sábado, 15 de octubre de 2016

Dedicatoria fuera de lugar

"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody 

Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.

Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.

Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.

Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.

Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.

lunes, 10 de octubre de 2016

Lamento de otoño

En una pequeña caja dentro de un cajón del interior de su armario, guarda una fotografía quemada por el tiempo, la luz y la memoria. La fotografía habla de otro tiempo lejano, que apenas su memoria recuerda y que tampoco le conviene recordar, un tiempo en el que el sonido de la trompeta no desquiciaba sus nervios ni la hacía llorar por las noches.

No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.

En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.

Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".

La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.

Así que cierro la caja, el cajón y el armario.

Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Bote salvavidas para un día incierto

Me he despertado de golpe, sin poder moverme. Al abrir los ojos todo ha sido nuevo, inesperado, y excesivamente absurdo para querer o intentar comprenderlo. Esta cama tan pequeña, estas sábanas tan blancas, este olor tan limpio. He intentado darme la vuelta y volver a dormir sin ningún ánimo de entender absolutamente nada, pero he descubierto con sorpresa que mis manos y mis pies están atados con correas de un plástico blanco a los metales de esta jodida camilla. Y he intentado recordar.

Estoy encerrado en estas cuatro paredes sin ningún recuerdo salvo tu nombre y mi ansiedad.

Silencio. Eso es todo lo que logro recordar. Me aferro a las seis letras de tu nombre como si tuvieran algún sentido, intento gritarlo esperando obtener alguna respuesta, pero lo único que logro es un eco que me transporta a un pasado en esta oscuridad que me envuelve y no deja de penetrarme.
Me arrastro a cuatro patas por cada recodo de esta celda y descubro, en el centro de la habitación, un pequeño agujero de un metro de diámetro. Apenas me detengo a pensar en él. Sigo la inspección y cerca del lugar donde hace milenios que oriné un paquete de tabaco con tres cigarros y un mechero dentro me esperan gritando auxilio. En media milésima de segundo me permito darle las gracias a mi carcelero anónimo. En otra milésima tengo encendido el primer cigarro y aspiro profundamente un cáncer que no llega, y es justo entonces, en ese momento, cuando mi cerebro consigue recordar algo.

Tus jodidos ojos ardiendo mirándome.

Tu voz diciendo "sabes a tabaco". Tiro el cigarro al suelo, piso el paquete, lanzo el mechero por el agujero de la celda y me pongo en posición fetal pidiendo socorro lastimosamente. Siento que las horas pasan, que los minutos pasan, que los mundos pasan, y cada vez que cojo los cigarros pisados una y otra vez a lo largo de los años, cada vez que me arrepiento de haber tirado el mechero a ese vacío al que no me atrevo a lanzarme yo mismo, recuerdo.

La tranquilidad que sabes transmitir.

Es, justo entonces, cuando sale tu voz del agujero. Es, justo entonces, cuando me tiro. Es, justo entonces, cuando despierto en este hospital.




martes, 7 de junio de 2016

Siempre con miedo

He construido castillos en la arena
tan hermosos que me conformaría
con que las olas de mis penas los derribaran,
y así poder dormir en sus ruinas. 

Me miras desde arriba con una sonrisa que no se interpretar. Noto tus manos en mi espalda y yo solo espero el filo de la navaja entrando entre mis costillas, pero el dolor y la luz no llegan, solo llegan tus labios, y yo siento miedo. Miedo al vacío, miedo a sentirme solo, miedo a volver a sentir el humo de un cigarro machacando mis pulmones una vez más. Miedo a cualquier cosa que me transmita que ya no volveremos a vernos.

Junio.
Julio.
Agosto.
Septiembre.
Octubre.

La frase surge de tus labios como el cuchillo que tanto esperaba hace unos meses. Me giro en la cama para poder mirarte a los ojos, improvisando la respuesta a una pregunta que llevo semanas haciéndome yo mismo:
"¿Qué estamos haciendo?"
"Nadar a contracorriente"
Qué estupidez. No parece haberte hecho gracia, y me veo incorporándome poco a poco, preparando mi cabeza para, por fin, esta conversación. Alargo los segundos poniéndome el calzoncillo, yendo a la cocina a por agua, mirando tus rizos cayendo sobre tu espalda al darte la vuelta enfadada. Intento morderte la cintura, tumbarme sobre ti, pero tú ya no estás. Hace meses que no estás.

Creo que te fuiste lejos y ya jamás volviste.

miércoles, 1 de junio de 2016

Capricho de invierno

Me sumergí de golpe en aquella mirada sin haberlo pretendido. Fue como caer en un pozo infinito, la gravedad no existió. Bajé mis pestañas y no hubo nada más ojos que los tuyos en aquella oscuridad profunda e inacabable, como la única luz de un asteroide cayendo sobre mi tierra, marcándome el rumbo. Luego desperté.

Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.

Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.


Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.

Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.

Se ríe.

jueves, 26 de mayo de 2016

Incertidumbre onírica

He tenido que salir antes del trabajo cuando he sentido la ansiedad en la garganta, amordazando mis ganas de respirar y de vivir. Me he levantado de golpe de la silla, y sin mirar a ninguno de esos insectos gafudos que trabajan conmigo, he salido a trompicones, agarrándome el cuello con mi mano derecha y sacando el paquete de tabaco del bolsillo del pantalón con la izquierda. Una vez en la calle me he echado a reír a carcajadas mientras me sentaba frente a la ventana de la oficina a fumar lentamente el cigarro, decidiendo cuál iba a ser mi destino esta tarde.

He pasado por tres bares que me esperaban abiertos, con grandes letreros en los que había letras que no sabía ordenar y al mirar hacia adentro todos los clientes eran hombres con barba y una gran tripa que llenaban con whisky, todos y cada uno de ellos mirándome desde dentro mientras sonreían aceptando mi derrota y sabiendo que yo iba a acabar entrando. Pero finalmente lo he conseguido, he metido el sudor frío de mi espalda de nuevo dentro de mi organismo, y he pasado de largo, sin saber muy bien por qué. En el segundo bar incluso he oído gritos de voces destrozadas preguntándome a dónde demonios me iba. Creo que incluso he contestado murmurando que no lo sabía.

He seguido perdido, andando y fumando. Andando y fumando. He pisado calles que jamás habían existido en mi realidad, y de pronto he observado tu figura desde lejos, sentada en un banco pensativa, y me he escondido tras un arbusto por miedo a que me vieras, tan sobrio, tan perdido, tan real. Ha comenzado a sonar una trompeta con sordina mal tocada, como si las teclas fueran presionadas sin ganas, con una nariz en lugar de con dedos, y me he ido acercando a ti, poco a poco, sin dejar de ocultarme por arbustos o por la oscuridad morada que envolvía esta parte de ciudad desconocida.

Me he dado cuenta, cuando estaba a menos de veinte centímetros de tu nariz, que hacía rato que me habías descubierto y de los nervios te he arrancado la lata de cerveza que tenías en la mano y me la he bebido de trago, mientras pensaba en cómo saludarte. He decidido que lo mejor era darte un beso y salir pitando de ahí, avergonzado y sintiéndome ridículo por tocar tan mal la trompeta, pero antes de que me diera tiempo de echar a correr, en mitad del beso, me has agarrado de la cabeza y ya no he podido escapar de ti, me he visto atrapado en las plantas trepadoras de tus dedos, he sentido como me envolvían unos dedos invisibles y demasiado largos y he vuelto a sentir la presión en la garganta, mientras tú revolvías mi pelo y yo deseaba que el beso no terminara jamás porque no sabría cómo mirarte a la cara entonces.

Las cosas duran lo que tienen que durar. Normalmente, más de lo debido.


Cuando he abierto los ojos habías desaparecido, solo me has dejado en el banco la lata vacía. Ahora he decidido dejar de pensar en ti, al menos durante unas horas.  Al menos no he tenido que pensar una despedida mal conjugada.

domingo, 15 de mayo de 2016

La felicidad está al alcance de la mano (microcuento surgido en un autobús)

Hank era la persona más triste que he conocido jamás. Vivimos juntos un tiempo, y uno de esos días entró por la puerta borracho y apestando a tabaco. Cuando llegó al salón donde yo estaba bebiendo whisky, se puso a cantar y a bailar.
-¡Amigo! Parece que las cosas empiezan a cambiar- me dijo sin dejar de bailar.
-¿Qué ha pasado?
-Me he acostado con una mujer.
-Sueles hacer eso bastante a menudo.
-Sí, pero esta vez es especial, es maravillosa, está loca, y hace un café excelente, y...
De pronto vio mi vaso en la mesa y se sentó muy serio en el sofá. Sin decir una palabra cogió mi vaso de whisky y se lo bebió de trago.

Nunca más oí hablar de aquella mujer.