Este es el enésimo último cigarro que me fumo y esta vez es de verdad porque ya no me queda tabaco y son las tres de la mañana. He desperdiciado la noche haciendo figuras de papel mal plegadas, deseando a hurtadillas ir al armario del salón y robarle a mi compañero de piso la botella que guarda para sus desayunos y probar el amargor de ese whisky que dice que tan bien le sienta.
A menudo me habla borracho, en el salón, con el vaso de whisky más barato del supermercado (distinto al del desayuno), y me cuesta seguir sus diatribas, sus constantes problemas, con las mujeres, con la vida, constantemente empeñado en lo poco que merece la pena vivir bien, y en lo mucho que merece la pena morir mal. Otras veces, cuando no está, como esta noche, lo entiendo a la perfección, y me imagino siendo incapaz de mantener mi relación, de despertarme por las mañanas para ir al trabajo, de mantenerme fuerte en los pensamientos obligatorios de que todo irá bien, y me tengo que poner a hacer papiroflexia bajo la luz del flexo del escritorio que a veces parpadea pidiendo a gritos dormir.
Estas noches, en las que el viento apenas hace ruido en la calle, y la niebla de diciembre por fin ha venido a oscurecer los pocos restos luminosos que quedan de la primavera, él apenas aparece por casa, se pasa las noches fuera, y nunca cuenta lo que hace. Llega de madrugada, oliendo a tabaco y flujo, y se queda mirando su reflejo en el espejo unos minutos antes de decidir ir a meterse en su cuarto y tumbarse en la cama a terminar otro día de mierda.
Ha llegado hace un rato. Ya he oído sus pasos dirigirse hacia la habitación, más vacía que él mismo, y me pregunto si esta noche podrá ahogar sus sollozos en la almohada o no podrá impedirlo, y tendré que volver a pasar una noche en vela, preguntándome si no debería ir con él y preguntarle qué le pasa, o simplemente pedirle por favor que no haga tanto ruido con sus lágrimas.
Pero poco a poco, tumbado en la cama, voy cerrando los ojos, y en un último suspiro consciente, le ruego a mi cerebro que hoy no me haga soñar conmigo.
martes, 13 de diciembre de 2016
lunes, 14 de noviembre de 2016
Dicen que hay una luna enorme pero yo la veo más pequeña que la luz de tus ojos
Me quité la luz de encima en cuanto tuve ocasión, es un aura que no me pertenece y bajo la que me siento muy incómodo, que no sé manipular a mi antojo, pero aquella vez fue difícil.
Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.
De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.
Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.
Lo primero que dije fue que ansiaba ver una vida huyendo de un ser humano. Ver morir un cuerpo, vejarlo hasta la saciedad. Luego dije que me gustaba beber, estar triste, escribir en ocasiones cosas que no tienen sentido de forma, ni de ser y, poco a poco, iba bebiendo más, iba sintiéndome más yo, iba diciendo más sandeces tristes queriendo creer reales y llenas de fundamento y deseo.
De alguna manera, fue la luz de tus ojos el principio del problema, y un añadido las doce latas de cerveza y los dos chupitos de whisky, el cigarro con restos de marihuana que guardaba en el doble bolsillo del abrigo, aquel tipo que no sabía tocar la guitarra, y tu maldita insistencia en escuchar lo que decía, como si te interesaran de verdad todas las palabras que decía o los pensamientos en voz alta que soltaba sin querer.
Y entonces vi tu luz. No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el momento en el que me di cuenta, simplemente lo sé.
jueves, 27 de octubre de 2016
Espinas y fotos
Te he sentido encogerte desnuda bajo mis brazos, soltar la
respiración y coger aire de nuevo, hacerte pequeña bajo esas sábanas,
soltar sudor junto a mí. Te he sentido acariciar mis pies con los tuyos
mientras yo besaba tu cuello, y te he querido más que nunca, como si de
verdad estuviéramos tan solos en el mundo como lo estamos en esa casa
tan llena de todo, tan llena de presencias y recuerdos, de risas, de
gritos, de dolor.
He sentido la
necesidad imperiosa de escribir y me he levantado en la oscuridad,
intentando no despertarte, palpando los muebles como si apenas conociera
esa casa y esa oscuridad, como si no la hubiera palpado e incluso
mordido tantas veces, igual que ahora, desnudo en la noche, con los pies
contra el suelo frío, helado, sentado sin más en el sofá, escuchando de
lejos tu respiración entrecortada a lo lejos.
Cuando
por fin he encontrado una hoja y un bolígrafo morado me he sentado en
el suelo, apoyando la espalda en la pared, encendiendo la luz del
pasillo para no despertarte, tan lejana, soñando con quién sabe qué, o
quién, o dónde, y me he puesto a escribir todo esto, sin saber muy bien
por qué, queriéndote tanto, muriéndome tanto.
Creo
que me he echado una cabezada aquí sentado en el suelo, y me he
despertado tiritando del frío, temiendo que estuvieras al principio del
pasillo mirándome desde ahí en silencio, preguntándote qué hago ahí y
por qué no estoy contigo, intentando comprenderme, como si fuera posible
comprenderme, como si pudieras, o pudiera yo mismo explicar los pasos
que doy poco a poco, como si fuera fácil elegir.
Es
ahora cuando echo en falta de nuevo mis brazos rodeando tu cuerpo
desnudo, acariciando tu pecho y besando tu pelo mientras duermes,
mientras eres ajena a todo, quiero pensar que algo más feliz que cuando
no estoy ahí. Pero éso quién lo sabe. Voy a guardarme este papel en el
bolsillo de la chaqueta y a volver contigo, a aprovechar el tiempo que
me prestas. A besarte hasta que quieras matarme de nuevo.
sábado, 15 de octubre de 2016
Dedicatoria fuera de lugar
"No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a
repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo
más difícil que he tenido que escribir nunca".
Hank Moody
Me he puesto música triste para escribir, porque hay muchas cosas que me gustaría decirte. Algunas desde el dolor (cómo si no voy a ser yo), pero la mayor parte no. La mayor parte de esas cosas vienen de otra parte, otra parte de mí que hacía más de cinco años que no visitaba, que yo mismo había ahogado en muchas noches olvidables y olvidadas y que pensaba que no recuperaría.
Todas esas cosas me da miedo decírtelas, quizá porque significarían mi propia perdición mental, o quizá porque tengo miedo de que al oírlas te asustes y te alejes de mí todavía más. A veces las escribo en un papel o en mi libreta de caballos dorados y arranco las hojas y las rompo en mil trozos con odio y cobardía, o las quemo, intentando olvidarme de ellas, y continúo fingiendo que no existen, o que no me afectan tanto como realmente lo hacen.
Esas cosas pueden resumirse en una sonrisa permanente que no me atrevo a mostrar, en un dibujo colgado en mi pared, en un café con leche por la mañana. En estar contigo y sentir tu olor pegado al mío, en morder una nariz de roedor, en tatuarme escarabajos en el pecho. Incluso en fumarme un cigarro en silencio mirando a cualquier parte que no sean tus ojos, porque entonces habría estado perdido.
Me has ayudado, más de lo que piensas, a salir de un universo en el que me encontraba demasiado a gusto con la oscuridad y tristeza que me rodeaba, autocompadeciendome en cada dolor y en cada vaso vacío.
Gracias, por ser como eres, por ser quien eres, por ser tú.
Feliz cumpleaños, muy tarde.
lunes, 10 de octubre de 2016
Lamento de otoño
En una pequeña caja dentro de un cajón del interior de su armario, guarda una fotografía quemada por el tiempo, la luz y la memoria. La fotografía habla de otro tiempo lejano, que apenas su memoria recuerda y que tampoco le conviene recordar, un tiempo en el que el sonido de la trompeta no desquiciaba sus nervios ni la hacía llorar por las noches.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
No ha visto la fotografía desde hace mucho tiempo, he podido comprobarlo cuando ha entrado en la habitación y me ha encontrado observando el papel blanco y negro desgastado. Se ha quedado quieta en el marco de la puerta, con los ojos tremendamente abiertos y el nudo de la bata medio deshecho, mostrando su cuerpo mojado después de una ducha innecesaria, y con la boca abierta intentando decir alguna palabra.
En primer lugar he pensado que debería haberme dado cuenta de que venía, hace rato que no se oye correr el agua de la ducha, y los dos bien sabemos que cada paso en esas escaleras se oye en cada rincón de la casa, pero estaba ensimismado en la fotografía, en lo que puede llegar a habitar en una imagen tan antigua y tan joven, tan real y tan lejana.
Le he murmurado una disculpa en voz baja, realmente arrepentido, pero ella ha seguido callada y en silencio hasta que se ha acercado a mi lentamente y poniendo sus labios en mi oreja me ha susurrado "Destrózala. Destrózala".
La ingente cantidad de preguntas que se agolpan en mi cerebro en ese instante consigue que no haga ninguna, abrumado por la situación, con la fotografía todavía en la mano deseando cumplir el deseo que ella me ha susurrado y dejar la fotografía hecha añicos en un vaso para después poder quemar los restos y no volver a verla jamás, pero yo se que no soy quién para destrozar la foto ni cambiarle la vida a ella.
Así que cierro la caja, el cajón y el armario.
Y en este lunes de otoño, lamento que ya no volveré a verla.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Bote salvavidas para un día incierto
Me he despertado de golpe, sin poder moverme. Al abrir los ojos todo ha sido nuevo, inesperado, y excesivamente absurdo para querer o intentar comprenderlo. Esta cama tan pequeña, estas sábanas tan blancas, este olor tan limpio. He intentado darme la vuelta y volver a dormir sin ningún ánimo de entender absolutamente nada, pero he descubierto con sorpresa que mis manos y mis pies están atados con correas de un plástico blanco a los metales de esta jodida camilla. Y he intentado recordar.
Estoy encerrado en estas cuatro paredes sin ningún recuerdo salvo tu nombre y mi ansiedad.
Silencio. Eso es todo lo que logro recordar. Me aferro a las seis letras de tu nombre como si tuvieran algún sentido, intento gritarlo esperando obtener alguna respuesta, pero lo único que logro es un eco que me transporta a un pasado en esta oscuridad que me envuelve y no deja de penetrarme.
Me arrastro a cuatro patas por cada recodo de esta celda y descubro, en el centro de la habitación, un pequeño agujero de un metro de diámetro. Apenas me detengo a pensar en él. Sigo la inspección y cerca del lugar donde hace milenios que oriné un paquete de tabaco con tres cigarros y un mechero dentro me esperan gritando auxilio. En media milésima de segundo me permito darle las gracias a mi carcelero anónimo. En otra milésima tengo encendido el primer cigarro y aspiro profundamente un cáncer que no llega, y es justo entonces, en ese momento, cuando mi cerebro consigue recordar algo.
Tus jodidos ojos ardiendo mirándome.
Tu voz diciendo "sabes a tabaco". Tiro el cigarro al suelo, piso el paquete, lanzo el mechero por el agujero de la celda y me pongo en posición fetal pidiendo socorro lastimosamente. Siento que las horas pasan, que los minutos pasan, que los mundos pasan, y cada vez que cojo los cigarros pisados una y otra vez a lo largo de los años, cada vez que me arrepiento de haber tirado el mechero a ese vacío al que no me atrevo a lanzarme yo mismo, recuerdo.
La tranquilidad que sabes transmitir.
Es, justo entonces, cuando sale tu voz del agujero. Es, justo entonces, cuando me tiro. Es, justo entonces, cuando despierto en este hospital.
martes, 7 de junio de 2016
Siempre con miedo
He construido castillos en la arena
tan hermosos que me conformaría
con que las olas de mis penas los derribaran,
y así poder dormir en sus ruinas.
Me miras desde arriba con una sonrisa que no se interpretar. Noto tus manos en mi espalda y yo solo espero el filo de la navaja entrando entre mis costillas, pero el dolor y la luz no llegan, solo llegan tus labios, y yo siento miedo. Miedo al vacío, miedo a sentirme solo, miedo a volver a sentir el humo de un cigarro machacando mis pulmones una vez más. Miedo a cualquier cosa que me transmita que ya no volveremos a vernos.
Junio.
Julio.
Agosto.
Septiembre.
Octubre.
La frase surge de tus labios como el cuchillo que tanto esperaba hace unos meses. Me giro en la cama para poder mirarte a los ojos, improvisando la respuesta a una pregunta que llevo semanas haciéndome yo mismo:
"¿Qué estamos haciendo?"
"Nadar a contracorriente"
Qué estupidez. No parece haberte hecho gracia, y me veo incorporándome poco a poco, preparando mi cabeza para, por fin, esta conversación. Alargo los segundos poniéndome el calzoncillo, yendo a la cocina a por agua, mirando tus rizos cayendo sobre tu espalda al darte la vuelta enfadada. Intento morderte la cintura, tumbarme sobre ti, pero tú ya no estás. Hace meses que no estás.
Creo que te fuiste lejos y ya jamás volviste.
tan hermosos que me conformaría
con que las olas de mis penas los derribaran,
y así poder dormir en sus ruinas.
Me miras desde arriba con una sonrisa que no se interpretar. Noto tus manos en mi espalda y yo solo espero el filo de la navaja entrando entre mis costillas, pero el dolor y la luz no llegan, solo llegan tus labios, y yo siento miedo. Miedo al vacío, miedo a sentirme solo, miedo a volver a sentir el humo de un cigarro machacando mis pulmones una vez más. Miedo a cualquier cosa que me transmita que ya no volveremos a vernos.
Junio.
Julio.
Agosto.
Septiembre.
Octubre.
La frase surge de tus labios como el cuchillo que tanto esperaba hace unos meses. Me giro en la cama para poder mirarte a los ojos, improvisando la respuesta a una pregunta que llevo semanas haciéndome yo mismo:
"¿Qué estamos haciendo?"
"Nadar a contracorriente"
Qué estupidez. No parece haberte hecho gracia, y me veo incorporándome poco a poco, preparando mi cabeza para, por fin, esta conversación. Alargo los segundos poniéndome el calzoncillo, yendo a la cocina a por agua, mirando tus rizos cayendo sobre tu espalda al darte la vuelta enfadada. Intento morderte la cintura, tumbarme sobre ti, pero tú ya no estás. Hace meses que no estás.
Creo que te fuiste lejos y ya jamás volviste.
miércoles, 1 de junio de 2016
Capricho de invierno
Me sumergí de golpe en aquella mirada sin haberlo pretendido. Fue como caer en un pozo infinito, la gravedad no existió. Bajé mis pestañas y no hubo nada más ojos que los tuyos en aquella oscuridad profunda e inacabable, como la única luz de un asteroide cayendo sobre mi tierra, marcándome el rumbo. Luego desperté.
Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.
Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.
Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.
Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.
Se ríe.
Ariadna camina sumida en sus pensamientos bajo la lluvia de Nepal. Las paredes la acogen mientras yo estoy aquí pensando en su figura volviendo a esta habitación fría, sin nada con lo que llenar mi garganta salvo una sopa fría que no puedo calentar en ningún lado, mirando cada tac del reloj esperándola, vacío y solo, deseando un trago que haga arder mi estómago y me haga doler la vida mañana. Pero ella no llega, y yo sigo esperando.
Dos horas después vuelvo a despertarme. La cama sigue vacía. Mi cabeza da vueltas.
Se oye el sonido de un gallo. Ha amanecido. La veo a mi lado, envuelta en las sábanas moviéndose perezosa golpeando mi pecho con su mano mientras mi sudor cae lentamente por mi frente y las moscas rodean la cama. La empujo e intento dormirme, pero es imposible, hace noches que ya no duermo bien. Miro mi reflejo en el espejo del baño y me lavo los restos de pintalabios que tengo en la mejilla por un beso en la noche que ya no recuerdo.
Salgo a la calle y un indo que observa el horizonte se gira y clava su mirada en mis pupilas.
Se ríe.
jueves, 26 de mayo de 2016
Incertidumbre onírica
He tenido que salir antes del trabajo cuando he sentido la
ansiedad en la garganta, amordazando mis ganas de respirar y de vivir. Me he
levantado de golpe de la silla, y sin mirar a ninguno de esos insectos gafudos
que trabajan conmigo, he salido a trompicones, agarrándome el cuello con mi
mano derecha y sacando el paquete de tabaco del bolsillo del pantalón con la
izquierda. Una vez en la calle me he echado a reír a carcajadas mientras me
sentaba frente a la ventana de la oficina a fumar lentamente el cigarro,
decidiendo cuál iba a ser mi destino esta tarde.
He pasado por tres bares que me esperaban abiertos, con
grandes letreros en los que había letras que no sabía ordenar y al mirar hacia
adentro todos los clientes eran hombres con barba y una gran tripa que llenaban
con whisky, todos y cada uno de ellos mirándome desde dentro mientras sonreían
aceptando mi derrota y sabiendo que yo iba a acabar entrando. Pero finalmente
lo he conseguido, he metido el sudor frío de mi espalda de nuevo dentro de mi
organismo, y he pasado de largo, sin saber muy bien por qué. En el segundo bar
incluso he oído gritos de voces destrozadas preguntándome a dónde demonios me
iba. Creo que incluso he contestado murmurando que no lo sabía.
He seguido perdido, andando y fumando. Andando y fumando. He
pisado calles que jamás habían existido en mi realidad, y de pronto he
observado tu figura desde lejos, sentada en un banco pensativa, y me he
escondido tras un arbusto por miedo a que me vieras, tan sobrio, tan perdido,
tan real. Ha comenzado a sonar una trompeta con sordina mal tocada, como si las
teclas fueran presionadas sin ganas, con una nariz en lugar de con dedos, y me
he ido acercando a ti, poco a poco, sin dejar de ocultarme por arbustos o por
la oscuridad morada que envolvía esta parte de ciudad desconocida.
Me he dado cuenta, cuando estaba a menos de veinte
centímetros de tu nariz, que hacía rato que me habías descubierto y de los
nervios te he arrancado la lata de cerveza que tenías en la mano y me la he
bebido de trago, mientras pensaba en cómo saludarte. He decidido que lo mejor
era darte un beso y salir pitando de ahí, avergonzado y sintiéndome ridículo
por tocar tan mal la trompeta, pero antes de que me diera tiempo de echar a
correr, en mitad del beso, me has agarrado de la cabeza y ya no he podido
escapar de ti, me he visto atrapado en las plantas trepadoras de tus dedos, he
sentido como me envolvían unos dedos invisibles y demasiado largos y he vuelto
a sentir la presión en la garganta, mientras tú revolvías mi pelo y yo deseaba
que el beso no terminara jamás porque no sabría cómo mirarte a la cara
entonces.
Las cosas duran lo que tienen que durar. Normalmente, más de lo debido.
Cuando he abierto los ojos habías desaparecido, solo me has dejado
en el banco la lata vacía. Ahora he decidido dejar de pensar en ti, al menos durante unas horas. Al menos no he tenido que pensar una despedida mal
conjugada.
domingo, 15 de mayo de 2016
La felicidad está al alcance de la mano (microcuento surgido en un autobús)
Hank era la persona más triste que he conocido jamás. Vivimos juntos un tiempo, y uno de esos días entró por la puerta borracho y apestando a tabaco. Cuando llegó al salón donde yo estaba bebiendo whisky, se puso a cantar y a bailar.
-¡Amigo! Parece que las cosas empiezan a cambiar- me dijo sin dejar de bailar.
-¿Qué ha pasado?
-Me he acostado con una mujer.
-Sueles hacer eso bastante a menudo.
-Sí, pero esta vez es especial, es maravillosa, está loca, y hace un café excelente, y...
De pronto vio mi vaso en la mesa y se sentó muy serio en el sofá. Sin decir una palabra cogió mi vaso de whisky y se lo bebió de trago.
Nunca más oí hablar de aquella mujer.
-¡Amigo! Parece que las cosas empiezan a cambiar- me dijo sin dejar de bailar.
-¿Qué ha pasado?
-Me he acostado con una mujer.
-Sueles hacer eso bastante a menudo.
-Sí, pero esta vez es especial, es maravillosa, está loca, y hace un café excelente, y...
De pronto vio mi vaso en la mesa y se sentó muy serio en el sofá. Sin decir una palabra cogió mi vaso de whisky y se lo bebió de trago.
Nunca más oí hablar de aquella mujer.
miércoles, 27 de abril de 2016
No pienses que toda la realidad es una fantasía
"Mierda, debo estar muy borracho" pensé cuando vi a aquellos dos payasos fumando y mirándome a quince metros de distancia. Uno vestía de amarillo y el otro de morado. "Colores complementarios, hace falta ser GILIPOLLAS". Caminé hacia ellos tropezando, intentando mantener la compostura, oliendo el hedor a alcohol que despedía mi sudor y mi aliento y sonriendo al acercarme.
-Señor, no debería estar aquí, es peligroso -me dijo el payaso de morado.
-Vete al demonio.
Intenté pegarle un puñetazo, pero el puño cayó en el olvido, en la nada, y de golpe me desperté sobre un suelo de arena y piedras con la espalda dolorida, observando a pocos metros de distancia a un elefante dentro de una jaula. Eché un trago a la petaca y acercándome las manos a la nariz, hice la burla a aquel animal simulando tener una trompa moviendo la lengua como un niño de seis años.
-¡Fracasado! -le grité a la bestia que me miraba indiferente. Después eché a reír como un desquiciado y anduve por aquella especie de parque vacío lleno de caravanas.
A los quince minutos el cielo se había puesto de un color verde purpúreo, como si hubiera sido cubierto por un manto de plantas venenosas. Mis tripas rugían y volví al lugar donde poco antes había encontrado a los payasos con al intención de pedirles algo de comer, pero ya no los encontré. En su lugar, encontré dos setas, una amarilla y otra morada, que arranqué del suelo y engullí. Sabían a mierda, pero me forcé a tragarlas con ayuda de la petaca. "De aquí al infierno".
Empezó a llover y pensé en refugiarme. Escogí una caravana no muy grande, verde, del mismo color que el agua que caía sobre mi sombrero roto. Entré sin llamar, quitándome el sombrero y la cazadora y cagándome en dios, gritando si había alguien ahí dentro. Apareció una mujer gorda cubierta únicamente por una bata de seda roja, su pelo largo y negro recogido en una coleta y con una barba de al menos 3 meses.
-¿Quién eres tú? -me preguntó.
Le aconsejé que se afeitara y formara una buena familia cristiana. Me dijo que entonces perdería su trabajo.
-¿Tienes el vello púbico tan largo como el de la cara?
-Mi vello no es público -me contestó.
De pronto, me di cuenta de que en un descuido de mi paseo borracho, me había metido en un parque de caravanas donde estaban viviendo los trabajadores del circo. Me di cuenta después de una hora, después de haber adjudicado a visiones etílicas la aparición de dos payasos que me habían gritado que no debía estar allí, después de haberle hecho la burla a un elefante y haberme acostado con la mujer barbuda tras una charla incoherente sobre su vello público. Fue entonces, de pronto, al salir de su caravana subiéndome la bragueta y buscando un botellín de cerveza a medias por los alrededores cuando me di cuenta de que a pesar de lo borracho que iba, mi alrededor era esperpéntico más allá de lo que mi delirio alcohólico creara en mi mente. "Es perfecto", pensé en un momento de lucidez, "estar rodeado de este mundo irreal y jodido constantemente". Volví a meter mi cabeza en la caravana de la mujer barbuda y le grité si buscaban trabajador. Me mandó a hablar con un señor dos caravanas más a la derecha, y me dijo que antes me pusiera algo de perfume porque apestaba demasiado a alcohol como para conseguir ningún tipo de trabajo. Yo le di otro trago a la petaca sabiendo que no quedaba una sola gota y me dirigí a aquella caravana enorme y roja, la más grande de todo el parque. Me echó a patadas poco después, cuando le dije que quería cobrar un diez por ciento extra si en aquel circo de mierda no había enanos saltarines.
-Señor, no debería estar aquí, es peligroso -me dijo el payaso de morado.
-Vete al demonio.
Intenté pegarle un puñetazo, pero el puño cayó en el olvido, en la nada, y de golpe me desperté sobre un suelo de arena y piedras con la espalda dolorida, observando a pocos metros de distancia a un elefante dentro de una jaula. Eché un trago a la petaca y acercándome las manos a la nariz, hice la burla a aquel animal simulando tener una trompa moviendo la lengua como un niño de seis años.
-¡Fracasado! -le grité a la bestia que me miraba indiferente. Después eché a reír como un desquiciado y anduve por aquella especie de parque vacío lleno de caravanas.
A los quince minutos el cielo se había puesto de un color verde purpúreo, como si hubiera sido cubierto por un manto de plantas venenosas. Mis tripas rugían y volví al lugar donde poco antes había encontrado a los payasos con al intención de pedirles algo de comer, pero ya no los encontré. En su lugar, encontré dos setas, una amarilla y otra morada, que arranqué del suelo y engullí. Sabían a mierda, pero me forcé a tragarlas con ayuda de la petaca. "De aquí al infierno".
Empezó a llover y pensé en refugiarme. Escogí una caravana no muy grande, verde, del mismo color que el agua que caía sobre mi sombrero roto. Entré sin llamar, quitándome el sombrero y la cazadora y cagándome en dios, gritando si había alguien ahí dentro. Apareció una mujer gorda cubierta únicamente por una bata de seda roja, su pelo largo y negro recogido en una coleta y con una barba de al menos 3 meses.
-¿Quién eres tú? -me preguntó.
Le aconsejé que se afeitara y formara una buena familia cristiana. Me dijo que entonces perdería su trabajo.
-¿Tienes el vello púbico tan largo como el de la cara?
-Mi vello no es público -me contestó.
De pronto, me di cuenta de que en un descuido de mi paseo borracho, me había metido en un parque de caravanas donde estaban viviendo los trabajadores del circo. Me di cuenta después de una hora, después de haber adjudicado a visiones etílicas la aparición de dos payasos que me habían gritado que no debía estar allí, después de haberle hecho la burla a un elefante y haberme acostado con la mujer barbuda tras una charla incoherente sobre su vello público. Fue entonces, de pronto, al salir de su caravana subiéndome la bragueta y buscando un botellín de cerveza a medias por los alrededores cuando me di cuenta de que a pesar de lo borracho que iba, mi alrededor era esperpéntico más allá de lo que mi delirio alcohólico creara en mi mente. "Es perfecto", pensé en un momento de lucidez, "estar rodeado de este mundo irreal y jodido constantemente". Volví a meter mi cabeza en la caravana de la mujer barbuda y le grité si buscaban trabajador. Me mandó a hablar con un señor dos caravanas más a la derecha, y me dijo que antes me pusiera algo de perfume porque apestaba demasiado a alcohol como para conseguir ningún tipo de trabajo. Yo le di otro trago a la petaca sabiendo que no quedaba una sola gota y me dirigí a aquella caravana enorme y roja, la más grande de todo el parque. Me echó a patadas poco después, cuando le dije que quería cobrar un diez por ciento extra si en aquel circo de mierda no había enanos saltarines.
lunes, 29 de febrero de 2016
Caos segundo
Lo primero que hizo fue lanzarme un estuche lleno de bolígrafos y rotuladores desde el marco de la puerta, entre lágrimas y gritando insultos que no escuché, preocupado por salvar la poca ginebra que me quedaba en el vaso. La puta ginebra que no me gusta pero que era el único refugio que tenía en aquella casa desconocida. Ya hace un mes de todo esto, un mes negro, del que apenas recuerdo nada que no sea pedir otro vaso en un garito oscuro, y es ahora cuando empiezo a ver las cosas con algo de claridad. Después de tirarme el estuche, se lanzó ella sobre mí, dando puñetazos a ciegas, intentando acertarme en alguna parte de mi cuerpo para que me doliera lo mismo que a ella le dolía el corazón, pero eso era imposible. Pocas cosas me duelen ya.
Conseguí calmarla dándole un absurdo abrazo mientras ella se apoyaba en mi hombro sin dejar de llorar. "Por qué me has hecho esto", "no lo sé, no lo recuerdo". Nuestra conversación era confusa, llena de preguntas cortas y respuestas aún más cortas, mientras veía como mi tabaco y la poca ginebra del vaso se apagaban poco a poco, desinteresado en lo que me decía y en lo que yo contestaba, hasta que vi como sacaba una botella de whisky medio vacía de detrás del agujero de un rodapié de su habitación, se servía un vaso y se lo bebía a sorbos pequeños, dejando en el vaso el poco pintalabios que le quedaba de la noche anterior. Pareció que se calmaba. "Eres un gilipollas", dijo mientras me servía un vaso con lo que quedaba en la botella y me daba un cigarro arrugado. Encendí el cigarro mirándola a los ojos en silencio. Me dijo alguna chorrada. Que quería que me fuera, que yo le había vuelto a destrozar la vida como yo solo sé hacerlo, que no podía creer que hubiera caído en mí de nuevo, que no podía creer que hubiera engañado a no se quién. "Te has pasado la vida engañando a la gente, no sé de qué te sorprendes", reí. Me pegó una bofetada y reí más fuerte aún mientras apuraba el vaso y me levantaba. Se quedó en el sofá entre lágrimas mientras yo me ponía el abrigo y apagaba la colilla en su vaso medio lleno. "No te vayas" murmuró. Yo reí de nuevo.
Luego hicimos el amor, pero creo que esa es otra historia.
miércoles, 27 de enero de 2016
Caos
Apenas se escucha el silencio, si acaso eso es posible. De vez en cuando se oye el roce de un brazo contra la sábana húmeda o una respiración leve que lucha por sobrevivir en el cuarto que apenas veo y que desconozco por completo. No sé dónde estoy. No tengo ni idea.
Tengo los ojos abiertos e intento moverme lo menos posible. Tengo miedo e intento recordar lo que hice anoche, pero es imposible con este dolor de cabeza que me atenaza y esta incertidumbre por saber a quién tengo a mi lado. Me incorporo un poco, lo más mínimo, y busco por la ventana algún punto de referencia en la ciudad que pueda ayudarme a ubicar la casa, a la mujer que duerme a mi lado con la cara entre las sombras, a mi presencia silenciosa en esta habitación tan oscura, pero la ventana da a un patio interior lleno de plantas trepadoras moradas que crecen en zigzag.
Me he levantado sin despertarla y he investigado entre sus cosas. Tiene un gato negro, y en todos los cuadernos apunta su nombre en la primera hoja con una letra redonda y demasiado pulcra para todo el caos que reina en este salón. En la mesa hay un paquete de tabaco y un cenicero con 17 colillas apagadas, una botella de ginebra en la que apenas queda nada y dos vasos vacíos. Aprovecho lo poco que queda en la botella y me lo sirvo en un vaso con agua que encuentro en una cocina que huele a aceite quemado.
Joder, es ella. La he visto en una foto al sentarme en el sofá con el vaso medio vacío fumando un cigarro que he encontrado debajo de la mesa del salón. Es ella y hacía años que no la veía. Lo primero que pienso es en marcharme y rezar para que ella tampoco recuerde nada de la noche, pero no lo hago. En cambio me quedo fumando en el sofá mirando la foto fijamente, intentando apreciar lo que ha cambiado su cara en todos los años que no la he visto. Ha aparecido por la puerta justo cuando estaba echando el humo de una calada, y ha parecido una visión de una vieja película de los años veinte. Lleva puesta mi camiseta y nada más. Nos hemos quedado mirando fijamente unos segundos sin decir nada, yo fumando, ella apoyada en el marco de la puerta.
Luego hemos hecho el amor, pero creo que esa es otra historia.
Tengo los ojos abiertos e intento moverme lo menos posible. Tengo miedo e intento recordar lo que hice anoche, pero es imposible con este dolor de cabeza que me atenaza y esta incertidumbre por saber a quién tengo a mi lado. Me incorporo un poco, lo más mínimo, y busco por la ventana algún punto de referencia en la ciudad que pueda ayudarme a ubicar la casa, a la mujer que duerme a mi lado con la cara entre las sombras, a mi presencia silenciosa en esta habitación tan oscura, pero la ventana da a un patio interior lleno de plantas trepadoras moradas que crecen en zigzag.
Me he levantado sin despertarla y he investigado entre sus cosas. Tiene un gato negro, y en todos los cuadernos apunta su nombre en la primera hoja con una letra redonda y demasiado pulcra para todo el caos que reina en este salón. En la mesa hay un paquete de tabaco y un cenicero con 17 colillas apagadas, una botella de ginebra en la que apenas queda nada y dos vasos vacíos. Aprovecho lo poco que queda en la botella y me lo sirvo en un vaso con agua que encuentro en una cocina que huele a aceite quemado.
Joder, es ella. La he visto en una foto al sentarme en el sofá con el vaso medio vacío fumando un cigarro que he encontrado debajo de la mesa del salón. Es ella y hacía años que no la veía. Lo primero que pienso es en marcharme y rezar para que ella tampoco recuerde nada de la noche, pero no lo hago. En cambio me quedo fumando en el sofá mirando la foto fijamente, intentando apreciar lo que ha cambiado su cara en todos los años que no la he visto. Ha aparecido por la puerta justo cuando estaba echando el humo de una calada, y ha parecido una visión de una vieja película de los años veinte. Lleva puesta mi camiseta y nada más. Nos hemos quedado mirando fijamente unos segundos sin decir nada, yo fumando, ella apoyada en el marco de la puerta.
Luego hemos hecho el amor, pero creo que esa es otra historia.
domingo, 17 de enero de 2016
Bendita ruina
La veo desde lejos, en mitad de la tormenta,
caminando rápido mientras conversa por teléfono con una persona que no conoce.
A veces se ríe, y cuando la lluvia arrecia se esconde en un portal a esperar
que pase. Va sola, hace frío y parece cansada. Llevo buscándola dos días, desde
que llegué a esta ciudad desconocida buscándola a ella, tan desconocida o más que la ciudad, sin un propósito consciente ni una idea clara en la
cabeza. Ahora la observo desde lejos sin atreverme a acercarme y tocar su
espalda, con miedo a que cuando se gire compruebe en su cara mis peores
temores, quizá no quiera verme o, peor, quizá no me reconozca y pueda
comprobarlo en sus pupilas reflejando mi imagen, la imagen de un hombre que no
seré yo, que ni yo mismo reconoceré.
Horas después la llamo desde mi habitación
del hotel y hablo con ella, como tantas otras veces, de cosas que normalmente
no recuerdo segundos después de colgar, como si la dulzura de su voz o el
whisky de mi vaso crearan de golpe un agujero de gusano en mi cabeza y los
recuerdos sobre ella se mezclaran sin orden, volviéndolo todo una bendita
ruina. Me pregunta cuándo la iré a visitar y le digo que quizá pronto, me
despido, cuelgo el teléfono y estallo el vaso de whisky en la pared de mi
cuarto de hotel.
Cuando vuelvo a salir a la calle ya no llueve,
y un taxi del que sale una melodía de blues y una voz rota cantándola para
frente a mí. El taxista me sonríe desde dentro con la ventanilla bajada, sus
ojos amarillos me miran directos a mis pupilas. Tiro el cigarro y susurro su
dirección al oído del taxista.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)