domingo, 13 de abril de 2014

Ariadna

Querida Ariadna:

Hoy has vuelto a venir a mi cabeza. O más bien tu recuerdo. He visitado la casa de mi tía y, al pasar por su cuarto, he visto el cuadro que hay en el cabecero de su cama.  La noche de Van Gogh nos iluminaba por las noches cuando ella no estaba y, en secreto, imponíamos nuestras reglas en su cama.  He tenido que ir corriendo al baño a esconder las lágrimas, a mirarme al espejo, a darme fuerza. Luego no he entendido nada, y he tenido que irme corriendo de esa casa.

Ya no te echo de menos, ni te recuerdo a menudo, pero ojalá lo hiciera, porque era menos doloroso de lo que lo es ahora. Me gustaría saludarte y preguntarte cómo te va todo. Saber de ti, decirte lo mucho que significaste. A veces lo imagino y es un poco como Mi primera combustión de los lesbianos, y sonrío porque siempre nos reímos de esa canción.

Ahora me vuelve a doler el corazón, y ya no es por tí. Ni siquiera es por mí. Me gustaría contarte lo destrozado que me siento. La marioneta en la que me convertí de nuevo en otras manos, y de cómo ardí en el fuego, dejando unas cenizas que el viento se llevará y no dejarán ni un recuerdo, ni un escocer de ojos, y que en unos años estarán diseminadas por distintos contenedores.

No puedo evitar pensar en la Maga bailando en el Pont des Arts mientras Horacio la mira desde lo lejos. No he podido evitar pensar en la Maga y en su hijo Rocamadour muerto cuando es tan solo un bebé. No he podido evitar pensar en la Maga como Ella, y no se cómo continuar.

Querida Ariadna. Hacía tiempo que no pensaba en tí, y realmente no pienso en tí.

Mil abrazos.

Chor.

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