domingo, 29 de marzo de 2020

Arcoiris en ella


Ella es roja, como el vino. A veces, en la oscuridad de la noche intuyo sus latidos escondidos en copas llenas, en besos largos, en pechos desnudos, en lágrimas rotas y siento que el mar me engulle. Solo de noche.

Ella es naranja, como la piel del melocotón. A veces, cuando nos acostamos, la vida se vuelve un poco naranja, un poco más soportable en su compañía, un poco menos dura y un poco más liviana.

Ella es amarilla, como el sol. A veces irradia felicidad y mi mundo se para durante unos instantes. A veces hago algo mal y mi mundo se para durante horas hasta que descubro cómo hacerlo avanzar sacando una sonrisa de sus labios.

Ella es verde, como mi color favorito. A veces siento que es una flor, que necesita tiempo y cariño para que sus raíces crezcan a mi alrededor y se entremezclen con las mías para formar un mosaico de colores.

Ella es azul, como la noche. A veces, observo las estrellas bajo el manido pensamiento de que ella está viendo las mismas y mi piel se estremece y mi propia piel piensa en la suerte que tiene al rozar con la suya en las noches de frío.

Ella no es morada, porque no le gusta.

Ella es blanca, como las nubes. A veces pasa por debajo del cielo y solo un tonto podría mirar el cielo teniendo su figura ante los ojos.

Ella es todo eso, y es mucho más. Es la vida que perdí y la vida que hallé. Es mi única felicidad y la ausencia de toda mi tristeza. Es mi razón por la vida, es mi sinrazón por la muerte. Es un pedestal en el que sustentarme, es un ángel que me cuida y es un lobo que me muerde.

Ella es Laura, y es mi vida.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Malos pensamientos


Las palabras forman
Grilletes de brillante hielo,
Suda mi piel
Y lubrifica mis malos pensamientos

Se me empieza a nublar todo,
pica todo, estoy nervioso
y me sale un bicho de dentro
que es mi peor enemigo
y estoy como poseído por el fuego...
todo es negro.
No lo quiero y lo aborrezco.
No lo quiero y lo detesto.


He mirado al vacío muchas veces. Lo he mirado desde arriba, desde lejos. He mirado, desafiante, a la oscuridad. Nunca le he tenido miedo. Tampoco lo tengo ahora. Pero, en este caso, la indiferencia ha dado paso a la atracción y el vacío me llama, primero con una voz lejana y apenas audible, luego con una voz grave y cercana que me pide cercanía. 

Pienso en mí, asomado al balcón, apoyado en la barandilla verde parduzco. Pienso en mí fumando un cigarro invisible. Lo enciendo, aspiro y expulso un humo inexistente. Pienso en la barandilla, que cede y cae al vacío. Pienso en mí, que caigo detrás, aún buscando un apoyo en la barandilla que ya no existe. Pienso en mí cayendo, calculando con fórmulas olvidadas lo que tardaré en tocar el suelo. Pienso en mí cuando veo acercarse la acera.

Pienso en ti justo antes de estamparme contra ella.

viernes, 21 de febrero de 2020

Tango Suicida

Sangre negra de esta herida brota
No dejo de pensar que te dejé marchar
Nunca había estado un alma tan rota
Desde que tú no estás no quiere recordar
Se pasó una vida entera y yo solo guardo el recuerdo de una pocas horas
Era primavera, el Sol salió ese día por ponerse a tu vera
Y el olor de un día de enero, estribadito en tu agujero, sigue en mi cabeza
Y un verano juntos de la mano y de pasar la noche fuera
Ya todo el año me hace daño y me vuelvo a llevar
A patadas con la primavera
Junto a las hojas que el otoño vino a derribar
Me dejé llevar
Me dejé llevar
¿Qué te corre por las venas? Que te noto que te falta, nena
Temperatura, ¿que algo te hiela?
Eso me apura, toma una vela
Deja que te diga, nena, que lo nuestro no es equitativo
Todas las noches que estoy contigo
Tú eres quien come, yo soy comido
Deja que te diga la razón
Si tu imaginación no encuentra una sola respuesta
Tú deja que te claven un arpón justo en el corazón
Así lo mismo te contesta
Morir, sin más
Pues nadie me ha venido a despertar
No estás, me abrí
Y nadie me ha venido a despedir
Sin nada mejor que andar por dentro hurgándome
Sin nada mejor que hacer
Tostándome al sol
Hurgando en el recuerdo y no lo entiendo mejor que ayer
Dinos qué te pasa, estoy jodido
Perdí la conciencia
Y ahora ando siempre sumergido en
Montones de mierda
Iros a la mierda
(Que no se acostumbra a estar solito)
(En esa cabeza)
Dices que te hago daño, ¿es que no entiendes que te extraño a mi manera?
Ya que preguntas, pa' ahogar mis penas
Me fui de putas la noche entera
Dijiste que nunca mintiera, que dijera la verdad aunque duela
¿Por qué me miras de esa manera?
Después te fuiste, y "adiós muy buenas"
Deja que te diga la razón
Si tu imaginación no encuentra una sola respuesta
Tú deja que te claven un arpón justo en el corazón
Así lo mismo te contesta
Morir, sin más
Pues nadie me ha venido a despertar
No estás, me abrí
Y nadie me ha venido a despedir
Hoy noto que no
Que no me da la gana, yo la vida doy por saber
Si un mundo mejor está esperándome mañana
Un mundo mejor que ayer
Anda y cuéntale a tu diosecito que aquí huele a mierda
Y dijo Judas: "Solo necesito un trozo de cuerda"
¿No ha dormido bien el señorito?
Iros a la mierda
Que no se acostumbra a estar solito
En esa cabeza

miércoles, 19 de febrero de 2020

Instrucciones para luchar durante la semana


Lunes:
El lunes es fácil. Las pilas están cargadas de la intensidad del fin de semana y los malos pensamientos no es complicado despejarlos. Escribe, cuenta días, disfruta de lo que no tienes. Ya solo quedan cuatro.

Martes:
El martes siempre es una incógnita. Puede ser un buen día o puede ser un día horrible. Lo mejor es que no pienses en el martes, que no pienses cuánto se acerca ni, cuando estés en él, en que aún es martes. Intenta dejar que te resbale, intenta no pensar en las horas que quedan hasta que la semana termine. Intenta no trabajar, cerrar los ojos y dejar que el tiempo fluya. Quizá sea un buen día. O quizá no.

Miércoles:
Si el martes ha sido un buen día, el miércoles no lo será. Si el martes no ha sido un buen día, el miércoles será peor. Estás en medio de la semana, así que puedes observar el vaso medio lleno o medio vacío. Puedes contar las horas que faltan o las horas que llevas sin verla. Puedes hablar o no hablar. Lo importante es que no pienses en pensamientos intrusivos. Apártalos, confía y sonríe.

Jueves:
Seguramente es el día más sencillo. Solo falta un día y puedes pensar en todo lo que harás el fin de semana. Aunque las horas avancen lentas, no desesperas. Mantente entero. Ya llega.

Viernes:
El peor momento del viernes es madrugar. Te levantas, te vistes con los ojos semicerrados. Desayunas café con leche y te vas de casa. Faltan 10 horas para estar ahí. Ya llega. Saldrás del trabajo, comerás corriendo, cogerás el primer tren que puedas. La besarás. Volverás a cargar fuerzas para volver al lunes.

martes, 18 de febrero de 2020

Asia rota


Tengo la sensación de que la semana es una sucesión de días entre lunes y jueves, de días que solo consisten en que las horas pasen, muertas, lentas, un poco sin sentido y sin orden, como si ahora fueran las diez de la mañana de un miércoles y dentro de un rato fueran a ser las cinco y media de la tarde del lunes. Miro pasar las horas en el reloj y siento que cada minuto que avanza es un cuchillo que se clava en mi corazón, que cada segundo es una oportunidad perdida.

A veces, al salir de trabajar y bajar del bus, paseo por el parque que hay bajo mi casa y pienso qué árbol tallarías con nuestras iniciales si viviéramos aquí. Imagino que voy contigo de la mano y fantaseo conversaciones infinitas en el puente que cruza el riachuelo que parte el parque en dos o simplemente pienso en cosas vacuas. A veces tomo una cerveza en un bar que hay frente al parque. La camarera se llama Luna y es asiática. Posee esa belleza oriental tan característica en esa mirada que te observa desde arriba. Tiene tres hijos, Juan, Jorge y Jaime. A veces corretean por el bar y me ponen nervioso mientras leo el periódico.

Hace una semana estaba en el bar leyendo la crónica del partido que no pude ver. Era cerca de la medianoche, y Luna estaba a punto de cerrar. En el bar solamente estaba yo, y Luna bromeaba con que duermo muy poco y bebo muchas cervezas. Yo estaba a punto de terminar la última e irme. Pensaba dejarla recogiendo, como tantas otras noches, ya me encaminaba hacia la puerta, cuando oí un sollozo tras mi espalda. Era Luna, sentada en un taburete con la cabeza apoyada en la barra. No la había visto nunca llorar, y no sabía cómo reaccionar. Podía intuir por qué lloraba. La había visto alguna vez cubrirse los moretones de los brazos y del cuello con largos jerséis que no le pegaban.
Me acerqué a ella y le pregunté qué le pasaba. No me atrevía a tocarla, aunque deseara calmarla en un abrazo como intento hacer contigo. Sus sollozos aumentaban de volumen y le pregunté si quería que me fuera. “No, por favor”. Me senté a su lado y esperé. Luego me lo contó todo. Me habló de su marido, de las noches sin dormir. De la China lejana que echa de menos cada día al despertar y que sus hijos nunca conocerán. De lo que le gusta hablar conmigo por las noches antes de cerrar. Ella no podía llegar tarde a casa. Nos fundimos en un abrazo muy largo y deseé que ese momento no terminara nunca y poder sentirme así de bien contigo al abrazarte, como si con cada abrazo pudiera aliviarte de la misma manera que la alivié a ella. Cuando rompimos el abrazo me dio un beso en la comisura de los labios y yo salí del bar sin saber si era lunes o jueves. Nunca más he vuelto.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Latiendo en dos, mitad por ti

Me siento como en un lugar oscuro. Dentro de una oscuridad absoluta de la que no sé salir. Me siento en el fondo de un pozo sin fondo.
He salido de trabajar con desidia. No entiendo esta forma de vida, no entiendo la camisa, el horario, el estar con gente con la que no tienes nada en común salvo un trabajo de mierda y un bagaje depresivo detrás. Me he acercado al Edén y he pedido un whisky con poco hielo mientras miraba a la gente sentada en las mesas. Hay tres amigos hablando en voz baja, dos parejas dando envidia y una chica apoyada en la barra que me mira desde lejos. El camarero le sirve un vodka con limón y ella le dice algo al oído. Él se acerca a mí y me dice esa-chica-de-ahí-te-ha-pagado-el-whisky. La miro y me río. Ella sonríe, pero no se acerca. Gracias a Dios. Si espera que me levante yo o que le invite a la próxima, puede esperar sentada en la misma posición en la que está. Vuelvo a perder la mirada en el fondo de la barra mientras empieza a sonar All night long all night.

El whisky se va consumiendo y antes de terminarlo y pedir el siguiente salgo a la noche temprana a fumar el último cigarro del paquete. Me he puesto mal la cazadora y parece que los tres amigos que beben cerveza en una mesa se ríen de eso o de cualquier idiotez que piense cualquier imbécil que no beba solo. En la calle enciendo el cigarro y me pregunto cómo pudo todo romperse así.

*

Recordar el pasado no sirve de mucho. He resumido en un cigarrillo de diez minutos casi 2 años de relación y no me ha ayudado a entenderme a mí mismo. Recuerdo que en aquellos momentos de caos pensaba que, en el futuro, me comprendería mejor. Ahora han pasado diez años y no me entiendo entonces. Quizá menos todavía. Vuelvo al bar y me pregunto dónde estarás. Y con quién. Seguro que con alguien menos idiota que yo. Pido otro whisky con poco hielo. El camarero, que debe ser bastante imbécil, me pregunta si también-un-vodka-limón-para-la-chica-de-antes. Le digo que no y me mira de una manera bastante desagradable. A mí me da igual, pero controlo que no eche menos whisky del que debe en el vaso. No sé por qué esta noche no puedo sacarte de mi cabeza. Debe ser culpa de la chica de la barra. Se parece a ti. Su pelo tiene esa forma de caer sobre su espalda con magia. La he visto observar el local cuando he entrado y tiene esa misma forma de mover los ojos, con curiosidad felina, como si en alguna esquina de lo que ella no puede ver se esconda el misterio de su universo. Tiene la misma forma que tú de mover las manos al hablar con el camarero. Incluso tiene un hoyuelo en su sonrisa que ni ella misma conoce.

He decidido acercarme a ella y agradecerle el whisky anterior. Quizá invitarle a un vodka (sin limón). En la ebriedad de la noche pienso que eres tú. Que le tocaré la espalda y cuando se dé la vuelta serás tú, que no me habías reconocido en un principio y no querrás saber nada de mí, que me pedirás el dinero del whisky y te marcharás sin ni tan siquiera decir mi nombre y yo me quedaré llorando y pidiendo un vaso tras otro mientras el camarero me repite que debería haberte invitado antes.
Pero no eres tú. Dice que se llama Kay. Yo no me lo creo, pero no se lo digo. No tendría que haberme acercado. Tu hechizo (o los restos de aquel entonces) me ha traicionado y ahora tengo que aguantar este discurso sobre pintores postmodernistas que ni estoy escuchando ni me interesa. Si no se pareciera tanto a ti quizá le invitaría a mi casa, pero no puedo imaginar el despertar de mañana pensando que será tu figura la que amanezca conmigo y descubrir de nuevo que no eres tú.
Al final me lo pide ella. ¿Vives solo? me pregunta. Le miento y le digo que no, que estás tú esperándome despierta. Que eres mi mujer y que se parece a ella, y que por eso me he acercado a charlar, pero que no puedo llevarla a casa. Veo su interés desaparecer en los ojos. Le digo que es mejor que me vaya. Ella me responde que sí. Me compro otro paquete de tabaco y antes de salir del bar ya he encendido el primer cigarrillo. Se ha puesto a llover. Antes de irme a la soledad de mi casa, miro de reojo dentro del bar. Ella ya está hablando de nuevo con el camarero. Él me mira con una sonrisa burlona. Yo le hago un gesto con la mano mientras le guiño el ojo y pienso que ojalá ella sea como tú para que él no pueda dormir ninguna noche más en su vida.

miércoles, 26 de junio de 2019

Dicen que solo hacen su papel

Recuerdo, a duras penas, el día en que nos conocimos.



Me abriste la puerta de tu casa, nos dimos dos besos y me dejaste pasar a aquel piso que olía a una mezcla de champú y tabaco de liar. Creo que dijiste algo. Yo soy incapaz de recordar algo más allá de tu figura entre las sombras guiándome por ese oscuro pasillo hasta tu cuarto.

Había llevado unas cervezas que dejé sobre tu cama y me senté en el suelo mientras tú volvías a encender la música de tu ordenador. Sonaba Extremoduro, El Duende del Parque.

Es curioso: recuerdo la música, el olor, la colcha blanca y verde de tu cama, el espejo roto, los montones de libros tirados en cualquier parte, el ordenador sucio, la silla rota, cada detalle de la luz, de los muebles... pero soy incapaz de recordar apenas una palabra de lo que hablamos.

Los niños salían del colegio al que daba tu ventana y lo celebramos fumando un porro mirándolos en silencio.

Bebíamos cerveza caliente y tocaste Si te vas con la guitarra. Cada vez que sonreías era como si la vida me pidiera perdón por todo lo anterior. Como si el secreto de todo estuviera en tu sonrisa, en tus rizos entorpeciendo el mástil de la guitarra o en tus pestañas provocando huracanes.

Te dije torpemente que se me hacía tarde.

Ya han pasado un par de años de aquello. Hoy te espero en la estación con una cerveza caliente y un porro en el bolsillo. Con la misma inquietud, con distintas ganas de verte, sin dejar de temer ni un solo instante el momento en el que tenga que decirte torpemente que se me hace tarde.

jueves, 2 de mayo de 2019

2/12/2016

-Ponme dos cervezas, Julia.

-¿Esperas a alguien?

-No, solo es un día duro.

Beber me calma. Julia me observa, en ocasiones intenta iniciar una conversación, pero la verdad es que no escucho.

Bebo y bebo. Acabo las dos cervezas, pido otra, un whisky, una cerveza, un vino para Antonio que lleva dos semanas sin curro ven, pequeña, toma este whisky conmigo, salgamos fuera a fumar un porrito, a ser mejores que nadie, a revolcarnos en un parque,

viernes, 13 de julio de 2018

Tormenta

Silencio.

Apenas se escucha nada en ningún lado. Tampoco en mi cabeza se escucha la voz de mi pensamiento. Todo ha quedado oscuro y en el más absoluto silencio.

Siempre me pasa lo mismo en el mismo momento. Voy lanzado, con la cabeza delante, corriendo, y de pronto:silencio. No puedo moverme, pensar, hablar o actuar. Solo silencio, una y otra vez.

Tu existencia tampoco ayuda. Vacua, feliz, inhóspita y lejana te me presentas como una figura absoluta y endiosada entre la oscuridad y el silencio. Ajena mi mente a toda realidad circundante a ti te observo desde lejos, en una pantalla rectangular que no consigue iluminar con su luz apenas un par de metros lo que me rodea. Te observo así, quieto, callado, embobado en la pantalla, que se apaga de repente y sin avisar, o que cambia de imagen a otra en la que siempre estás tú.

Y así, una y otra vez: perdido en la oscuridad y el silencio, cada vez más lejos pero sin dejar de observar cómo te alejas. Y yo así, una y otra vez: quieto, callado. Cobarde.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Miserere

Sus ojos estaban cerrados cuando la reconocí. Lo recuerdo porque al levantar los párpados recordé todos los golpes que me había dado con esas mismas pestañas a lo largo de los tres días que pasamos juntos en mi cama. No esperaba volver a verla de nuevo y mis rodillas flaquearon, mi cerebro decidió quedarse en blanco, y todo lo que pude hacer fue girar la cabeza con la esperanza de que no me viera.

Seguí bebiendo cerveza evitando volverme a observar su pelo largo desde detrás. Luchaba con todas mis fuerzas para no volverme y conseguir pedir otra cerveza más cara de lo que pensaba en una barra abarrotada por gente que no estaba ni la mitad de borracha que yo cuando la olí detrás de mí, cuando su mano derecha decidió tocarme el hombro, y cuando me obligó a girarme derrotado con una sonrisa en mi cara que no sabía qué actitud tomar.

"Qué sorpresa" dijo.

Su sonrisa seguía siendo la misma: esos dientes perfectos, ese hoyuelo en la mejilla derecha más alto que el de la izquierda, ese hacerte sentir más frágil e inútil que trozo de cristal roto. Me mareé y durante diez segundos no pude decir nada.

1

2

3

4

5

6

7

8

9

y

10.



Cogí la cerveza de la barra, agaché la cabeza y salí a medio correr del bar, sin decir ni una sola palabra, sabiendo que no podría vencerla en esta ocasión (ni en ninguna otra).
Una vez fuera del bar, crucé la acera y me senté en el bordillo, abrazado a mi cerveza y escondido entre dos coches azules. Trago a trago, esperaba. Mi único objetivo era observar la puerta del bar y verla salir, sin tener mucha idea de qué le diría cuando me viera sentado en el suelo.

El tiempo fue pasando.

La noche escapó y mis ojos se cerraron.

Soñé con cocodrilos azules que me rodeaban y me desmembraban a dentelladas una y otra vez.

Cuando desperté, el bar había cerrado, la calle estaba vacía y mi cerveza yacía derramada sobre la acera.

En los dedos de mi mano derecha descansaban los restos de un pintalabios que nunca supe cómo llegó ahí.


sábado, 21 de octubre de 2017

Este nunca esconde un ojalá

Solo hay una estrella, allá a lo lejos, en esta noche absurda y tan lejana en el tiempo. A ratos, intento trepar hasta ella con la esperanza de poder verte desde allí arriba en la oscura inmensidad, dirigir la mirada hacia ese país tan extraño, y distinguir tu figura durmiendo en una cama enorme para un piso tan pequeño.

Rara vez consigo alcanzarla, y me conformo con sentarme en el bordillo de una acera a fumar y a pensar en cómo estar lo más cerca posible a ti. Cierro los ojos y lamento no poder olvidarte en todo este tiempo, lamento no poder salir de ti, no dejar de sentirte al lado sin poder tocarte ni olerte y pienso en todo lo que hicimos tan mal. A veces sonrío y pienso "menos mal que sigue estando tan cerca".

El cigarro se ha terminado por consumir en mis dedos y, echando un último vistazo a la estrella, vuelvo a entrar en el portal, vuelvo a casa, y me quedo dormido pensando en las lunas que descansan en tus ojos.





miércoles, 30 de agosto de 2017

(Sin dirección)(Latiendo en dos)(Mitad por ti)

Llevo tatuado en mi espalda
"esta sangre ya no sangra se ha cansado de correr"
y ahora que unos ojos me iluminan
no quiero usarlos de guía  me he cansado de perder



Una vez más te has ido como tantas otras, has cerrado la puerta y has dejado tras de ti un vacío infinito que no conoces. Una vez más te has ido, pero a diferencia del resto, ésta es para siempre. Yo lo sabía y quizá por eso esta vez no he ido a despedirme de ti, quizá por eso esta vez me he quedado en casa sentado en mi sofá mirando hacia la ventana, imaginándote en la parada de la estación buscando con la mirada una figura, a lo lejos, imaginando una voz que dice tu nombre en alto solo para darte cuenta de que no hay nadie a tu alrededor.

En mi imaginación, llevas los vaqueros que rompimos, una camiseta que no te pega nada, un moño que no te queda del todo bien y un libro del que apenas puedes leer dos líneas antes de levantar la cabeza nerviosa y mirar de nuevo el reloj o las maletas y comprobar que todo está en orden.
En mi imaginación, siete minutos antes de la hora del final, vas al baño de la estación y te lavas la cara, te miras en el espejo y compruebas que todo sigue perfecto. Te encaminas hacia la vía del tren, y dos minutos antes del pitido que anuncia tu marcha, te subes al un tren que se va muy lejos.

En mi imaginación, ese tren descarrila, da vueltas y todo el mundo muere, pero me llaman y me comunican que, a pesar de todo, tu cuerpo no ha aparecido. Una voz plastificada me dice que estás desaparecida, pero que lo más probable es que hayas muerto y sea cuestión de tiempo encontrarte. "No merece la pena tener esperanza", me dice.

En mi imaginación, nunca jamás vuelvo a saber de ti.

En la realidad, alejado de mi imaginación y de las figuras oscuras creadas en mi cabeza, observo la ventana desde mi sofá mientras se consume un cigarrillo entre los dedos de mi mano y sonrío un poco al darme cuenta de mi lastimosa figura, fumando en ropa interior en el salón de mi casa, con demasiadas latas de cerveza vacías a mi alrededor y sudando.

En la realidad, cuando tú hace horas que te has marchado y yo sigo imaginándote en mi misma ciudad, en mi mismo país, me pregunto si algún día volveré a verte y grito de rabia arrepentido por no haberte podido salvar.


domingo, 25 de junio de 2017

Un día de perros

Aquel día había empezado a beber cerveza poco después de las once de la mañana. Iba acumulando las latas vacías en un hueco que había entre la mesa que usaba como escritorio y la pared de la ventana que daba a un patio de vecinos que siempre estaba demasiado silencioso. Apenas me levanté media docena de veces en todo el día salvo para comprar más cerveza, pedir la cena a las cuatro de la tarde, y vaciar el hueco lleno de latas vacías cuando alcanzaron la altura de la mesa. El teléfono sonaba a veces, normalmente lo ignoraba, excepto cuando Sigmund se ponía a ladrar como una maldita bestia y  a menear la cola de esa forma tan estúpida que tienen los perros. En esos momentos, de alguna manera que nunca me intenté explicar, Sigmund sabía (y me lo comunicaba de esta manera) que la persona que llamaba era Amapola y que tenía que cogerlo. Yo dejaba de escribir y beber durante un momento y lo miraba a los ojos hasta que el teléfono dejaba de sonar. Entonces él agachaba la cabeza y las orejas y se iba de la habitación mientras yo lo mandaba a tomar por culo.

Todo ese día lo pasé bebiendo. Fingía que trabajaba, pero en realidad no escribí ni una sola línea durante ese periodo de tiempo que no borrara el día siguiente. Lo peor de todo fue que en mi fuero interno estaba convencido de estar dejando la sangre y el corazón con cada palabra, aunque lo único que dejé fueron trozos de hígado y gotas de vómito en la taza de un váter que tardé tres semanas en limpiar.

En algún momento de la noche, alrededor de las once, Sigmund se acercó jadeando y me dijo que hiciera el favor de llamar a Amapola de una vez, que llevaba todo el día haciendo sonar mi móvil y que en el fondo me iba a sentar bastante bien. Yo me eché a reír porque mi puto perro me estaba hablando y además había adquirido la forma humana de un mejor amigo que apenas lograba recordar. Mantuvimos una conversación de dieciséis minutos y medio, en la que él se bebió una cerveza y yo tres. Me comentó que la comida que le daba era una mierda, y que, por cierto, se me había olvidado darle de comer durante todo el día, pero que no me preocupara, que ya había mordisqueado las sobras que había en la nevera. El grueso de la conversación versó sobre Amapola, me pidió los detalles que no conocía, la talla de sus zapatos, el champú que usaba y que todavía impregnaba según él los cojines de su hueco favorito del sofá, lo que había pasado al final. Me preguntó por qué ya no escribía.

Cuando dio por terminada la conversación, volvió a su forma canina y yo terminé la cerveza de trago y caí semi-inconsciente en el sofá, con la cabeza en aquel cojín en el que Sigmund reconocía un olor que yo intentaba esforzarme por recordar y no encontré. Puede que llorara un poco y mi estúpido perro me mordiera el culo.

Dos semanas después, había una postal llegada de Varsovia en mi buzón.

"Gracias por escribirme, me hizo mucha ilusión volver a saber de ti.  Te echo muchísimo de menos. Te quiero. Amapola"


Tuve que sacrificar a mi puto perro después de aquello. 
 
 
 

sábado, 8 de abril de 2017

Breathe

Respira.

Hondo.


Normalmente pongo esfuerzo en no buscar explicaciones a las cosas. Me dejo llevar por las circunstancias y por las personas, por sus frases, por sus órdenes. Normalmente ni siquiera estoy de acuerdo con lo que dicen o con lo que son, pero apenas me importa, yo solo me dejo llevar. Nunca he sabido coger las riendas de nada, nunca he tenido afán por hacerlo, nunca he querido, pero a pesar de todo siempre entendía a los demás. Solía entender por qué hacían las cosas, sus pérfidos movimientos, sus absurdas motivaciones, pero ahora...

Ahora estoy en un continuo final del que no veo el fin. Ahora apenas entiendo nada, y las olas involuntarias que antes me movían en el día a día, hoy son tsunamis que me arrastran y contra los que apenas puedo hacer nada. Ya no me dejo llevar, ahora me golpean para seguir adelante, y en ocasiones, cuando veo una piedra, una tabla de madera a la que poder agarrarme, la miro con pasividad y no intento ni alcanzarla. Tampoco quiero salir.


Ayer ardí, y hoy me hundo en este océano tan largo. Pero respiro. Hondo.


Y al final, termino el vaso de whisky, repongo los hielos, vuelvo a llenar el vaso, y todo sigue como siempre. Tú teniéndome en el infinito, yo teniéndote en mis sueños, y más allá de todo, un final que no se ve.

viernes, 24 de marzo de 2017

Estas sábanas

Me dijeron que el tiempo a tu lado apenas se reconocía, que volaba, que no existía. Yo pude desmentirlos en poco más de treinta minutos. Descubrí que no tenían ni idea, que apenas te conocían, que contigo, los minutos machacaban, los segundos se sentían en cada golpe del pecho atolondrado y te demostraban lo duro y pesado que es el tiempo, poco a poco llevándote hasta un inevitable final en el que nunca se acaba contigo.

Estas sábanas siguen oliendo igual. Después de tanto tiempo, de tanto sudor, de tanta fiebre y tanto fuego, siguen oliendo igual. Toda esta casa que no conozco sigue oliendo igual, y entrar es como conocer un oasis sin cerveza en medio de un desierto en el que nunca es de día. La noche nos refugia, y ambos lo sabemos. En nuestro mundo pocas veces es de día, y cuando lo es, apenas conservamos los buenos recuerdos que tuvimos que crear entre noche y día, sol y luna, nubes, lluvia, besos, lágrimas, arañazos, dolor, canciones tristes y alguna sonrisa en la cama.

Te has levantado en la oscuridad y los sueños y la confusión me han advertido de que te ibas. He alargado el brazo y te he preguntado a dónde ibas, pero ya no estabas, y por un momento he estado totalmente convencido de que no ibas a volver, de que habías desaparecido del todo, que por una vez habías cumplido tu propia promesa contigo misma, y me habías dejado en tu casa, en tu cama, para siempre. Has vuelto envuelta en un albornoz que te sobra, he reprimido todas mis ganas de arrancártelo y he fingido tres segundos que estaba dormido. Luego es posible que haya caído dormido, hasta que el arrullo de unas palomas me ha despertado de madrugada y ya no he vuelto a dormir.

Estas sábanas siguen oliendo igual. Siguen guardando las constelaciones de toda una galaxia, y cuando las cuelgas en el tendedor de la terraza una mañana de domingo, el sol quiere esconderse temprano para que las estrellas brillen durante el mayor tiempo posible.

Shine on you, crazy diamond.


viernes, 10 de febrero de 2017

Azul océano


esos besos que saben a despedida
a vinagre en las heridas
a pañuelo de estación.


Ha sonado un portazo y solo has dejado silencio en esta casa vacía. La música no consigue llenarlo y este gato que me han regalado no me considera un amigo todavía. Los radiadores están fríos y esta manta blanca no me tapa los pies y cigarro tras cigarro me consumo en este sofá azul océano en el que me hundo un poco más cada segundo. La cerveza está terminada pero el frigorífico está demasiado lejos como para alcanzar una sin abrir. En la tele, Sabina insiste una y otra vez en que lo niega todo y los colores y el blanco y negro se van marchitando poco a poco mientras intento buscar una manera de alcanzar la arena y salir del mar.

Un marinero me ha tirado un flotador naranja que se queda colgando por la borda a pocos metros del agua y yo no consigo alcanzarlo. El marinero me grita que no les queda más cuerda, pero que tienen una tabla como el de Titanic a la que puedo trepar y navegar hasta que otro barco aparezca, y yo me río y les grito que me dejen en paz en esta agua putrefacta y que apesta a whisky y de pronto me despierto en el suelo de mi pasillo rodeado de un vómito naranja y una herida que sangra en mi cabeza.

Al levantarme me veo más capaz de abrir otra cerveza, y una vez bebido el primer trago, aprovecho el hielo que la rodea para ponérmela en la herida. Vuelvo a tumbarme en el sofá. El gato me mira desde lejos, receloso. Me pregunto dónde estarás. Si terminaremos lo que empezamos.

How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.

martes, 13 de diciembre de 2016

Si me encierro, ven a verme

Este es el enésimo último cigarro que me fumo y esta vez es de verdad porque ya no me queda tabaco y son las tres de la mañana. He desperdiciado la noche haciendo figuras de papel mal plegadas, deseando a hurtadillas ir al armario del salón y robarle a mi compañero de piso la botella que guarda para sus desayunos y probar el amargor de ese whisky que dice que tan bien le sienta.

A menudo me habla borracho, en el salón, con el vaso de whisky más barato del supermercado (distinto al del desayuno), y me cuesta seguir sus diatribas, sus constantes problemas, con las mujeres, con la vida, constantemente empeñado en lo poco que merece la pena vivir bien, y en lo mucho que merece la pena morir mal. Otras veces, cuando no está, como esta noche, lo entiendo a la perfección, y me imagino siendo incapaz de mantener mi relación, de despertarme por las mañanas para ir al trabajo, de mantenerme fuerte en los pensamientos obligatorios de que todo irá bien, y me tengo que poner a hacer papiroflexia bajo la luz del flexo del escritorio que a veces parpadea pidiendo a gritos dormir.

Estas noches, en las que el viento apenas hace ruido en la calle, y la niebla de diciembre por fin ha venido a oscurecer los pocos restos luminosos que quedan de la primavera, él apenas aparece por casa, se pasa las noches fuera, y nunca cuenta lo que hace. Llega de madrugada, oliendo a tabaco y flujo, y se queda mirando su reflejo en el espejo unos minutos antes de decidir ir a meterse en su cuarto y tumbarse en la cama a terminar otro día de mierda.

Ha llegado hace un rato. Ya he oído sus pasos dirigirse hacia la habitación, más vacía que él mismo, y me pregunto si esta noche podrá ahogar sus sollozos en la almohada o no podrá impedirlo, y tendré que volver a pasar una noche en vela, preguntándome si no debería ir con él y preguntarle qué le pasa, o simplemente pedirle por favor que no haga tanto ruido con sus lágrimas.

Pero poco a poco, tumbado en la cama, voy cerrando los ojos, y en un último suspiro consciente, le ruego a mi cerebro que hoy no me haga soñar conmigo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Dicen que hay una luna enorme pero yo la veo más pequeña que la luz de tus ojos

Me quité la luz de encima en cuanto tuve ocasión, es un aura que no me pertenece y bajo la que me siento muy incómodo, que no sé manipular a mi antojo, pero aquella vez fue difícil.

Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.

De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.

Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.


jueves, 27 de octubre de 2016

Espinas y fotos

Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas, soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de gritos, de dolor.

He sentido la necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad, intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.

Cuando por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.

Creo que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.

Es ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes, mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dedicatoria fuera de lugar

"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody 

Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.

Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.

Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.

Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.

Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.