Yo leo 2666, de
Bolaño, la Parte de Amalfitano, cuando Óscar recuerda cómo Lola se fugó de casa
por un poeta vasco encerrado en un manicomio y les abandonó a él y a su hija
Rosa. Suspiro y cierro el libro, y observo a Marina que lee de nuevo Lolita. Vamos al agua, le digo, y me
contesta que espere a que termine el párrafo.
Meto los pies en la arena y me dedico a observar a las
personas que caminan por la orilla, chapoteando, llenando de gotas mis pies al
salpicar, y los odio a todos los niveles posibles, los miro con desprecio desde
detrás de mis gafas de sol, sin que ellos puedan verlo. Marina cierra el libro
y me sonríe.
-Vamos –me dice.
-¿Qué hago aquí?
No sé de dónde ha salido esa pregunta. Creo que llevo varias
horas dándole vueltas mientras leía y Marina tomaba el sol y observaba cómo los
rayos intentaban tostar ese pelo amarillo y esos brazos demasiado oscuros.
-Sobrevivir –me contesta, de pronto muy seria.
Es algo que me encanta de Marina. Sabe darle sentido, a
veces incluso demasiado sentido, a las incoherentes preguntas que hago, como si
ella supiera de qué estoy hablando cuando ni siquiera yo lo sé.
Sonrío mientras me besa en los labios y refunfuña sobre mi
bigote. Si no te afeitas ese bigote no podré dejarte hacerme el amor esta
noche. Me río y la tiro al agua del mar. Si no lo haces, tendré que violarte.
Tendrás que intentarlo, me dice guiñando un ojo.
-¿Por qué lees Lolita
otra vez? Lo leíste hace menos de dos meses –le digo horas después, en la
ducha.
-Porque es el primer libro que me regalaste.
Me pregunto si ella sabe que no estoy enamorado de ella. Me
pregunto si ella sabe que yo sí que puedo enamorarme. Algún día tendré que
hablarle de Ariadna, de Amarilla, y tendré que darme cuenta de qué es lo que
estoy haciendo, a parte de sobrevivir.
Marina vuelve a besarme. Me gusta pensar que me quieres como
él quiere a Lolita, me susurra al oído.
-Vamos a comer –le digo.
La veo salir por la puerta del baño y me doy cuenta de la necesidad que tengo de seguirla. Una necesidad de felicidad.