miércoles, 27 de abril de 2016

No pienses que toda la realidad es una fantasía

"Mierda, debo estar muy borracho" pensé cuando vi a aquellos dos payasos fumando y mirándome a quince metros de distancia. Uno vestía de amarillo y el otro de morado. "Colores complementarios, hace falta ser GILIPOLLAS". Caminé hacia ellos tropezando, intentando mantener la compostura, oliendo el hedor a alcohol que despedía mi sudor y mi aliento y sonriendo al acercarme.
-Señor, no debería estar aquí, es peligroso -me dijo el payaso de morado.
-Vete al demonio.
Intenté pegarle un puñetazo, pero el puño cayó en el olvido, en la nada, y de golpe me desperté sobre un suelo de arena y piedras con la espalda dolorida, observando a pocos metros de distancia a un elefante dentro de una jaula. Eché un trago a la petaca y acercándome las manos a la nariz, hice la burla a aquel animal simulando tener una trompa moviendo la lengua como un niño de seis años.
-¡Fracasado! -le grité a la bestia que me miraba indiferente. Después eché a reír como un desquiciado y anduve por aquella especie de parque vacío lleno de caravanas.

A los quince minutos el cielo se había puesto de un color verde purpúreo, como si hubiera sido cubierto por un manto de plantas venenosas. Mis tripas rugían y volví al lugar donde poco antes había encontrado a los payasos con al intención de pedirles algo de comer, pero ya no los encontré. En su lugar, encontré dos setas, una amarilla y otra morada, que arranqué del suelo y engullí. Sabían a mierda, pero me forcé a tragarlas con ayuda de la petaca. "De aquí al infierno". 

Empezó a llover y pensé en refugiarme. Escogí una caravana no muy grande, verde, del mismo color que el agua que caía sobre mi sombrero roto. Entré sin llamar, quitándome el sombrero y la cazadora y cagándome en dios, gritando si había alguien ahí dentro. Apareció una mujer gorda cubierta únicamente por una bata de seda roja, su pelo largo y negro recogido en una coleta y con una barba de al menos 3 meses.
-¿Quién eres tú? -me preguntó.
Le aconsejé que se afeitara y formara una buena familia cristiana. Me dijo que entonces perdería su trabajo.
-¿Tienes el vello púbico tan largo como el de la cara?
-Mi vello no es público -me contestó.


De pronto, me di cuenta de que en un descuido de mi paseo borracho, me había metido en un parque de caravanas donde estaban viviendo los trabajadores del circo. Me di cuenta después de una hora, después de haber adjudicado a visiones etílicas la aparición de dos payasos que me habían gritado que no debía estar allí, después de haberle hecho la burla a un elefante y haberme acostado con la mujer barbuda tras una charla incoherente sobre su vello público. Fue entonces, de pronto, al salir de su caravana subiéndome la bragueta y buscando un botellín de cerveza a medias por los alrededores cuando me di cuenta de que a pesar de lo borracho que iba, mi alrededor era esperpéntico más allá de lo que mi delirio alcohólico creara en mi mente. "Es perfecto", pensé en un momento de lucidez, "estar rodeado de este mundo irreal y jodido constantemente". Volví a meter mi cabeza en la caravana de la mujer barbuda y le grité si buscaban trabajador. Me mandó a hablar con un señor dos caravanas más a la derecha, y me dijo que antes me pusiera algo de perfume porque apestaba demasiado a alcohol como para conseguir ningún tipo de trabajo. Yo le di otro trago a la petaca sabiendo que no quedaba una sola gota y me dirigí a aquella caravana enorme y roja, la más grande de todo el parque. Me echó a patadas poco después, cuando le dije que quería cobrar un diez por ciento extra si en aquel circo de mierda no había enanos saltarines.


lunes, 29 de febrero de 2016

Caos segundo

Lo primero que hizo fue lanzarme un estuche lleno de bolígrafos y rotuladores desde el marco de la puerta, entre lágrimas y gritando insultos que no escuché, preocupado por salvar la poca ginebra que me quedaba en el vaso. La puta ginebra que no me gusta pero que era el único refugio que tenía en aquella casa desconocida. Ya hace un mes de todo esto, un mes negro, del que apenas recuerdo nada que no sea pedir otro vaso en un garito oscuro, y es ahora cuando empiezo a ver las cosas con algo de claridad. Después de tirarme el estuche, se lanzó ella sobre mí, dando puñetazos a ciegas, intentando acertarme en alguna parte de mi cuerpo para que me doliera lo mismo que a ella le dolía el corazón, pero eso era imposible. Pocas cosas me duelen ya.

Conseguí calmarla dándole un absurdo abrazo mientras ella se apoyaba en mi hombro sin dejar de llorar. "Por qué me has hecho esto", "no lo sé, no lo recuerdo". Nuestra conversación era confusa, llena de preguntas cortas y respuestas aún más cortas, mientras veía como mi tabaco y la poca ginebra del vaso se apagaban poco a poco, desinteresado en lo que me decía y en lo que yo contestaba, hasta que vi como sacaba una botella de whisky medio vacía de detrás del agujero de un rodapié de su habitación, se servía un vaso y se lo bebía a sorbos pequeños, dejando en el vaso el poco pintalabios que le quedaba de la noche anterior. Pareció que se calmaba. "Eres un gilipollas", dijo mientras me servía un vaso con lo que quedaba en la botella y me daba un cigarro arrugado. Encendí el cigarro mirándola a los ojos en silencio. Me dijo alguna chorrada. Que quería que me fuera, que yo le había vuelto a destrozar la vida como yo solo sé hacerlo, que no podía creer que hubiera caído en mí de nuevo, que no podía creer que hubiera engañado a no se quién. "Te has pasado la vida engañando a la gente, no sé de qué te sorprendes", reí. Me pegó una bofetada y reí más fuerte aún mientras apuraba el vaso y me levantaba. Se quedó en el sofá entre lágrimas mientras yo me ponía el abrigo y apagaba la colilla en su vaso medio lleno. "No te vayas" murmuró. Yo reí de nuevo.

Luego hicimos el amor, pero creo que esa es otra historia.

miércoles, 27 de enero de 2016

Caos

Apenas se escucha el silencio, si acaso eso es posible. De vez en cuando se oye el roce de un brazo contra la sábana húmeda o una respiración leve que lucha por sobrevivir en el cuarto que apenas veo y que desconozco por completo. No sé dónde estoy. No tengo ni idea.

Tengo los ojos abiertos e intento moverme lo menos posible. Tengo miedo e intento recordar lo que hice anoche, pero es imposible con este dolor de cabeza que me atenaza y esta incertidumbre por saber a quién tengo a mi lado. Me incorporo un poco, lo más mínimo, y busco por la ventana algún punto de referencia en la ciudad que pueda ayudarme a ubicar la casa, a la mujer que duerme a mi lado con la cara entre las sombras, a mi presencia silenciosa en esta habitación tan oscura, pero la ventana da a un patio interior lleno de plantas trepadoras moradas que crecen en zigzag.

Me he levantado sin despertarla y he investigado entre sus cosas. Tiene un gato negro, y en todos los cuadernos apunta su nombre en la primera hoja con una letra redonda y demasiado pulcra para todo el caos que reina en este salón. En la mesa hay un paquete de tabaco y un cenicero con 17 colillas apagadas, una botella de ginebra en la que apenas queda nada y dos vasos vacíos. Aprovecho lo poco que queda en la botella y me lo sirvo en un vaso con agua que encuentro en una cocina que huele a aceite quemado.

Joder, es ella. La he visto en una foto al sentarme en el sofá con el vaso medio vacío fumando un cigarro que he encontrado debajo de la mesa del salón. Es ella y hacía años que no la veía. Lo primero que pienso es en marcharme y rezar para que ella tampoco recuerde nada de la noche, pero no lo hago. En cambio me quedo fumando en el sofá mirando la foto fijamente, intentando apreciar lo que ha cambiado su cara en todos los años que no la he visto. Ha aparecido por la puerta justo cuando estaba echando el humo de una calada, y ha parecido una visión de una vieja película de los años veinte. Lleva puesta mi camiseta y nada más. Nos hemos quedado mirando fijamente unos segundos sin decir nada, yo fumando, ella apoyada en el marco de la puerta.

Luego hemos hecho el amor, pero creo que esa es otra historia.

domingo, 17 de enero de 2016

Bendita ruina



La veo desde lejos, en mitad de la tormenta, caminando rápido mientras conversa por teléfono con una persona que no conoce. A veces se ríe, y cuando la lluvia arrecia se esconde en un portal a esperar que pase. Va sola, hace frío y parece cansada. Llevo buscándola dos días, desde que llegué a esta ciudad desconocida buscándola a ella, tan desconocida o más que la ciudad, sin un propósito consciente ni una idea clara en la cabeza. Ahora la observo desde lejos sin atreverme a acercarme y tocar su espalda, con miedo a que cuando se gire compruebe en su cara mis peores temores, quizá no quiera verme o, peor, quizá no me reconozca y pueda comprobarlo en sus pupilas reflejando mi imagen, la imagen de un hombre que no seré yo, que ni yo mismo reconoceré.


Horas después la llamo desde mi habitación del hotel y hablo con ella, como tantas otras veces, de cosas que normalmente no recuerdo segundos después de colgar, como si la dulzura de su voz o el whisky de mi vaso crearan de golpe un agujero de gusano en mi cabeza y los recuerdos sobre ella se mezclaran sin orden, volviéndolo todo una bendita ruina. Me pregunta cuándo la iré a visitar y le digo que quizá pronto, me despido, cuelgo el teléfono y estallo el vaso de whisky en la pared de mi cuarto de hotel.


Cuando vuelvo a salir a la calle ya no llueve, y un taxi del que sale una melodía de blues y una voz rota cantándola para frente a mí. El taxista me sonríe desde dentro con la ventanilla bajada, sus ojos amarillos me miran directos a mis pupilas. Tiro el cigarro y susurro su dirección al oído del taxista.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Que vaya por delante

Que vaya por delante que me gustan locas. Atormentadas, destructivas. Que vayan por delante los problemas, los ojos profundos, el alcohol, duro, y el tabaco rubio, como la cerveza y el pelo. Que vayan por delante las noches de espaldas sudadas y ventanas abiertas por donde entren la lluvia y el viento a quejarse del ruido.








Bebe un poco y enciende un cigarro. El Tropicana está semivacío y Lucrecia bebe un poco y enciende un cigarro mientras le dice al camarero que se vayan a la mierda él y sus problemas con las mujeres. Bajo del escenario y dejo la trompeta en una silla vacía mientras me acerco a ella y la rodeo con mis brazos por la cintura. Huele a una mezcla entre whisky, opio y barra de labios barata, huele como una canción de los Doors. Huele como si Jim Morrison la hubiera bautizado con su semen al nacer, y todo se hubiera quedado en el olor de su pelo.


Me murmura al oído lo mal que he tocado esta noche.






Que vaya por delante que la quiero porque le gusta pegarme cuando nos acostamos de madrugada al volver del Tropicana.


Que vaya por delante que la quiero porque está loca.

lunes, 13 de julio de 2015

Carta de auxilio


Querida Karen,
                        Si estas leyendo esto quiere decir que he encontrado el valor para mandártelo. ¡Bien por mí! No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir. Pero esto, es lo más difícil que he tenido que escribir nunca.
No existe una manera fácil de decirlo, así que simplemente lo diré: he conocido a alguien. Fue una casualidad. Yo no lo estaba buscando. No lo planee. Fue la tormenta perfecta. Ella dijo una cosa, yo dije otra; cuando me di cuenta quería pasar el resto de mi vida en mitad de aquella conversación.
Ahora tengo la sensación en mis entrañas de que puede ser ella. Esta completamente loca. De una forma que me hace sonreír. Extremadamente neurótica. Y exige un mantenimiento exhaustivo.
Ella eres tú Karen, esa es la buena noticia. La mala es que no se como estar contigo ahora. Me acojona. Porque si no estoy contigo inmediatamente, tengo la sensación de que nos perderemos ahí fuera. Este es un mundo enorme y malo, lleno de vueltas y recovecos y basta con parpadear para que desaparezca el momento. El momento que pudo cambiarlo todo.
No se lo que haya entre nosotros y no puedo decirte porque habrías de saltar al vació por alguien como yo. Pero hueles tan bien. Como el hogar. Y haces un café excelente. Eso también es importante, ¿verdad?
Llámame.



Infielmente tuyo,



Hank Moody

lunes, 13 de abril de 2015

Viejas fotografías

Veo el momento difuminado en la memoria, a pesar de las pocas horas que han pasado desde entonces. Como si el agua de la ducha que me caía por la cabeza nublara mis sentidos.  Una voz desde la lejanía me ha advertido "Te lo dejo en la mesa", y en el acto he sabido qué era, he sabido que tus letras, que tus postales, que tus recuerdos inmemoriales no se matan tan fácilmente. Estaba arrugada y rota por una esquina, los sellos medio despegados, y la tinta se ha corrido en una parte en la que se ha caído una gota de mi pelo mojado.

Mi primera reacción ha sido no leerla, arrugarla con odio en mis manos y tirarla a la basura sin prestarle más atención que ese par de segundos, suficientes, al fin y al cabo, para terminar de joderme la tarde, o la mañana o la noche, o lo que quiera que fuera el momento, pero luego la he sopesado en las manos, y me he echado a reír, porque ya sabía lo que ponía sin necesidad de leerlo.

Nos conocemos demasiado bien.

Otra vez a volvernos del revés
a olvidarte otra vez en cada esquina.

Luego la he guardado en uno de los cajones del escritorio, no sé ni cual, y me ha faltado un paquete de tabaco para fumarme un cigarro pensando en tus recuerdos.

Bailando entre las ruinas
por desamor al arte
de regarte las plantas de los pies.