sábado, 13 de diciembre de 2014

LUIS GARCÍA MONTERO. HABITACIONES SEPARADAS.

Si alguna vez la vida te maltrata, 
acuérdate de mí, 
que no puede cansarse de esperar 
aquel que no se cansa de mirarte.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Estación, polvo, tiempo.

Me he sentado en la misma silla en la que se sentó él hace ya tantos años, y he mirado al frente. Me he enfrentado a mi ciudad, allí sentada, frente a mí. He mirado la misma silla en la que se sentó ella hace tantos años, dirigiéndome una mirada extrañada, sin decir una palabra, la misma silla en la que se sentó y no volvió a dirigirme la mirada en toda la hora, absorta en él, en su barba blanca y en su acento algo marcado al hablar.

Me he sentado en la misma silla que él hace tantos años y la gente ha comenzado a aplaudirme, y yo no podía dejar de mirar la silla en la que ella estaba sentada entonces, como teniendo un deja-vú. Luego he dicho algunas palabras, ni sé muy bien cuáles, ni sé si bien dichas, he leído algo como hizo él entonces, y me han vuelto a aplaudir.

Cuando todo ha terminado, han apagado las luces y yo he salido a fumar un cigarro apoyado en la misma pared que entonces la esperaba sin saber muy bien si era lo que debía hacer. Hasta ese momento no he levantado la vista y me he enfrentado a aquella ciudad que fue mía y que ya no me pertenece, aquella ciudad que me vio huir de sí misma, ya no recuerdo adónde.

La verdad es que me ha decepcionado no verla. No escuchar su voz en mi oído cuando he empezado a caminar hacia casa, con las manos en los bolsillos del abrigo y con el alma por los zapatos, como si fuera arrastrada como las hojas que impulsan al suelo este sol de invierno. La verdad es que esperaba un susurro en mi oído y una caricia en el brazo.

Me acabo de encender otro cigarro, y he caminado hasta la que fue mi casa, la que fue mi habitación, la que fue mi cama. Ahora pienso en todo lo que jamás dije. En los posos de la memoria. En lo que soñé aquel día.

martes, 2 de diciembre de 2014

Tan harto

Estoy harto de las noches como ésta. De repetir eso de que te tuve entre mis brazos. A veces tengo ganas de llamar a la radio y desahogarme con alguien que no conozco, contarle todo, absolutamente todo lo que pasó, lo que siento, lo que hice, lo que hiciste, lo que sospecho y jamás querré comprobar. Alguna noche incluso he llegado a tener el teléfono entre mis manos, mirándolo como si no supiera qué era ese aparato, planteándome si realmente debo, pero pronto lo abandono en su sitio y vuelvo a la cama a mirar el reloj, a intentar cerrar los ojos y a no verte entre mis sueños.

Algunas noches, las que no me emborracho, me las paso mirando al techo en silencio. Tardo en dormir dos o tres horas, y luego, cuando lo consigo, despierto cada hora con muchísima sed y tardo demasiado en volver a dormir. Intento guardar las composturas, no mirar tus fotos, no escribir en el buscador lo que va sobre fondo gris, y algunas noches incluso lo consigo. Otras noches me caigo en el pozo y busco señales que me ayuden a encontrarte al día siguiente de casualidad en algún lugar remoto de Zaragoza, alguno en el que todavía no hayamos estado juntos, para mancharlo con tu presencia y no poder volver a pisarlo sin tu recuerdo constante.

Estoy harto de una vida como esta. De no tenerte y de no olvidarte.

Tan harto...

lunes, 24 de noviembre de 2014

Buscamos en heridas abiertas

Buscamos en las heridas abiertas como quien busca un tesoro en lo más profundo del mar. Revolvimos en sangre y desesperación, gritamos de dolor a los cuatro vientos de aquel barco que no hacía más que zozobrar. Sentí la necesidad de tirarme por la borda cuando me supe curado de una herida de otro color, más amarilla, más fea que la que me provocaste tú, y te dejé en la cubierta de aquel enorme transatlántico mirando el amanecer sin mí, a sabiendas de que alguien vendría a por ti.

Después de eso me envolvió otra vez una oscuridad morada y me acurruqué en una esquina de mi cama procurando salir lo menos posible, llorando e intentando escapar de allí cabalgando sobre unos caballos que no existían más que en el papel. No tengo muchos recuerdos de aquello, sé que a veces me acompañaba alguien en aquella esquina y me sentía por momentos con opciones de salir de ahí, pero luego todo se derrumbaba y volvía a refugiarme en la oscuridad. Recuerdo a veces beber y reír, de manera falsa y gastada, como si el Jack Daniels ya no sirviera como servía antes, y recuerdo salir un día y no soportar la luz de ahí fuera.

Y ahora miro desde la oscuridad que me rodea al exterior, y pienso en tu barco, en tu pelo rojo, miro este morado que me rodea y pienso en el salvavidas que no quisiste echarme.

jueves, 13 de noviembre de 2014

No sufras, Prometeo

Quién malvado cien veces no haya sido

El mundo es un rompecabezas con piezas un tanto homogéneas. No parece posible terminar un paisaje del mismo azul por todas partes. Un hombre camina siguiendo unas baldosas amarillas mientras un payaso le muerde el cuello a una mujer.

La mujer grita, excitada, mientras el hombre que camina los mira apenado y llora su irascibilidad. El payaso guiña un ojo, mientras un cielo negro rompe a llover destrozando la oscuridad con un rayo que deslumbra y parte un tronco, ya seco, en dos.

Un cuervo ríe.

Las moscas se arrebollan en un montón de mierda mientras provocan un molesto sonido que se clava en el cerebro del hombre.

Un cuervo emite un desagradable sonido, demasiado parecido a una risa.

Hoy voy ganando, ayer perdí.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Caballos que vuelan

10-11-2014                                                                                18:42

El mundo ha vuelto a caerse sobre mí. Ha sido de pronto, sin aviso, una losa dentro que ha golpeado mi ser. Y luego, no sé, unas buenas ganas de beber, más ganas de desaparecer, y algunas de morir, y de seguir bebiendo.

A veces pienso en lo que pensaré cuando vuelva a leer esto, si seré feliz, si me reiré pensando en lo dramático que era, y en cómo exageraba lo que ahora siento con tanto dolor, esta imposibilidad de ser feliz.

No lo sé, pero sí que sé que aún falta mucho para eso. Quizás ya ni tenga este cuaderno para entonces.

Aquel día me destrozaste del todo. ¿Qué me has hecho?

Chor.

domingo, 2 de noviembre de 2014

La niebla del jueves

Necesaria.
Para mí, esta canción es necesaria
Todo el mundo me dice: "¿para qué?
Si ella nunca, ya nunca va a volver"
Y por eso, les llevo la contraria
y por eso me vuelvo del revés.

Antonio salió un poco desconcertado de aquella cama, de aquella casa, de aquel portal que olían a doce del mediodía, a comida familiar de domingo, a familia, a una vida quizás más alejada de lo que pensaba que era la suya. Hacía sol en la calle. Era la una del mediodía de un viernes de abril, quizás incluso fuera Viernes Santo. Antonio salió a la calle encendiendo con su mechero oxidado un cigarrillo liado con las migas de un paquete de tabaco que había encontrado en el bolsillo de su pantalón y, aspirando esa primera calada tan salada, tan amarga y redentora, intentó pensar en la noche de jueves que le había llevado a un viernes perdido en un barrio lejano, a una casa lejana, a una mujer demasiado cercana, de nuevo.

Todo empezó cuando empezó a sonar en el bar "Mis problemas con las mujeres" y el Loco se dejó la presencia y la voz como siempre en la grabación del Tropicana. La mente divagó, y con la mente, el alcohol y la raya de coca en el baño y el abrazo de María la mulata que trabajaba de camarera los jueves, viernes y sábados y a la que una vez le dijo demasiado borracho que estaba enamorado de ella.

Antonio salió a la calle aquel viernes preguntándose qué había pasado después del abrazo de María y no consiguió acordarse. Se acordaba del taxi con Marina, de los besos en el portal de siempre, de follar, del vacío que sintió antes de dormir, cuando Marina ya respiraba lentamente a su lado y él buscaba sin encontrarlo el resto de porro que se había guardado en la cartera hacía un par de horas.

Recordaba todo eso, y realmente no necesitaba recordar nada más. Luego se quedó dormido de golpe y cuando despertó Marina seguía durmiendo. Con cuidado salió de la cama, se vistió y encontró el paquete de tabaco tirado en el suelo. Luego se lió el cigarro y cerró la puerta de la casa de Marina de un portazo con la esperanza de despertarla y obligarla a salir corriendo a buscarle, pero eso no pasó.

Salió desconcertado de aquel portal con olor a guiso de domingo, se encendió el cigarro, y ni siquiera se dio cuenta de que llevaba la camiseta del revés mientras pensaba en los recuerdos y en la niebla de un jueves cualquiera.