sábado, 13 de diciembre de 2014

LUIS GARCÍA MONTERO. HABITACIONES SEPARADAS.

Si alguna vez la vida te maltrata, 
acuérdate de mí, 
que no puede cansarse de esperar 
aquel que no se cansa de mirarte.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Estación, polvo, tiempo.

Me he sentado en la misma silla en la que se sentó él hace ya tantos años, y he mirado al frente. Me he enfrentado a mi ciudad, allí sentada, frente a mí. He mirado la misma silla en la que se sentó ella hace tantos años, dirigiéndome una mirada extrañada, sin decir una palabra, la misma silla en la que se sentó y no volvió a dirigirme la mirada en toda la hora, absorta en él, en su barba blanca y en su acento algo marcado al hablar.

Me he sentado en la misma silla que él hace tantos años y la gente ha comenzado a aplaudirme, y yo no podía dejar de mirar la silla en la que ella estaba sentada entonces, como teniendo un deja-vú. Luego he dicho algunas palabras, ni sé muy bien cuáles, ni sé si bien dichas, he leído algo como hizo él entonces, y me han vuelto a aplaudir.

Cuando todo ha terminado, han apagado las luces y yo he salido a fumar un cigarro apoyado en la misma pared que entonces la esperaba sin saber muy bien si era lo que debía hacer. Hasta ese momento no he levantado la vista y me he enfrentado a aquella ciudad que fue mía y que ya no me pertenece, aquella ciudad que me vio huir de sí misma, ya no recuerdo adónde.

La verdad es que me ha decepcionado no verla. No escuchar su voz en mi oído cuando he empezado a caminar hacia casa, con las manos en los bolsillos del abrigo y con el alma por los zapatos, como si fuera arrastrada como las hojas que impulsan al suelo este sol de invierno. La verdad es que esperaba un susurro en mi oído y una caricia en el brazo.

Me acabo de encender otro cigarro, y he caminado hasta la que fue mi casa, la que fue mi habitación, la que fue mi cama. Ahora pienso en todo lo que jamás dije. En los posos de la memoria. En lo que soñé aquel día.

martes, 2 de diciembre de 2014

Tan harto

Estoy harto de las noches como ésta. De repetir eso de que te tuve entre mis brazos. A veces tengo ganas de llamar a la radio y desahogarme con alguien que no conozco, contarle todo, absolutamente todo lo que pasó, lo que siento, lo que hice, lo que hiciste, lo que sospecho y jamás querré comprobar. Alguna noche incluso he llegado a tener el teléfono entre mis manos, mirándolo como si no supiera qué era ese aparato, planteándome si realmente debo, pero pronto lo abandono en su sitio y vuelvo a la cama a mirar el reloj, a intentar cerrar los ojos y a no verte entre mis sueños.

Algunas noches, las que no me emborracho, me las paso mirando al techo en silencio. Tardo en dormir dos o tres horas, y luego, cuando lo consigo, despierto cada hora con muchísima sed y tardo demasiado en volver a dormir. Intento guardar las composturas, no mirar tus fotos, no escribir en el buscador lo que va sobre fondo gris, y algunas noches incluso lo consigo. Otras noches me caigo en el pozo y busco señales que me ayuden a encontrarte al día siguiente de casualidad en algún lugar remoto de Zaragoza, alguno en el que todavía no hayamos estado juntos, para mancharlo con tu presencia y no poder volver a pisarlo sin tu recuerdo constante.

Estoy harto de una vida como esta. De no tenerte y de no olvidarte.

Tan harto...

lunes, 24 de noviembre de 2014

Buscamos en heridas abiertas

Buscamos en las heridas abiertas como quien busca un tesoro en lo más profundo del mar. Revolvimos en sangre y desesperación, gritamos de dolor a los cuatro vientos de aquel barco que no hacía más que zozobrar. Sentí la necesidad de tirarme por la borda cuando me supe curado de una herida de otro color, más amarilla, más fea que la que me provocaste tú, y te dejé en la cubierta de aquel enorme transatlántico mirando el amanecer sin mí, a sabiendas de que alguien vendría a por ti.

Después de eso me envolvió otra vez una oscuridad morada y me acurruqué en una esquina de mi cama procurando salir lo menos posible, llorando e intentando escapar de allí cabalgando sobre unos caballos que no existían más que en el papel. No tengo muchos recuerdos de aquello, sé que a veces me acompañaba alguien en aquella esquina y me sentía por momentos con opciones de salir de ahí, pero luego todo se derrumbaba y volvía a refugiarme en la oscuridad. Recuerdo a veces beber y reír, de manera falsa y gastada, como si el Jack Daniels ya no sirviera como servía antes, y recuerdo salir un día y no soportar la luz de ahí fuera.

Y ahora miro desde la oscuridad que me rodea al exterior, y pienso en tu barco, en tu pelo rojo, miro este morado que me rodea y pienso en el salvavidas que no quisiste echarme.

jueves, 13 de noviembre de 2014

No sufras, Prometeo

Quién malvado cien veces no haya sido

El mundo es un rompecabezas con piezas un tanto homogéneas. No parece posible terminar un paisaje del mismo azul por todas partes. Un hombre camina siguiendo unas baldosas amarillas mientras un payaso le muerde el cuello a una mujer.

La mujer grita, excitada, mientras el hombre que camina los mira apenado y llora su irascibilidad. El payaso guiña un ojo, mientras un cielo negro rompe a llover destrozando la oscuridad con un rayo que deslumbra y parte un tronco, ya seco, en dos.

Un cuervo ríe.

Las moscas se arrebollan en un montón de mierda mientras provocan un molesto sonido que se clava en el cerebro del hombre.

Un cuervo emite un desagradable sonido, demasiado parecido a una risa.

Hoy voy ganando, ayer perdí.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Caballos que vuelan

10-11-2014                                                                                18:42

El mundo ha vuelto a caerse sobre mí. Ha sido de pronto, sin aviso, una losa dentro que ha golpeado mi ser. Y luego, no sé, unas buenas ganas de beber, más ganas de desaparecer, y algunas de morir, y de seguir bebiendo.

A veces pienso en lo que pensaré cuando vuelva a leer esto, si seré feliz, si me reiré pensando en lo dramático que era, y en cómo exageraba lo que ahora siento con tanto dolor, esta imposibilidad de ser feliz.

No lo sé, pero sí que sé que aún falta mucho para eso. Quizás ya ni tenga este cuaderno para entonces.

Aquel día me destrozaste del todo. ¿Qué me has hecho?

Chor.

domingo, 2 de noviembre de 2014

La niebla del jueves

Necesaria.
Para mí, esta canción es necesaria
Todo el mundo me dice: "¿para qué?
Si ella nunca, ya nunca va a volver"
Y por eso, les llevo la contraria
y por eso me vuelvo del revés.

Antonio salió un poco desconcertado de aquella cama, de aquella casa, de aquel portal que olían a doce del mediodía, a comida familiar de domingo, a familia, a una vida quizás más alejada de lo que pensaba que era la suya. Hacía sol en la calle. Era la una del mediodía de un viernes de abril, quizás incluso fuera Viernes Santo. Antonio salió a la calle encendiendo con su mechero oxidado un cigarrillo liado con las migas de un paquete de tabaco que había encontrado en el bolsillo de su pantalón y, aspirando esa primera calada tan salada, tan amarga y redentora, intentó pensar en la noche de jueves que le había llevado a un viernes perdido en un barrio lejano, a una casa lejana, a una mujer demasiado cercana, de nuevo.

Todo empezó cuando empezó a sonar en el bar "Mis problemas con las mujeres" y el Loco se dejó la presencia y la voz como siempre en la grabación del Tropicana. La mente divagó, y con la mente, el alcohol y la raya de coca en el baño y el abrazo de María la mulata que trabajaba de camarera los jueves, viernes y sábados y a la que una vez le dijo demasiado borracho que estaba enamorado de ella.

Antonio salió a la calle aquel viernes preguntándose qué había pasado después del abrazo de María y no consiguió acordarse. Se acordaba del taxi con Marina, de los besos en el portal de siempre, de follar, del vacío que sintió antes de dormir, cuando Marina ya respiraba lentamente a su lado y él buscaba sin encontrarlo el resto de porro que se había guardado en la cartera hacía un par de horas.

Recordaba todo eso, y realmente no necesitaba recordar nada más. Luego se quedó dormido de golpe y cuando despertó Marina seguía durmiendo. Con cuidado salió de la cama, se vistió y encontró el paquete de tabaco tirado en el suelo. Luego se lió el cigarro y cerró la puerta de la casa de Marina de un portazo con la esperanza de despertarla y obligarla a salir corriendo a buscarle, pero eso no pasó.

Salió desconcertado de aquel portal con olor a guiso de domingo, se encendió el cigarro, y ni siquiera se dio cuenta de que llevaba la camiseta del revés mientras pensaba en los recuerdos y en la niebla de un jueves cualquiera.

viernes, 31 de octubre de 2014

Con mil días a cuestas

Una vez más, aquí estamos en el recuerdo, sin las ganas de vivir de antes. Con mil días a cuestas. O con mil años. Sin las ganas de vivir de antes.

El pulgar de una mosca. Eso es lo minúsculo que nos queda. Y en lo que creo. Porque si no creyera, esto se derrumbaría más de lo que ya lo está. Te he perdido. Como una voluta de humo. Como tus ojos cuando pestañeas, pero sin que vuelvas a abrirlos. Sólo pienso en continuar sin hacerlo, sin poder dar un paso que diga que ya no va a haber marcha atrás. Porque deseo esa marcha atrás como ninguna otra cosa he deseado en mi vida.

Y nada es suficiente.

Para alcanzar

tu

mirada.

Buenas noches.

martes, 21 de octubre de 2014

Enemigos

Por favor,
para esta mierda
ya estoy donde querías, 
luché por ti,
contra mi leyenda negra.

El coro de la envidia
decía conocer
mi canción mejor que yo.

¿Por qué no ser enemigos?

Por favor, 
abre la puerta
arráncame la vida, 
luché por ti.

¿Por qué no ser enemigos?

jueves, 25 de septiembre de 2014

De bancos en parques (Carta a Amarilla II)

Y ahora que ya no hay nada, ni dar
la parte de dar que  a mí me toca
por eso no he dejado de andar

Ayer a las ocho de la tarde me senté en nuestro banco y todos las gafas que pasaban por delante eran las tuyas. Parecía noviembre, como si en mi mochila hubiera un libro en ruso y alguna piruleta, como si mis manos estuvieran cubiertas por guantes rotos y como si pasara frío allí sentado, esperando.

En la radio (ahora sólo escucho la radio) sonaba Killer Queen, y yo deseaba ver morir a una reina que fueras tú. Y lo más triste era que mientras te imaginaba muerta yo tenía un cuchillo clavado en la espalda.

Ya no recuerdo qué día era, ni que excusas me diste en ese momento, recuerdo verte llorar, ahora imagino que de mentira, sacando tu vena de buena actriz traidora. Recuerdo volver con un cigarro en la mano sin un mechero para encenderlo, y llamar por teléfono a Juan y pedirle una cerveza. Recuerdo que cuando llegó me abrazó y, con una sonrisa, me dijo que ahora por fin yo podría ser mejor persona. Luego nos emborrachamos en el Bocatart y acabamos fumando marihuana a las 5 de la mañana en casa de un negro llamado Ismael que nos invitó.

No sé, a veces pienso que todo el dolor era necesario para ser quien soy ahora, sea quien sea, para poder avanzar pisando fuerte, para poder sonreír cada vez que una canción empieza en los auriculares. Pero también pienso que volvería a recorrer cada momento de dolor por un solo minuto más con tu voz en mi oído.


martes, 16 de septiembre de 2014

Arañazos

A Alicia no le gusta mirarse al espejo y sin embargo, lo hace cada mañana. Lo hace nada más levantarse, pasa cinco largos minutos observando su cara, sus granos, sus dientes, su pelo revuelto y graso. Aprende a odiarse a sí misma durante cinco minutos matinales que le dan fuerza para arrancar la vida un nuevo día. Luego pone algún CD de Los Piratas, ese de la canción que dice lo de no te echaré de menos en septiembre, y un domingo de septiembre Alicia desea no echar de menos.

Un gato se cuela por la rendija de la puerta, de un salto alcanza la tapa del váter y se queda ahí un buen rato, mientras el disco sigue girando, mientras el agua sigue cayendo, mientras Alicia llora bajo la ducha y las lágrimas se confunden con la mierda de su pelo, con la resaca y el olor a desperdicio. Siente, como cada día, morir una pequeña parte de su cuerpo cuando sale de la ducha y ve un cepillo de dientes que lleva meses sin usarse en el vaso junto al suyo, junto a su crema y el líquido de unas lentillas que ella no usa. Alicia se agarra la toalla mientras sigue cantando alguna canción triste y se viste, baja a comprar el periódico y lee en el suplemento alguna chorrada de Cortázar. Luego habla por teléfono con su novio y le manda un beso y le dice que le quiere. Cuando vuelve a casa, ya es la hora de comer y se prepara algo de ensalada y un poco de jamón.

Por la tarde, Alicia se siente sola, lee, ve la tele y se vuelve a sentir sola. A veces llora a escondidas.

Por la noche, Alicia se convierte en una gata que sale por su balcón y asalta todos los callejones del barrio buscando pobres gatos que engañar.

Mañana se mirará en el espejo como cada día, y se preguntará de dónde ha salido ese arañazo que tiene en su corazón.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Plenilunio. No hoy.

"Supongo que pensabas que callando las cosas hacías que desaparecieran. Eso hacen los niños pequeños, que cierran los ojos para borrar lo que les da miedo, piensan que si no lo ven deja de existir. Ni siquiera me has llamado en un mes y medio. Leí en el periódico que te iban a ascender por lo del asesino de Fátima, y compré una botella de Vega-Sicilia para celebrarlo contigo, pero cuando pasó una semana y no me habías llamado llamé yo a Ferreras y me la bebí con él. Se me declaró otra vez. Se me declara siempre que bebemos juntos más de dos copas de vino. Yo le puse una canción de Kurt Weill que canta Lotte Lenya:
Pobre corazón idiota,
huyendo de quien te adora,
llorando por quien te ignora
."

jueves, 28 de agosto de 2014

La vuelta a casa

Desde que te vi quedé envenenado, Harlem. Eres como esa canción Wild Things de Hendrix. Tenías la misma lógica de la heroína, me produjiste el mismo efecto porque te vi y me dieron ganas de inyectar tu nombre en mis venas me dieron ganas de ir al baño y orinar orines con el sabor de tu nombre, ganas de ir al baño del Opium y mirarme frente al espejo y decir mierda you make me feel like a wild thing. You make my heart sing wild thing, me dieron ganas de escribir tu nombre con sangre en el fondo de mi vaso de cerveza ganas de que me cortaras las venas con tus labios rojos mientras te tocaba las tetas. Ganas de desangrarme entre tus piernas mientras me hablabas de ir a la playa.

 La vuelta a casa no fue nada fácil. Fue allí, sentado, eran las diez de la mañana y tenía un vaso de whisky en la mano. No habíamos dormido nada, parecía que todo lo que ocurría a nuestro alrededor no era más que imaginación desatada. "El viejo Homer", dijeron a mi lado, y miré y sonreí, el viejo Homer. Hacía años que no estaba en una situación así. El viejo Homer, y alguien puso unos polvos en mi vaso. Yo miré confuso hacia mi lado y un viejo, muy viejo amigo, me sonreía mientras golpeaba mi rodilla. El viejo Homer. El viejo Homer se habría bebido aquel vaso de trago sin importarle nada una mierda, y habría suspirado mirando al infinito sintiendo la droga correr por el cuerpo. Qué asco de vida, murmuré, y me bebí el vaso como si fuera de agua y lo miré vacío, en parte sorprendido conmigo mismo. Ya no me esperaba volver a este juego. Eso fue un 13 de agosto. Ahora han pasado quince días y ya nada es parecido. He vuelto a casa.

viernes, 22 de agosto de 2014

Vamo a comeno el mundo (carta a Amarilla I)

Aguantamos como viejos pilares romanos de una iglesia antigua, como unos viejos que se resisten a acabar en un agujero como todos, quizá aguantamos más de lo que debimos.

A veces me pasa que pienso que nunca te quise y es cuando mejor me siento, cuando puedo librarme de tu recuerdo y tus libros y tus cartas, quizá hasta de tus abrazos. A veces me pasa que pienso que aún te quiero y es cuando me siento frente a un espejo y me miro en el reflejo, con el ojo todavía morado de la última vez que defendí tu memoria, con la mano enyesada por los puñetazos, y me digo, eh, venga, aún puedes levantarte. A veces me pasa que me paro a pensar en todo lo que hemos vivido, y me río por absurdo, por ecléctico, y me siento en el callejón del gato, gritando a un vaso lleno de whisky que está dentro de mis venas.

Ya no somos los que fuimos, habremos cambiado, quizás a peor, y quizá aunque nos busquemos en los callejones y nos encontremos, no seamos capaces de aguantarnos las miradas y decirnos que andábamos buscándonos, que nos sentimos perdidos. Ya no hay más miradas, ya no hay más notificaciones, ya no hay más sentimientos guardados, porque ya no hay nada. Ahora todo se ha perdido entre fuego, alcohol y cenizas, todo se ha perdido como la razón. Lo bueno de perder la razón, como dice Robe es que la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no. Robe nos vio arder, Robe nos verá volatilizarnos. Ya no pasa nada, en realidad. Me has enseñado una lección, me has enseñado a ser feliz estando solo. Quizá me has enseñado la única lección que yo no necesitaba, y la única que aún te queda por aprender a tí.

Lo único que pido es fuerza para no derrumbarme otra vez. Vamos a comernos el mundo. Tú el tuyo, yo el mío.

lunes, 18 de agosto de 2014

Malas intenciones



La noche se acababa. Lo cantaba Yosi, la noche se acaba, la noche se acaba. Yo miré el reloj, y vi que la hora estaba ahí ya, se acercaba. Era siempre así, siempre fue así. Me fui con mi whisky hacia allí. Allí donde sonó Deltoya hace años, haciendo destrozar al resto del mundo mientras tanto. Cuando solo éramos tú y yo. Pero tú no estabas. Esperé. Busqué en el suelo los restos de permanente. Pensé en las noches con un rotulador y vodka o vino, escribiendo palabras sin sentido en las paredes destrozadas de Huesca donde antes hicimos el amor, pero solo apareció tu fantasma. Venme a ver caminito de la locura.

Hablé con tu fantasma un buen rato, mientras las luces y la música sonaban de fondo, esa luz y esa música que solo se soporta con alcohol y solo se entiende con drogas. Luego miré el reloj, le di un beso a tu forma incorpórea, cogí mi vaso y me levanté. Un globo amarillo cayó del cielo y el sol empezó a asomar por el horizonte. Mierda, y empecé a caminar. De pronto surgiste de la nada, como el globo, y alguien gritó y el cielo se volvió morado. Llego tarde, me dijiste, y sonreíste con esos dientes que siempre me destrozan. Vámonos de esta habitación al espacio exterior.

Me contaste que han pasado muchos años, que viajamos y nos derrotamos y que siempre nos estuvimos cayendo. Te conté que me acordaba de ti todos los días del mundo, te conté que yo ya estaba muerto. Vámonos de aquí, me dijiste con lágrimas y te soltaste de mi mano y yo no supe si seguirte o irme del todo y no volver a empezar, pero del cielo empezó a desaparecer el color morado, y de mi camiseta desaparecieron los gusanos que habían aparecido sin que yo me diera cuenta, y sentí un pánico que me obligó a correr hacia ti sentada en el césped, llorando y tapando las lágrimas con tus manos.  Había un muerto tirado sobre un banco. Y poder vestir con tu sonreír mis raídos rincones donde duermen las flores que huyen del jardín de mi umbrío corazón.

Luego, no sé, la noche se acabó, pero la pasamos juntos. Y luego fueron batidos de chocolate, alguna que otra sonrisa y mordiscos en la nariz. Luego te fuiste, cerraste la puerta de mi casa y no miraste atrás y yo me quedé solo otra vez y con ganas de beber y llorar. Ahora quizá sea el vodka o la casa llena de mierda y platos rotos, o quizá sea que he visto por la ventana un perro exactamente igual que Lanas, o una niña llamada Ariadna. Quizá sea todo eso o quizá sea que tenías razón y debíamos darle un final a todo esto. Quizá ahora pueda poner en orden mi vida y empezar otra de nuevo. Quizá sí, o quizá todo siga igual. Con escaleras, ángeles y lobos estampados en camisetas. I will be your baby tonight. Dylan arde bajo el agua. O quizá no. Things have changed.

Chorche volvió a ser Kurt. Ella, volvió a ser Courtney.

sábado, 2 de agosto de 2014

Marina y las ruinas de los elementos



Yo leo 2666, de Bolaño, la Parte de Amalfitano, cuando Óscar recuerda cómo Lola se fugó de casa por un poeta vasco encerrado en un manicomio y les abandonó a él y a su hija Rosa. Suspiro y cierro el libro, y observo a Marina que lee de nuevo Lolita. Vamos al agua, le digo, y me contesta que espere a que termine el párrafo. 

Meto los pies en la arena y me dedico a observar a las personas que caminan por la orilla, chapoteando, llenando de gotas mis pies al salpicar, y los odio a todos los niveles posibles, los miro con desprecio desde detrás de mis gafas de sol, sin que ellos puedan verlo. Marina cierra el libro y me sonríe. 

-Vamos –me dice.

-¿Qué hago aquí?

No sé de dónde ha salido esa pregunta. Creo que llevo varias horas dándole vueltas mientras leía y Marina tomaba el sol y observaba cómo los rayos intentaban tostar ese pelo amarillo y esos brazos demasiado oscuros.

-Sobrevivir –me contesta, de pronto muy seria.

Es algo que me encanta de Marina. Sabe darle sentido, a veces incluso demasiado sentido, a las incoherentes preguntas que hago, como si ella supiera de qué estoy hablando cuando ni siquiera yo lo sé. 

Sonrío mientras me besa en los labios y refunfuña sobre mi bigote. Si no te afeitas ese bigote no podré dejarte hacerme el amor esta noche. Me río y la tiro al agua del mar. Si no lo haces, tendré que violarte. Tendrás que intentarlo, me dice guiñando un ojo.

-¿Por qué lees Lolita otra vez? Lo leíste hace menos de dos meses –le digo horas después, en la ducha.

-Porque es el primer libro que me regalaste. 

Me pregunto si ella sabe que no estoy enamorado de ella. Me pregunto si ella sabe que yo sí que puedo enamorarme. Algún día tendré que hablarle de Ariadna, de Amarilla, y tendré que darme cuenta de qué es lo que estoy haciendo, a parte de sobrevivir.

Marina vuelve a besarme. Me gusta pensar que me quieres como él quiere a Lolita, me susurra al oído.

-Vamos a comer –le digo.

La veo salir por la puerta del baño y me doy cuenta de la necesidad que tengo de seguirla. Una necesidad de felicidad.

miércoles, 30 de julio de 2014

Cualquier otro día

Antes del postre, Nora le salió al paso cuando él regresaba del gabinete de su padre con un vaso lleno de whisky.
-Intenté decírtelo -explicó ella-. Ayer llamé tres veces a la pensión.
-No llegué a casa hasta pasadas las seis.
-Ah.
Danny le dio una palmada en el hombro.
 -Pero es magnífico que te cases con mi hermano. Es extraordinario. No podría estar más contento.
Ella se frotó el hombro.
-Me alegro.
-¿Ya tenéis fecha?
-Hemos pensado en el diecisiete de marzo.
-El día de San Patricio. Perfecto. Cielos, el año que viene por estas mismas fechas... Es posible que por Navidad ya tengas un hijo.
-Es posible.
-¡Y gemelos! -dijo-. ¿No sería increíble?
Apuró el vaso. Ella lo miró a la cara como si buscara algo, pero qué buscaba, él no lo sabía. ¿Qué quedaba por buscar? Las decisiones, obviamente, ya se habían tomado. 
- ¿Quieres...?
-¿Qué?
-¿Quieres...? No sé qué decir...
-Pues no digas nada.
-¿Preguntar algo? ¿Saber algo?
-No -contestó él-. Voy a por otra copa. ¿Te apetece?
Danny entró en el gabinete y, al coger la licorera, advirtió que contenía mucho menos whisky que horas antes al llegar él.
-Danny.
-No hagas eso.
Se volvió hacia ella con una sonrisa.
-¿Que no haga qué?
-Pronunciar mi nombre.
-¿Por qué no puedo...?
-Como si significara algo -añadió él-. Cambia de tono. ¿De acuerdo? Sólo te pido eso. Cuando lo pronuncies.
Nora se retorció la muñeca con una mano y a continuación dejó caer los dos brazos a los costados. 
-Yo...
-¿Qué?
Echó un vigoroso trago del vaso.
-No soporto a los hombres que se compadecen de sí mismos.
Danny se encogió de hombros.
-Vaya, que irlandés por tu parte. 
-Estás borracho.
-Solo empiezo a estarlo.
-Lo siento.
Él se echó a reir.