué?
Echó un vigoroso trago del vaso.
-No soporto a los hombres que se compadecen de sí mismos.
Danny se encogió de hombros.
-Vaya, que irlandés por tu parte.
-Estás borracho.
-Solo empiezo a estarlo.
-Lo siento.
Él se echó a reir.
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